Las reglas electorales que dieron estabilidad a México no deben ponerse en riesgo

Opinión del experto nacional
Gerardo Aranda
En la democracia hay momentos para transformar las reglas y momentos para defenderlas. Saber distinguir entre ambos es una señal de madurez institucional. Hoy, México atraviesa un contexto complejo en el que las prioridades nacionales son la seguridad, estabilidad económica y condiciones que permitan atraer inversión. En ese escenario, abrir el debate de una reforma electoral no parece responder a una necesidad democrática urgente, sino a una discusión que puede distraer al país de los desafíos verdaderamente apremiantes.
El sistema electoral mexicano fue el resultado de décadas de construcción democrática impulsada por ciudadanos, organizaciones sociales, academia y fuerzas políticas que entendieron que la confianza en las elecciones era indispensable para la estabilidad del país. Las reformas que dieron autonomía a las autoridades electorales fortalecieron la fiscalización y garantizaron la pluralidad legislativa, fueron conquistas sociales.
Gracias a ese proceso, México logró consolidar algo que en muchas democracias aún es frágil: alternancias pacíficas, aceptación de resultados y mecanismos institucionales para resolver disputas políticas. Ese entramado institucional permitió que los cambios de gobierno ocurrieran con orden y que la competencia política se desarrollara bajo reglas claras.
Por ello, cualquier intento de modificar el sistema electoral debe analizarse con prudencia. Cambiar las reglas que organizan la competencia democrática no es una decisión menor. Sus efectos inciden en la estabilidad económica, en la confianza de los inversionistas y en la percepción internacional sobre la fortaleza institucional del país.
La confianza es un activo que se construye lentamente, pero puede deteriorarse con rapidez cuando las reglas fundamentales parecen sujetas a cambios sin consensos amplios.
Por ello, más que discutir una reforma electoral, conviene preguntarnos si realmente existe una necesidad democrática que la justifique. Cuando las instituciones funcionan y garantizan competencia, representación y legalidad, la prudencia institucional indica que la mejor reforma electoral es que no haya una reforma electoral.
Esto no significa negar que las leyes puedan perfeccionarse. Significa reconocer que existen principios fundamentales que no deben ponerse en riesgo. Entre ellos destacan cinco pilares que han sostenido el sistema electoral mexicano: la autonomía real de las autoridades encargadas de organizar las elecciones; la pluralidad legislativa que refleja la diversidad política y social del país; una fiscalización sólida que garantice condiciones equitativas de competencia; la inclusión de minorías y nuevas fuerzas políticas, y la certeza jurídica, basada en reglas claras, estables y previsibles.
Estos principios son la base de la confianza democrática. Debilitarlos o modificarlos sin consensos amplios puede abrir espacios de incertidumbre que México no necesita en este momento.
Cuidar el sistema electoral también es una forma de responsabilidad democrática. A veces, la mejor decisión política no es cambiar las reglas, sino preservar aquellas que han permitido que la democracia funcione.
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