La broma de Ignatius

Esta novela es una narración barroca en donde los distintos elementos de esa Nueva Orleans caótica, laberíntica y desenfadada, convergen en una visión poliédrica y animada por el éxtasis enmohecido, extravagante, pero liberado de Ignatius J. Reilly.

Por Guillermo Fajardo

“Empecé a hablar y a actuar como Ignatius", le confesó John Kennedy Toole al editor de Simon y Schuster, Robert Gottlieb, en una carta fechada el 5 de marzo de 1965, en uno de sus últimos y desesperados intentos por publicar la obra que le había mandado a la editorial. La correspondencia que existe entre autor y editor revela una relación tensa, humosa y subterránea en torno al que sería el más maldito y, a la vez, afortunado de los manuscritos: La conjura de los necios.

Esta novela llevó a Toole a la fama póstuma, al peregrinaje literario y a esa afortunada chispa de genio que le permitió la creación de nuestro Quijote moderno: Ignatius J. Reilly, protagonista de la obra, habitante de la colorida y festiva Nueva Orleans, un gordinflón de mejillas como globos, extremidades de mastodonte, gorra cazadora con oportunos cubre orejas, una obsesión por los eructos, asexuado, frágil, glotón profesional de perritos calientes y admirador de las monarquías firmes con reyes de buen gusto cultivadores de la geometría y la teología, disciplinas largamente perdidas en este mundo de banalidades sospechosas. Las excentricidades de Ignatius lo vuelven un personaje entrañable no porque imponga su visión del mundo, sino porque la mantiene a pesar de las conjuras de los otros, que acaso no alcanzan a ver su talante de genio caído.

Si el carnaval de Ignatius J. Reilly es celebrado como descubrimiento vital, la vida de John Kennedy Toole es recordada exactamente por lo contrario: el escritor acabaría suicidándose a los treinta y un años en Biloxi, Mississippi, cuando conectó una manguera al escape de su automóvil, subió las ventanas y cerró los ojos. Fue en ese momento cuando el manuscrito comenzó su propia aventura literaria a manos de la madre de Ken, Thelma Toole.

Para quien la recuerda, era una mujer de fuerza imparable: “demandaba que el mundo se inclinara ante sus ambiciones y reaccionaba con ímpetu desmedido cuando sus planes se veían frustrados”, dicen Pol y Hardy en la biografía del escritor. Cómo no iba a ser así: a los sesenta y ocho años, con un marido enfermo y su único y amado hijo muerto, Thelma Toole tenía pocos motivos para vivir. Fue entonces cuando se le ocurrió buscar entre las cosas de Ken ese extraño manuscrito que su hijo había intentado publicar en Simon y Schuster y que Gottlieb nunca aceptó porque, entre otras razones, “no trataba de nada”.

Thelma tampoco tuvo tanta suerte: siete editoriales le rechazaron el manuscrito a lo largo de los años. Fue hasta que, insistente, le pidió al escritor Walker Percy que leyera la novela del “genio” de su hijo cuando la suerte por fin cambiaría para los Toole. Percy al principio no quería, pues consideraba totalmente absurdo leer la novela de un autor joven, inédito, muerto y en una copia en papel carbón, “apenas legible”. Sin embargo, cuando Percy acabó de leerla, La conjura de los necios fue por fin apreciada por lo que es: una narración barroca en donde los distintos elementos de esa Nueva Orleans caótica, laberíntica y desenfadada, convergen en una visión poliédrica y animada por el éxtasis enmohecido, extravagante, pero liberado de Ignatius J. Reilly.

La comicidad que esta novela provoca e inhibe el silencio detrás de la lectura: no es recomendable leerla en bibliotecas públicas o cementerios. Sus personajes están atravesados por desgracias menores que, sin embargo, revelan una lucha por la existencia en un registro dramático tan profundo como su simpleza aparente. La señorita Trixie, el patrullero Mancuso, Lana Lee y Myrna Minkoff, la némesis de Ignatius, entre otros personajes, forman un coro de vidas que buscan en el mundo las respuestas que el propio John Kennedy Toole no encontró en el suyo.

Como en muchos de estos casos, su suicidio está envuelto en un misterio. Alcohol, problemas de identidad sexual, una madre que lo asfixió a cada momento de su vida, depresión y demás cuartos oscuros clausurados por la historia son los sospechosos principales. Uno de los actos mejor logrados en literatura consiste en hacer reír al lector, y no porque otras emociones sean más fáciles de transmitir, sino porque la risa parece ser la más pública de todas. El bien más solidario. Nos reímos con los demás. Lloramos y leemos en soledad. Que un escritor logre carcajadas en la oscuridad es ya de por sí un legado importante y revelador porque le confiere a la gravedad de la pluma la estampa de nuestros absurdos. John Kennedy Toole no pudo reírse lo suficiente de sí mismo.

Hagámoslo con él. La broma que nos dejó se llama Ignatius.

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