Los “naturalizados”
Desafortunadamente, las leyes mexicanas hacen distinción entre los mexicanos por nacimiento y los naturalizados, quienes se convierten en ciudadanos de “segunda clase”.No pueden ser elegidos a cargos de elección popular de ningún nivel en el país al que ahora llaman hogar. Pueden votar, pero no ser parte de los órganos electorales en cualquier nivel.
Por Carlos Kenny Espinosa Dondé
¿Qué se necesita para ser mexicano? La respuesta es muy sencilla: nacer en territorio mexicano (incluyendo aeronaves y navíos con bandera mexicana o en cualquiera de sus embajadas y consulados en el extranjero). Se consideran mexicanos a los hijos de ciudadanos que hayan nacido en el extranjero. Es decir, eres mexicano desde que naces. Por otro lado, hay inmigrantes nacidos en otras naciones que, después de cumplir con los requerimientos de ley que incluyen un examen de conocimientos generales del país, pasar años de residencia continua, tener una fuente de ingresos legal y otros requisitos, deciden por convicción y conveniencia convertirse en mexicanos a través de un proceso conocido como naturalización.
Al acreditar todo el proceso, México cuenta con un ciudadano más. Desafortunadamente, las leyes mexicanas hacen distinción entre los mexicanos por nacimiento y los naturalizados, quienes se convierten en ciudadanos de “segunda clase”. No pueden ser elegidos a cargos de elección popular de ningún nivel en el país al que ahora llaman hogar. Pueden votar, pero no ser parte de los órganos electorales en cualquier nivel, incluidos los puestos como funcionarios de casillas electorales. Y si, por cualquier circunstancia, pasan más de cinco años fuera del país, pierden la nacionalidad por la que tanto se esforzaron. Cuando un extranjero adopta la nacionalidad de nuestro país es un mexicano. Hablar de “naturalizados” es una aberración.
En comparación, en Estados Unidos un ciudadano por elección puede ser elegido para cualquier cargo de elección popular, a excepción de la Presidencia del país. Dos de los más influyentes secretarios de Estado, Henry Kissinger y Madeleine Albright, nacieron en lo que hoy conocemos como Alemania y República Checa, respectivamente. Imaginemos a un canciller mexicano nacido en otro país: los espíritus nacionalistas y xenófobos clamarían por la cabeza de quien sugiera semejante disparate.
Es innegable que México se ha nutrido y crecido gracias a la influencia de las grandes migraciones del siglo XX: los árabes y judíos de principios de siglo, las grandes diásporas españolas, chilenas, cubanas, argentinas y de otros países que veían en nuestro país un lugar seguro. Los millones de descendientes de estos inmigrantes llaman patria a México, junto con el resto de los mexicanos descendientes de culturas prehispánicas, colonizadores y esclavos. Todos conocemos a alguna de estas personas y les llamamos amigos, vecinos, compañeros y hasta familia.
A diferencia de los mexicanos por nacimiento, los “naturalizados” escogieron a México, con todas sus virtudes y sus defectos. Si uno analiza a los integrantes de la selección de basquetbol que lucha por su pase a Juegos Olímpicos se encontrará que varios nunca han pisado nuestro país, pero tienen un padre mexicano. Lo mismo pasa con el equipo ya calificado de beisbol y en muchos otros deportes. No podemos concebir nuestra cultura sin la influencia de grandes literatos, artistas plásticos, músicos, actores, directores, bailarines y demás.
Por eso, es perversa e indignante la discusión que se origina cuando un jugador de futbol nacido en otro país decide tomar la nacionalidad mexicana y, por ende, volverse candidato a formar parte de la Selección Nacional. El caso más reciente: Rogelio Funes Mori. Todos los medios de comunicación del país en sus secciones deportivas analizan si es bueno o no tener “naturalizados” en lugar de jugadores nacidos en México. A partir de tener su nacionalidad mexicana en regla, Funes Mori es tan mexicano como el que más. Llama la atención que incluso las cadenas deportivas trasnacionales incluyan esta controversia en sus programas, mientras que, si una situación similar ocurriera en Estados Unidos, inmediatamente serían sancionados quienes se atrevieran a discriminar a un connacional. Es increíble escuchar a uno de los mejores futbolistas de la historia mexicana, Hugo Sánchez, estar en contra de la inclusión de “naturalizados” en la selección, sobre todo cuando él fue víctima de xenofobia, racismo y discriminación cuando jugó sus mejores años en la liga española. Si queremos crecer como país, dejemos a un lado estas discusiones divisorias. ¿No basta con la situación política actual? Bien lo dijo Chavela Vargas: “¡Los mexicanos nacemos donde nos da la rech… gana!”.
