La OTAN no es un costo hegemónico
Por Carla Norrlöf* TORONTO. Mientras la OTAN llega a su 75º aniversario, sigue vigente la idea de que es parasitaria de Estados Unidos. Donald Trump criticó en más de una ocasión a los aliados transatlánticos de su país por gastar muy poco en defensa, pero hay que ...
Por Carla Norrlöf*
TORONTO.— Mientras la OTAN llega a su 75º aniversario, sigue vigente la idea de que es parasitaria de Estados Unidos. Donald Trump criticó en más de una ocasión a los aliados transatlánticos de su país por gastar muy poco en defensa, pero hay que recordar que otros presidentes estadunidenses, desde Dwight D. Eisenhower (entre ellos John F. Kennedy, Richard Nixon y Barack Obama) también presionaron a los europeos para que asumieran una parte mayor de los costos. Cuando Robert S. McNamara (secretario de Defensa de Lyndon B. Johnson) insinuó que EU podía reducir su presencia militar en Europa si Alemania no incrementaba su aporte, se suscribió entre ambos países un «acuerdo de compensación» por el que Alemania compensaría a EU comprándole bienes.
Pero, hasta febrero de este año, ningún presidente ni candidato presidencial de EU había amenazado en forma directa la seguridad de los aliados de la OTAN invitando a agresores extranjeros a atacar a Estados miembros «morosos». Con sus ofensivos comentarios, Trump confundió la meta de gasto en defensa de la OTAN (2% del PIB) con los desembolsos directos de la OTAN. A algunos estadunidenses el afán de justicia de Trump puede parecerles válido. ¿Por qué debería EU pagar el doble que el aliado promedio de la OTAN, cuando está tan lejos de las principales zonas de conflicto?
Una parte de la respuesta es que el inmenso gasto militar estadunidense no es función solamente de sus compromisos con la OTAN, sino resultado del objetivo estratégico de mantener una supremacía militar y tecnológica inigualada frente a la creciente rivalidad entre grandes potencias. Igual que Grecia (cuyo cociente de gasto en defensa es incluso superior al estadunidense), EU gasta más de la meta del 2% porque le conviene hacerlo. El costo de mantener 200 bases estadunidenses en servicio activo (el 90% del total) en todo el mundo equivale a apenas el 4% del gasto militar total de EU. La OTAN es un bien común que es subproducto de la búsqueda de un bien nacional propio: la superioridad militar de EU. En opinión de Trump, «[Estados Unidos es] un país endeudado, gastamos tanto en fuerzas armadas, pero fuerzas armadas que no son para nosotros… y muchos de estos países son inmensamente ricos». Pese a que una mayoría de los estadunidenses apoya la OTAN, la posición de Trump atrae a quienes ven las responsabilidades internacionales de EU en el contexto de una situación económica propia que empeora.
Pero esta inquietud por el exceso de gasto fiscal exagera el problema, en particular porque no tiene en cuenta el papel internacional del dólar y el hecho de que una porción significativa de la deuda pública estadunidense está en manos de acreedores locales. Quienes sostienen que el gasto militar es uno de los componentes principales de la deuda estadunidense tienen escasas o nulas pruebas que mostrar; y jamás comparan los costos con los beneficios derivados de ese gasto. La OTAN es la pieza más valiosa del paraguas de seguridad estadunidense, el instrumento que le permite responder rápidamente a amenazas y desafíos en cualquier lugar del mundo. La presencia avanzada de fuerzas militares estadunidenses actúa como elemento de disuasión contra posibles adversarios y reduce la probabilidad de conflictos y amenazas militares a los intereses de EU. Esta red global facilita el uso compartido de datos de inteligencia entre los aliados y provee a EU información crítica sobre problemas de seguridad, lo que mejora su capacidad para anticiparse a amenazas y contrarrestar a competidores estratégicos, como China y Rusia. Estados Unidos puede usar (y usa) estas herramientas para influir en lo que sucede en regiones clave, para defender la democracia y los derechos humanos y para combatir el terrorismo.
Además, estos beneficios no se limitan a cuestiones relacionadas con la rivalidad entre grandes potencias. Por ejemplo, el Comando Sur (SOUTHCOM) estadunidense coordina la colaboración antinarcóticos entre la OTAN (en concreto, Países Bajos) y otros países externos a la alianza, como Colombia y Panamá. Además de reforzar la seguridad, esto también permite reducir flujos financieros ilícitos que podrían terminar en manos de organizaciones terroristas y otros actores malintencionados.
En términos generales, la influencia normativa y la alineación de intereses dentro de redes internacionales reduce los costos de protección de sus miembros, mitiga la necesidad de apelar a la coerción militar en el interior de la red y amplifica la eficacia de la red cuando se la usa hacia el exterior. Desde el punto de vista de la seguridad, si EU se mostrara menos dispuesto a financiar una potente capacidad militar a través de la OTAN, a colaborar con sus aliados y a protegerlos, empezaría a parecerse a China o Rusia. Seguiría siendo un actor imponente, pero menos influyente y menos benigno. En preparación para lo peor, los europeos ya están llevando adelante un proyecto de «autonomía estratégica». Señalando el riesgo de vasallaje implícito en la competencia entre grandes potencias, el presidente francés Emmanuel Macron propone reducir la dependencia europea, en particular respecto de EU. Con la adopción de una postura más asertiva contra la belicosidad rusa, la defensa del ingreso de Ucrania a la OTAN y el uso geopolítico de la ampliación de la UE, Francia ha puesto su posición en línea con la de Polonia, los estados bálticos y la República Checa.
Los estadunidenses tienen que entender que la OTAN no es sólo un mecanismo para la protección de los aliados; es un componente esencial de una estrategia integral que promueve sus propios intereses y sostiene la posición de liderazgo internacional de su país. Retirarse de la alianza transatlántica no supone ningún beneficio para EU, sino que le restará influencia, sin reducir en forma significativa su gasto militar.
*Profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto. Investigadora no residente en el Atlantic Council
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