El costo de cruzar el umbral climático

PorRicardo Peraza El futuro no siempre avanza en línea recta. A veces se desploma. Esa es la advertencia que los científicos del clima repiten con una metáfora inquietante: los puntos de inflexión. No se trata de cambios graduales, sino de umbrales invisibles que, una ...

Por Ricardo Peraza

El futuro no siempre avanza en línea recta. A veces se desploma. Esa es la advertencia que los científicos del clima repiten con una metáfora inquietante: los puntos de inflexión. No se trata de cambios graduales, sino de umbrales invisibles que, una vez cruzados, desatan transformaciones irreversibles. Una selva que se seca y se convierte en sabana. Una corriente oceánica que se detiene y altera el clima global. Un glaciar que se rompe y eleva el nivel del mar durante siglos. Y, de pronto, lo que parecía una crisis lejana se convierte en un parteaguas civilizatorio.

Uno de los casos más temidos es el de la gran corriente atlántica que regula el clima en el hemisferio norte. Si esa maquinaria oceánica colapsa, México no quedará al margen. Al contrario: el Caribe podría volverse un hervidero de huracanes, los patrones de lluvia en el sur se deformarían y los ciclos de cultivo tendrían que replantearse de raíz.

Para los negocios mexicanos, ésta no es una escena de ciencia ficción. Es un riesgo de mercado. Pensemos en el aguacate, ese “oro verde” que México exporta al mundo. ¿Qué pasa si Michoacán enfrenta temporadas secas más largas y plagas que prosperan con el calor? Pensemos en el turismo en Cancún, donde los resorts viven del azul perfecto del mar. ¿Qué pasará cuando el sargazo, las tormentas y el calor insoportable empiecen a ahuyentar visitantes? Pensemos en la industria automotriz, dependiente de cadenas globales y de la estabilidad de puertos y carreteras. ¿Qué ocurre si un huracán categoría 5 destruye en 48 horas la logística construida en décadas?

La narrativa de los puntos de inflexión obliga a los empresarios a pensar distinto. En la lógica clásica del riesgo, un seguro contra huracanes o una campaña de reforestación bastaban para dormir tranquilos. Ahora la ecuación es otra. Lo que está en juego no es cuánto se pierde en un año, sino qué empresas seguirán existiendo en diez. Porque un punto de inflexión no tiene regreso. Nadie recompone un glaciar derretido ni vuelve a encender una corriente oceánica colapsada. El tablero cambia y lo hace para siempre.

México tiene una relación íntima con esta idea. Somos un país que históricamente ha vivido de recursos finitos: petróleo, plata, agua. Pero rara vez calculamos los costos invisibles de agotarlos. El cambio climático desnuda esa paradoja. Cada litro de agua usado por la industria cervecera en el norte es una moneda lanzada contra la estabilidad de comunidades enteras. Cada grado extra de temperatura en el golfo es una invitación a huracanes más feroces. Cada hectárea de selva arrasada en Campeche es un paso hacia nuestro propio punto de inflexión: la selva maya convertida en un paisaje irreconocible.

Pero no todos los puntos de inflexión son negativos. También existen los positivos: umbrales que, una vez cruzados, detonan transformaciones benéficas. La caída en los costos de la energía solar, que impulsa su adopción masiva. El momento en que la movilidad eléctrica deja de ser aspiracional para volverse la norma. México podría apostar por esos puntos de inflexión constructivos: detonar una transición energética con la misma disciplina con la que se levantó la industria maquiladora o impulsar la agricultura regenerativa como sello distintivo de exportación.

El problema es que seguimos atrapados en la lógica del corto plazo. Celebramos que el nearshoring traerá fábricas, pero no preguntamos si esas fábricas tendrán agua en veinte años. Nos emocionamos con récords de inversión extranjera, pero omitimos que buena parte de esos capitales se fijan ya en criterios ambientales y de resiliencia. Las calificadoras internacionales y los fondos de inversión discriminan contra países que no muestran un plan serio de transición climática. Y la etiqueta de “vulnerabilidad climática” puede ser más costosa que cualquier arancel.

Lo que está en juego no es sólo moral, sino económico. El nearshoring puede volverse un espejismo si las cadenas de suministro mexicanas aparecen como altamente expuestas a huracanes, sequías o falta de agua. No basta con ser geográficamente atractivos; hay que ser ambientalmente confiables.

En los próximos años veremos a los empresarios mexicanos debatirse entre dos caminos. El primero es el del cinismo: invertir lo mínimo, comprar seguros, esperar que el gobierno cargue con la culpa. El segundo es el del liderazgo: reconocer que estamos en un tablero nuevo, donde anticipar los puntos de inflexión puede salvar industrias enteras. Un banquero que entienda que el valor de un activo agrícola depende de su acceso sostenible al agua. Un desarrollador turístico que entienda que la playa más valiosa es la que logra sobrevivir a la erosión. Un fabricante que sepa que la electricidad renovable no es filantropía, sino ventaja competitiva.

La historia de los negocios en México siempre ha estado marcada por la capacidad de adaptarse a crisis políticas o económicas. Lo que se avecina, sin embargo, no es una crisis más, sino un cambio de reglas. Y la pregunta que quedará flotando, mientras el planeta se acerca a sus puntos de inflexión, es brutalmente simple: ¿quién en México sabrá leer a tiempo ese tablero para transformar el riesgo en oportunidad?

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