La banalidad del mal

• Al ver una serie relacionada con los narcos, por momentos podemos sentirnos de su lado, queriendo que triunfen.Las películas o series tienen una magia envolvente que por momentos nos pueden confundir sobre los valores profundos.

Por Santiago García Álvarez 

Hannah Arendt, filósofa alemana de origen judío, acuñó el término “la banalidad del mal". Ella hacía referencia a Adolf Eichmann, involucrado en el régimen nazi y su intento de eliminar al pueblo judío. Según Arendt, Eichmann era un operario dentro del sistema nazi, lo que si bien no le eximía de culpabilidad, sí matizaba su maldad.

Más allá de la polémica en torno a este caso, podemos hablar de la banalidad del mal en un sentido más amplio. Si el mal no tiene un valor absoluto, si llevamos la lógica relativista al extremo, nos encontramos inevitablemente con alguna situación en que el acostumbramiento a hacer cosas malas se convierte en rutina, cauteriza las conciencias y termina banalizando el mal.

La banalidad del mal, bajo estos términos, podría referirse a muchos escenarios de la vida actual. Uno de ellos es el relacionado con las películas o las series. En ellas, es fácil identificarse, al menos desde el punto de vista emocional, con una postura mala.

Al ver una serie relacionada con los narcos, por momentos podemos sentirnos de su lado, queriendo que triunfen. Las películas o series tienen una magia envolvente que por momentos nos pueden confundir sobre los valores profundos.

Naturalmente, cuando nos detenemos a pensar a fondo, nos damos cuenta de que este efecto emocional es una trampa, y es fácil advertir que no es lo correcto. Sin embargo, existen modos mucho más sutiles que, a la larga, confunden nuestro juicio.

Imaginemos la siguiente composición de lugar. El protagonista de una película sufre a una esposa neurótica y en un viaje de negocios se le presenta la oportunidad de tener una aventura con otra mujer. El clima televisivo genera una gran empatía con la persona, antipatía con la malvada esposa y consideración por la situación. Sin embargo, no deja de estar mal, aunque en ese momento no parezca así.

Lo más delicado es que una vez dado el primer paso en la tolerancia de lo malo es fácil ampliar sus límites, como sucede en ocasiones en el caso de Tinder. ¿No será un caso de banalización del mal?

La “magia” de las series y películas puede comprometer nuestra manera de pensar. La banalización de algo malo, cuando se repite, se hace cultura y transforma la manera de pensar de una sociedad.

Los narcotraficantes, los delincuentes y los adúlteros pueden parecernos más o menos amables, nos pueden caer incluso muy bien, pero eso no justifica sus acciones, que son en esencia malas acciones.

Lo mismo sucede en otros ámbitos de la vida independientes de los medios de comunicación.

Esto se relaciona ampliamente con la posverdad, donde no importa tanto la búsqueda de la verdad, sino la conexión emocional con el público.

Esto, hecho sistemáticamente, cambia la cultura sobre lo que es bueno y malo, lo que conviene o no, y banaliza el mal.

No todo lo que me emociona me conviene. Las emociones son manipulables. Lo fueron, llevándolo a un extremo, en la época nazi. Lo son, en un ámbito más ordinario, en nuestra vida actual.

La cultura emocional actual necesita ordenarse racionalmente si no queremos terminar en un genocidio moral.

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