Semillas
Nos sentaran en el diván de la psicología social, el mexicano a menudo parece sentirse presa de la fatalidad de su pasado, boa constrictor que al mismo tiempo es bálsamo y justificación.
Guillermo Fajardo
La nueva generación de la literatura mexicana ya comienza a alzar la cara. Es muy pronto para determinar quiénes serán protagonistas y quiénes meras comparsas, pues sus concursantes apenas están eligiendo sus atuendos. Lo sabremos cuando ya estemos muertos y nos peleemos los honores de la memoria en otro lado, alejados de esta brevedad. El futuro de los grandes escritores está en convertirse en clásicos de bolsillo. Esto es un gran honor, considerando que la mayoría de nosotros moriremos con un nombre, pero a punto de ser olvidados.
Entre estas plumas recién entintadas celebro la de Pablo Berthely (1989), que en su primera novela, Enemigos imaginarios (Fondo Guanajuato/ Ediciones La Rana/ Ediciones Periféricas, 2021), acreedora al Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia 2020, ha recogido aquella tradición de larga data que inició, al menos, desde inicios del siglo pasado en México. Me refiero a la codificación, en el espacio social, de los géneros. Después de la Revolución Mexicana —el gran rosario de símbolos utilizados por la clase política para inventarse un escenario cultural— se naturalizaron las posiciones de hombres y mujeres, así como sus roles específicos. Como nos recuerda la investigadora Sofía Ruiz Alfaro, la disciplina social en torno al “género y la sexualidad, jugó un rol esencial en determinar qué individuos eran o no eran aptos para representar a la “nueva nación”. Aquellos que se atrevían a caminar entre las fronteras de los espacios del género, establecidos desde el poder, serían señalados como sospechosos de aberraciones distintas que tendrían que ser controladas por la medicina, la familia o la ley. En el siglo que recién empieza, algunas masculinidades buscan reeducarse en estos caminos.
La historia detrás de Enemigos imaginarios no es sólo la de una pareja en su intento de tener hijos, Emilio y Sofía, sino la de los significados de la paternidad. Desde que Samuel Ramos, Octavio Paz, y compañía, nos sentaran en el diván de la psicología social, el mexicano a menudo parece sentirse presa de la fatalidad de su pasado, boa constrictor que al mismo tiempo es bálsamo y justificación. Berthely no escribe con las ínfulas del que lo ve todo desde la atalaya. Más bien, lo hace consciente de la dificultad de relatar una experiencia. En este caso, la de Emilio y Sofía y su misión de convertirse en padres. La mirada de Berthely es, pues, horizontal, la de un escritor en constante alerta para descifrar las claves contemporáneas de la paternidad.
El título de la novela viene envuelto en paranoia. Si de niños tenemos amigos imaginarios, de adultos nos inventamos enemigos imaginarios. De niños, la profunda necesidad de ser aceptados nos fuerza a las convenciones de la amistad sin tapujos, pudor, o intermediarios, incluso con seres que no existen. De adulto, la amistad a menudo viene mediada por cortocircuitos y protocolos que necesariamente terminan por acotarla: el trabajo, la familia, los cansancios. Son esas zonas las que permiten los encuentros con enemigos que no existen, pues de adultos no sólo hemos aprendido a desconfiar, sino a responder nuestras propias preguntas. A menudo, los adultos piensan que la experiencia puede sustituir a la conversación.
Pablo Berthely entiende que a su personaje principal, Emilio, no le aterra tanto la idea de ser padre, sino las posibilidades de que algo salga mal: es decir, los enemigos imaginarios que nos inventamos por necesidad, sobre todo para cubrir zonas de peligro que emergen desde las profundidades del pasado. Para Emilio, la relación con su padre determinará los derroteros de su concepción de la paternidad y las formas en cómo se relaciona con esa idea. La novela llevará al lector de Barcelona a México y de vuelta, en un viaje al centro de una pregunta, la cuál será diferente para cada vida y para cada ocasión.
Cualquiera me diría que, para los tiempos que corren, una novela sobre la paternidad es añadirle paja al fuego, quemar los campos, y salir corriendo en dirección contraria.
Pablo Berthely, con la paciencia en la mano y sin ánimo destructor, diría que es para volver a verlos crecer.
