Por qué soy optimista
El ala dura del partido hegemónico añora el nacionalismo ramplón y sueña con aislar a nuestro país, aduciendo que no necesitamos de nadie; de que podemos solos.
Por Gerardo Laveaga
Si bien se conocen prácticas democráticas desde tiempos ancestrales, la democracia como forma de gobierno es relativamente nueva. “Es el conjunto de reglas que establecen quién está autorizado para tomar las decisiones colectivas y bajo qué procedimientos”, enseñó Norberto Bobbio. Mientras más personas participen en este ejercicio, más democrática será una sociedad.
La democracia surgió como respuesta a la frustración y al hastío de algunas comunidades, que se resistían a que fuera el capricho de un rey o la inspiración divina los que determinaran qué creer, pensar, decir o qué porcentaje de sus ingresos pagar de impuestos.
A pesar de sus múltiples inconsistencias, la democracia sigue siendo un sistema de gobierno que gestiona, con relativo éxito, los conflictos de una sociedad.
En el siglo XXI, cierto, la democracia muestra signos de extenuación. Pero como no se vislumbran alternativas para sustituirla, hay que defenderla y estar atento a las señales de alarma. Estas comienzan cuando van debilitándose las instituciones a través de las cuales se concreta.
En México hemos sido testigos de ese deterioro desde que asumió el poder Andrés Manuel López Obrador. Si él es un hombre bien intencionado o no, eso es irrelevante. En política sólo cuentan los resultados y, hoy día, los resultados conducen a un gobierno altamente centralizado. Son cada vez menos las personas que participan en la toma de decisiones públicas.
No hay que ser un analista político avezado para saber que un sistema centralizado, donde no hay pesos y contrapesos, conduce a la tiranía, donde el gobierno otorga a los ciudadanos despensas y dádivas a cambio de su obediencia.
¿Qué enciende, pues, las alertas en México?: la sumisión de las cámaras legislativas, la disparatada “elección” judicial, la desarticulación de la oposición política, el abyecto servilismo del TEPJF, la extinción de los organismos constitucionales autónomos; las restricciones a las OSC; la militarización de diversas instancias, la polarización que se atiza desde el gobierno y la cada vez más intolerante reacción de los políticos ante la libertad de expresión de los ciudadanos. Esta libertad, por cierto, es requisito sine qua non de toda democracia.
Así es, ni más ni menos, como terminan las democracias, advierten autores como Anne Applebaum, Steven Levitsky, Timothy Snyder, Ece Temelkuran y David Ziblatt. Así es como comienzan las dictaduras y como los países se convierten en presa fácil de una mafia o de otras potencias, ávidas de aprovecharse de los recursos de estas democracias.
Pero la democracia mexicana empieza a dar signos de que aún vive. De que no va a ser tan fácil desmantelarla: de repente surge información que neutraliza al principal operador político López Obrador, así sea momentáneamente; de pronto nos enteramos de que los jerarcas morenistas que predican austeridad se hospedan en lujosos hoteles de Tokio, Madrid, Lisboa o Ámsterdam…
Por otra parte, la tan cacareada reforma política, que amenazaba desaparecer las legislaturas plurinominales e instaurar la reelección presidencial, ha sufrido un violento enfrenón. Ahora se ha nombrado una comisión para estudiarla.
Éstas y otras señales son saludables en el toma y daca al que me he referido. El propio gobierno de Estados Unidos, preocupado por el fantasma del comunismo, por la posibilidad de que México pueda convertirse en base de Rusia o de Cuba, a la que nuestro país ha financiado de manera inexplicable, lo mismo con vacunas que con gasolina y con libros de texto, ha decidido “ayudarnos” a controlar al narco. Éste, no hay que decirlo, fue uno de los brazos más eficaces del gobierno de López Obrador.
Su gobierno —¿por qué no admitirlo?— fue una válvula de escape a los excesos y a la corrupción. Ayudó a renovar las élites políticas y, con el aumento a los salarios mínimos, permitió reducir los índices de pobreza. Son logros indiscutibles, incluso para quienes los tachan de maniobras populistas. Pero —ojo— esto no puede ser excusa para acabar con la sociedad abierta que habíamos ido construyendo y para regresar al asfixiante presidencialismo que ya demostró su inoperancia.
Confío en la visión pragmática de Claudia Sheinbaum, quien empieza a dar muestra de independencia respecto a su antecesor. También, en el magnífico equipo que la respalda. No hablo de las personas que impuso López Obrador, sino de su propio equipo.
El ala dura del partido hegemónico añora el nacionalismo ramplón y sueña con aislar a nuestro país, aduciendo que no necesitamos de nadie; de que podemos solos. Pero esta posición ha probado conducir a los arrogantes al despeñadero.
La ausencia de una oposición política eficaz es dolorosa, sin duda, pero el paulatino distanciamiento que va logrando Claudia Sheinbaum respecto al proyecto lopezobradorista me alienta. Veo a una Presidenta resuelta a que México no se estanque y advierto que los vientos empiezan a serle propicios. Si Lázaro Cárdenas tardó un año cuatro meses en sacudirse a Plutarco Elías Calles, ella lo conseguirá también. Hay razones para el optimismo.
