La historia de Mariana
Tenemos que generar más conciencia de que, más allá de temas coyunturales de carácter político, económico o social, existe una crisis de valores
Por Santiago García Álvarez
Mariana sufrió mucho de pequeña. Hija única, sus padres se divorciaron cuando cursaba la primaria. Su papá se “juntó” con una de su empresa y su mamá con un papá de una amiga de Mariana. Vivió a jalones entre ambas parejas. Tenía bastante entretenimiento y, a pesar de tener muchos medios hermanos, con frecuencia se sentía sola. En su adolescencia vio numerosas series con una alta carga sensual. La estimulaban, pero luego la dejaban triste. Imitó esas conductas en sus fiestas y reuniones. Muchas veces la usaron y, tantas otras, ella fue quien usó. Accedió a drogas durante la prepa. Los fines de semana consume bastante alcohol.
Pasados los años, llegó a la universidad. Vive en un entorno competitivo. De niña pensaba que había una escala de valores y, sin embargo, ha visto que a su alrededor se vive muy distinto. Lo que ha detectado en su entorno es que lo más importante es el placer, el poder y la riqueza. Sus amigos se declaran “espirituales no religiosos”. Ella cree en Dios (sus abuelos le transmitieron la fe), aunque lo siente lejos. Al mismo tiempo, le parece sospechoso que el mayor grado de espiritualidad pueda venir de uno mismo y no de un Ser Superior. Cuando lo ha expresado así es percibida como “menos lista” que los demás.
En las redes advierte un ambiente crítico y en las noticias casi todo son cuestiones negativas. Ella se suma a la crítica, pues es lo que está “bien visto” y así parece más inteligente, aunque a la vez siente que se agrede a sí misma al lastimar a los demás. Sin embargo, no todas las redes son malas. Instagram le da bastantes satisfacciones, sobre todo desde que sube fotos un poco más sensuales; recibir muchos likes la tiene contenta. Por otra parte, se siente insegura pues piensa que nadie la quiere por quien ella es realmente, pero el tema es demasiado “filosófico” como para prestarle atención.
No tiene claro si existe la verdad o todo es relativo. Por momentos su conciencia parece que le habla y le da señales. Hay días que no quiere levantarse. Ha pensado en quitarse la vida, pero no ha tenido fuerzas para hacerlo.
Muchas cosas le resultan enigmáticas. Sus amigos critican los problemas de seguridad de su país, pero consumen las drogas que esos delincuentes venden. Sus familiares fustigan la corrupción de los políticos, cuando sabe que su papá dio dinero para obtener licencias de operación de sus negocios. Su mejor amiga tiene una relación que la lastima mucho y extrañamente le da más miedo dejarla que liberarse. Su jefe en el trabajo la regañó enérgicamente cuando mintió sobre una llegada tarde, pero es sabido que él es casado y le pone el cuerno a su esposa.
Mariana tiene mucho miedo al compromiso. Le dio pánico elegir carrera y al final eligió la menos mala. Cuando habla con sus amigos dice que no quiere casarse. No cree en el amor. Aunque en ocasiones piensa en sus abuelos, después de todo tuvieron un matrimonio más o menos feliz. No como sus padr, quienes “se liberaron”, pero sin darse cuenta de que ella los echó en falta como un padre y una madre que la quisieran.
Cuando se le pregunta por el futuro lo siente nebuloso, más bien gris. En realidad no tiene mucha esperanza. Por momentos se cuestiona si tanta libertad no la ha esclavizado más.
Justo en ese momento llega un Uber a recogerla. Por suerte es viernes. Podrá beber tranquilamente, “meterse” algo y divertirse con sus amigos. Al menos le ayudará a olvidar la crisis existencial y la crisis de sentido que angustia su alma. El fin de semana subirá el grado de placer lo más que pueda y el domingo comenzará su siguiente depresión. A partir del lunes estará ocupada entre escuela y trabajo y así podrá terminar la semana. No tendrá tiempo para pensar en sus problemas.
La buena noticia: todo lo anterior es inventado. La mala: se basa en muchas situaciones reales que sufren los jóvenes actuales. Los de condición económica baja, media y alta. Y no sólo los jóvenes, también los adultos y los adolescentes. Como sociedad, encontraremos muchas “explicaciones” y culpables, para justificar lo que ha ocurrido. Lamentablemente, no hacemos un examen a profundidad. No nos damos cuenta de que el verdadero problema de fondo es una grave crisis de valores que nosotros mismos hemos propiciado y tolerado y que hemos heredado a nuestros hijos, quienes han “bebido” por completo una nueva “cultura antivalores”. Quizá se han divertido más que nosotros y han sido más “libres”. Lo que está claro es que les cuesta más ser felices.
Tenemos que generar más conciencia de que, más allá de temas coyunturales de carácter político, económico o social, existe una crisis de valores. Las generaciones que nos precedieron se excedieron en rigidez y control; en cambio, las actuales han pecado del extremo opuesto vinculado al libertinaje. Formar en la generosidad debe ser una obligación en un mundo de desigualdad. Distinguir entre el bien y el mal no sólo es cuestión de “ser buenos”, sino que, por lo visto, pone en juego nuestra felicidad. Recuperar la voz de la conciencia, que no es propia de “religiosas anticuadas”, sino de un ser humano equilibrado. Abrirse a una trascendencia más allá de nuestros propios límites personales y corporales. Las grandes tradiciones religiosas, tan atacadas, quizá tengan algo bueno que decir. Llenar de contenido nuestras vidas con valores más profundos. Sacrificar el placer del corto plazo por el bienestar de largo plazo. No confundir amor con placer, sino regresarle contenido a esa palabra mágica aunque ello implique sacrificio. Reordenar la sexualidad. Revalorar la amistad como intercambio de generosidad y no de placer. Podemos aprender de jóvenes que logran dar sentido a sus vidas. Seguramente cada quien puede sacar muchas otras conclusiones. Lo importante es reflexionar, ser autocríticos y emprender acciones más enérgicas para un cambio cultural si no queremos heredar a los hijos de Mariana un mundo aún más complejo.
