La trampa de parecer perfectos

Por Elizabeth Palacios*

Todos hemos escrito alguna vez algo que, años después, preferiríamos que nadie encontrara. El problema es que internet tiene mejor memoria que nosotros y, en tiempos de cancelación, parece exigirnos algo imposible: tener siempre la opinión correcta, incluso antes de haber tenido tiempo de construirla.

Lo anterior le sucedió al actor español Javier Bardem, quien publicó un video para explicar lo que había dicho y, sobre todo, lo que no, luego de la final del Mundial. Más allá de estar o no de acuerdo con él, el episodio me hizo pensar que quienes participamos activamente en el universo digital una vez que publicamos una idea, podemos perder muy rápido el control sobre su contexto y sobre la manera en que otros decidirán interpretarla o hasta transformarla.

Nos pasamos años hablando de la importancia de ser visibles, de construir una marca personal y de desarrollar una voz propia, pero hay una parte menos bonita: cuanto más participamos en el espacio público, mayor es la posibilidad de equivocarnos, de ser malinterpretados o de descubrir, algún tiempo después, que ya no pensamos exactamente igual.

Quizá por eso nuestra relación con las redes sociales puede resultar tan contradictoria. Sí queremos ser vistos, pero nos da miedo exponernos. Deseamos participar en conversaciones relevantes, pero sabemos que una captura de pantalla puede vivir muchos años más que el contexto en el que escribimos una frase. Y entonces nos esforzamos para construir una versión digital de nosotros tan impecable que no pueda meternos en problemas. 

Sin embargo, tener una voz pública implica asumir la responsabilidad sobre lo que decimos. Nuestras palabras pueden causar daño, reproducir prejuicios o difundir información falsa, y tener una estrategia de marca personal no nos concede inmunidad, pero asumir la responsabilidad no debería significar renunciar al derecho a equivocarnos, aprender, rectificar y cambiar de opinión.

Y es que si bien tomar las riendas de nuestra marca no significa opinar sobre todo lo que aparece en el trending topic para demostrar que estamos vigentes, tampoco lo es revisar cada palabra hasta producir una versión tan esterilizada de nuestro pensamiento que resulte imposible estar en desacuerdo con nosotros. Por eso es importante entender que no tenemos que opinar de todo. 

Hay que aprender a elegir qué conversaciones queremos sostener y cuáles no, porque cuando tenemos miedo a equivocarnos terminamos diciendo sólo aquello que sabemos que nadie cuestionará. Protegemos nuestra imagen, pero perdemos nuestra voz. Ahí está un reto: no se trata de evitar cualquier posibilidad de conflicto, sino de desarrollar suficiente contexto, criterio y coherencia para que una publicación aislada no tenga más peso que toda nuestra trayectoria.

Una reputación sólida no se construye a partir de la perfección, sino a través de la consistencia entre lo que decimos, lo que hacemos y la manera en cómo reaccionamos cuando cometemos un error. También cuando reconocemos que nos equivocamos, ofrecemos disculpas o cuando somos capaces de explicar por qué hoy pensamos diferente.

Paradójicamente, algunas estrategias de marca personal parecen olvidar esta dimensión humana. Nos enseñan a definir pilares, cuidar palabras clave, optimizar perfiles y medir resultados, como si al terminar el proceso fuéramos a convertirnos en robots programados para publicar tres veces por semana y jamás meter la pata. 

Una estrategia debería ayudarnos a tomar las riendas de nuestra presencia digital, saber quiénes somos, qué conversaciones nos interesa poner sobre la mesa y desde qué lugar queremos participar, pero también debería dejarnos espacio para evolucionar. Nunca tendremos el control absoluto sobre lo que otras personas hagan con nuestras palabras. El receptor del mensaje siempre podrá cortarlas, reinterpretarlas, criticarlas o ponerlas dentro de contextos diferentes. Lo que sí podemos construir es una reputación coherente para que una frase no sea la única referencia sobre quiénes somos.

Quizá la verdadera trampa sea creer que tener una estrategia significa no volver a equivocarnos nunca. Yo prefiero pensar que significa aprender a participar en el universo digital con criterio y responsabilidad, pero también con la suficiente humildad para pronunciar, cuando sea necesario, “me equivoqué” y después, permitirnos seguir adelante.

*Consultora experta en Comunicación Estratégica e Impacto Socioambiental