Harvard, del orgullo a la vergüenza

Sin los plagios tan evidentes y numerosos, quizá Claudine Gay seguiría encabezando la universidad. Además, pese a todo esto, ella seguirá impartiendo clases en la universidad y nutriendo la polémica. Por eso y por la forma inepta con que se manejó el problema, Harvard no recuperará la imagen que tenía.

Por Stephan Sberro*

La renuncia, en condiciones vergonzosas, de Claudine Gay, primera rectora negra de Harvard, después de apenas seis meses, constituye una mancha, probablemente indeleble, para una universidad que se jactaba de ser de las mejores de Estados Unidos y del mundo. Peor aún, abre más problemas y debates de los que resuelve.

Su carta de renuncia es casi tan indignante como el resto de su actuación, sus plagios y su patética comparecencia ante el Congreso de Estados Unidos para responder a las acusaciones de antisemitismo en Harvard. Parece que no entendió lo que se le reprocha, su deshonestidad y su falta no solamente de ética, sino de empatía ante el sufrimiento y miedo de los estudiantes judíos de su universidad. El hecho de que, hasta el último momento, la Junta de Gobierno de la universidad la haya apoyado unánimemente, a pesar del naufragio de su comparecencia ante el Congreso, preocupa e indigna aún más, y no solamente al lado republicano. El presidente Biden demostró claridad moral condenando, sin equívoco, el desempeño de Gay y de las autoridades de Harvard.

Sin los plagios tan evidentes y numerosos, quizá Gay seguiría encabezando la universidad. Además, pese a todo esto, ella seguirá impartiendo clases en la universidad y nutriendo la polémica. Por eso y por la forma inepta con que se manejó el problema, Harvard no recuperará la imagen que tenía.

No cabe duda de que los sectores más conservadores de la sociedad estadunidense aprovecharon, con cinismo e hipocresía, la oportunidad de asestar un golpe terrible a uno de los baluartes del liberalismo. Pero eso no merma de ninguna manera la responsabilidad de Claudine Gay y de las autoridades de Harvard.

Este escándalo permite abrir líneas de reflexiones más amplias que la desgracia ganada a pulso de Gay y de la universidad. Ésta no constituye una excepción, sólo es el ejemplo más extremo y visible de las derivas del sistema. Concentra los debates que atraviesan al sistema universitario más influyente del mundo. El MIT, Penn University y otras universidades con fama, como Stanford, Columbia, Yale, NYU y muchas más, han incurrido en los mismos tipos de problemas y respuestas tibias o equivocadas.

Harvard intentó compaginar la libertad de expresión académica y la lucha contra la discriminación, cuya forma más extrema son los discursos de odio. Fracasó. Como varias de las universidades citadas, defiende la libre expresión solamente para algunas ideas. Ejerce, por ende, una censura política documentada no solamente por órganos conservadores, sino por el muy liberal New York Times. La tolerancia hacia el antisemitismo profesado en las manifestaciones pro palestinas en el campus, en nombre de una libertad selectiva de expresión, y los ataques físicos a los estudiantes judíos expuso claramente esa hipocresía y fue la gota que derramó el vaso.

Lo más triste es que las autoridades universitarias revelaron y reforzaron dos grandes defectos del sistema estadunidense.

Primero, su dependencia al dinero privado. Harvard es un negocio. Se hizo patente cuando Gay habló únicamente bajo los consejos de abogados sin consideración para la moral y sin empatía. Uno no puede evitar pensar que, sin las amenazas de muchos patrocinadores indignados por esta actitud o asustados por la ruta que tomaba la institución bajo la dirección de Gay, es decir, privilegiar objetivos políticos sobre la calidad de la educación y de los estudiantes, ella seguiría siendo rectora, no obstante el plagio y la discriminación.

En segundo lugar, la nominación y renuncia de Gay asestan un golpe duro a la bien intencionada política de discriminación positiva a favor de algunas minorías, históricamente oprimidas y relegadas. Puso de relieve las dificultades de aplicarla y las injusticias y abusos que creaba a su vez. Así, debilitó no solamente a las universidades como lugar de educación y tolerancia, sino también al combate justo contra las desigualdades de género, el racismo y el antisemitismo.

Afortunadamente, fuera del mundo anglo-sajón, las universidades no padecen estos problemas de forma tan evidente, pero debemos aprender la lección.

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