Entre el abandono y la soberbia: por qué campesinos y transportistas vuelven a paralizar el país

Por Gerardo Aranda OrozcoExpresidente nacional de la Coparmex Donde nace la desesperación,nace también la rebeldía.John Steinbeck A partir del lunes 22 de noviembre se han manifestado transportistas y campesinos en una alianza inusual bloqueando diversos puntos ...

Por Gerardo Aranda Orozco

Expresidente nacional de la Coparmex

Donde nace la desesperación,

nace también la rebeldía.

John Steinbeck

A partir del lunes 22 de noviembre se han manifestado transportistas y campesinos —en una alianza inusual— bloqueando diversos puntos carreteros en todo el país, con diferente intensidad, según el estado, para lograr ser atendidos en sus demandas por el gobierno federal.

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Consideramos sus demandas y motivaciones legítimas:

Precios justos para los productos agrícolas, especialmente el maíz.

Seguridad en las carreteras, ya que son víctimas de asaltos, desapariciones o asesinatos de operadores, además de extorsión en diversas rutas; exigen a la autoridad condiciones reales de seguridad, pues se enfrentan a la acción de grupos criminales y consideran que el Estado está ausente.

A esto se suma la pretensión de una reforma al manejo del agua sin el debido consenso, la cual consideran nociva en sus términos.

La pregunta obligada es: si las demandas son válidas, ¿la forma de protestar también lo es?

La pregunta no es menor, ya que los bloqueos afectan la movilidad de personas ajenas al conflicto y dañan cadenas de distribución y economías locales. Esto plantea una tensión ética y práctica: hay motivos válidos, pero la forma de protesta genera costos sociales y económicos elevados.

Tanto transportistas como campesinos difícilmente actuarían así si no enfrentaran una crisis grave.

Los mecanismos de diálogo y negociación han resultado inútiles ante la incompetencia gubernamental: lentitud en la respuesta, inconsistencia en las políticas públicas —se cambian reglas, criterios para fijar precios de garantía, tipos de apoyo— y una gestión de seguridad pública insuficiente.

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La percepción negativa de soberbia se refuerza con la tendencia a minimizar el conflicto social, insistiendo en que las manifestaciones “son manipuladas” o tienen “intereses políticos detrás”. En lugar de dialogar, se prefiere descalificar.

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La comunicación política busca no ceder para no parecer débil. En el cálculo político, se cree que reconocer un problema es perder el control, retrasando así la solución.

La arrogancia ciega y conduce a buscar argumentos falaces, desviados del foco de discusión, alejando la posibilidad de acuerdos y acumulando agravios.

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En fin, atender a tiempo permitiría una mejor gobernanza: gobernabilidad más confianza. Confianza de la autoridad en los ciudadanos y confianza de los ciudadanos en la autoridad. Construyendo acuerdos y, sobre todo, honrando lo acordado.

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