Para reavivar una izquierda democrática
Por Jaime Rivera VelázquezConsejero del INE En memoria de Carlos Manzoy con exigencia de justicia. La izquierda democrática en el mundo no vive hoy buenos tiempos. Tampoco la democracia misma. Una oleada autoritaria ahoga a algunos regímenes democráticos y amenaza con ...
Por Jaime Rivera Velázquez
Consejero del INE
En memoria de Carlos Manzo
y con exigencia de justicia.
La izquierda democrática en el mundo no vive hoy buenos tiempos. Tampoco la democracia misma. Una oleada autoritaria ahoga a algunos regímenes democráticos y amenaza con desfigurar incluso a democracias antiguas y consolidadas. Populismos de derecha e izquierda exhiben su desprecio a las instituciones —elecciones libres, parlamento plural, Poder Judicial independiente, sistema de contrapesos, prensa libre— y en su lugar invocan a un pueblo ficticiamente homogéneo cuya voluntad encarna en un líder. “Autocracia electiva”, le llaman algunos, aunque quizá se trate simplemente de autocracia con elecciones simuladas. Lo peor es que en varios países los populistas logran oponerse con éxito a la democracia constitucional —cuyo rasgo esencial es un poder político limitado por leyes e instituciones— su concepto de “democracia popular” o “verdadera”, en la que un líder fuerte o un partido hegemónico controla todas las funciones del Estado en nombre de un pueblo deificado por la propaganda.
Sin duda, los principales culpables de esas regresiones son los propios movimientos autoritarios y sus caudillos. Pero también hay responsabilidad de las fuerzas democráticas, entre ellas la socialdemocracia, que hace tiempo perdió el impulso reformista que la distinguió durante cuatro décadas de la posguerra. La socialdemocracia y su variante laborista fueron decisivas para reconstruir Europa tras la Segunda Guerra Mundial y dar contenido social a la economía y las políticas públicas. La democracia cristiana y algunos partidos liberales contribuyeron asimismo a edificar el Estado benefactor, encargado de salud, educación y seguridad social, para igualar oportunidades y asegurar una vida digna. Así, la izquierda democrática europea —junto con corrientes afines en América Latina y el Partido Democrático de EU— conjugó democracia, economía de mercado y políticas sociales incluyentes que redujeron la desigualdad y fortalecieron la cohesión social. Todo ello está hoy en entredicho por el ascenso de movimientos populistas autoritarios, ya sea con discurso nacionalista o retórica de izquierda.
En las últimas décadas, la izquierda democrática ha tenido pocas iniciativas para ofrecer nuevas soluciones a los problemas actuales. Pareciera que la socialdemocracia quedó atrapada en un falso dilema: anclarse en viejas fórmulas keynesianas de la posguerra y la Guerra Fría, o resignarse acríticamente a las tendencias neoliberales del mercado global sin acuerdos regulatorios multilaterales. Tal dilema es falso, pues entre esos extremos existen vías intermedias que no han dejado de aplicarse en algunos países. Los mejores ejemplos de una combinación virtuosa de libre mercado con políticas sociales incluyentes y compromisos multilaterales los ofrecen los países escandinavos y, en gran medida, la Unión Europea.
En cambio, los movimientos populistas son renuentes al multilateralismo y a la integración europea. Invocan el nacionalismo y los problemas de la inmigración para atrincherarse en una falsa idea de sociedades racial y culturalmente homogéneas.
La mejor estrategia de la izquierda democrática para frenar a los populismos será revitalizar la economía de mercado y el comercio internacional sin barreras proteccionistas que inhiban la inversión, fortaleciendo a la vez los servicios sociales y alentando la cooperación internacional para la innovación tecnológica, la transición a energías limpias y un trato humanitario a los migrantes.
Al mismo tiempo, la izquierda deberá recobrar el espíritu universalista de la Ilustración, que reconoce la igualdad esencial de todos los individuos por encima de particularismos naturales o electivos. Los esfuerzos de inclusión de grupos en desventaja se han plasmado en acciones afirmativas y otras medidas compensatorias. Eso ha sido justo. Pero una cosa es igualar las oportunidades de quienes sufren discriminación, y otra disolver el principio de igualdad de derechos en una exaltación de particularismos. Algunas corrientes de izquierda y liberales han abrazado con tal fervor las políticas identitarias que han renunciado a valores esenciales de la Ilustración.
Algunos de esos excesos y la obsesión por el lenguaje políticamente correcto han dado pábulo a movimientos reaccionarios y autoritarios que, blandiendo el espantajo de la pérdida de soberanía y de los valores tradicionales, aprovechan para imponer prejuicios y desmantelar instituciones democráticas.
Si la izquierda democrática no logra recobrar sus valores clásicos de derechos universales, adaptados a los desafíos del siglo XXI, cederá el paso a fuerzas retardatarias y populistas que terminarán imponiendo a la sociedad su desprecio por las libertades, el pluralismo democrático y el conocimiento científico.
