Educación privada en México: entre fake news y bad news

Por Santiago García Álvarez Entre las fake news, las bad news y las possible news, las instituciones privadas de educación en México hemos transitado por meses sumamente complicados.Las nuevas políticas relacionadas con el cobro de impuestos a instituciones no ...

Por Santiago García Álvarez

Entre las fake news, las bad news y las possible news, las instituciones privadas de educación en México hemos transitado por meses sumamente complicados.

Las nuevas políticas relacionadas con el cobro de impuestos a instituciones no lucrativas impactaron en algunos presupuestos. Las propuestas para evitar outsourcing en funciones operativas han sido igualmente motivo de preocupación. El rumor sobre la eliminación de cuotas distintas a las colegiaturas ha alertado a otros tantos. Se trata de unos pocos ejemplos, dentro de numerosas preocupaciones —fundadas o no— que se comentan semana a semana en los círculos educativos y que plantean un futuro aparentemente nebuloso. Habitualmente, se accede a la problemática desde la óptica externa, con parte de razón, pero habría que ponerse también en los zapatos de las instituciones educativas, en las que el problema no es la reducción de la ganancia de los accionistas, sino simplemente su supervivencia.

La crisis sanitaria nos ha sacudido también a los educadores. Pasar de un día a otro a enseñar de forma remota, en vez de presencial, nos ha exigido desarrollar nuevas competencias docentes y una mayor flexibilidad. La incertidumbre ha sido un común denominador a lo largo de toda la contingencia a nivel mundial: de una suspensión temporal de clases hemos pasado a varios ciclos escolares con modalidad alternativa. Actualmente, sigue existiendo incertidumbre de cómo y cuándo se puede asumir un modelo híbrido. No tenemos claridad de la fecha en la que la posible vacuna se pueda distribuir de modo masivo. Algunos piensan que la educación sufrirá un cambio tan radical que muchos actores educativos desaparecerán.

Por si esto fuera poco, la crisis económica ha alcanzado también a la educación y las predicciones de ciertos expertos apuntan a que sólo hemos visto la punta del iceberg. Numerosas familias han perdido el empleo y muchas otras han visto reducido su ingreso mensual. Los jardines de niños han sufrido esta crisis de manera muy particular, debido a que los padres ven menor beneficio del modelo online para niños pequeños, que naturalmente tienen menos facilidad para el aprendizaje remoto. En el otro extremo de la línea del tiempo educativa, los posgrados han sufrido ante un mercado que prefiere posponer estudios posuniversitarios mientras calculan mejor las posibles mermas derivadas de la crisis.

La mayoría de las instituciones educativas presentan remanentes de operación notablemente más reducidos que los de una empresa convencional. De hecho, muchas son asociaciones civiles sin fines de lucro, en las que sus nóminas representan una clara mayoría de sus egresos anuales. Llama la atención el esfuerzo que han hecho por mantener el sueldo de sus colaboradores, a pesar de tenerlos en casa sin posibilidad de trabajo durante varios meses, como es el caso de muchas de las personas operativas que desarrollan trabajos manuales. La perspectiva de despedir gente se plantea como un último recurso, que se trata de evitar lo más posible, distinto de otras industrias donde prevalece el pragmatismo empresarial. Sin embargo, su alta dependencia de la matrícula las hace especialmente frágiles ante cualquier tempestad.

Las redes sociales se han convertido en un riesgo reputacional para las instituciones educativas. Un comentario en redes, sin evidencias sólidas, cuenta más en el inconsciente colectivo que muchas acciones positivas. Al mismo tiempo, sufren recientemente una nueva discriminación, originada por su estatus privado o filosófico, que la cultura preponderante no tolera. En ellas se descarga una responsabilidad que tendría que corresponder en mayor grado a otros agentes: seguridad en los alrededores, atención emocional a sus alumnos, solución de conflictos entre particulares, etcétera. Los directivos de instituciones educativas, por tanto, dedican la mayoría de su tiempo a resolver problemas jurídicos, económicos, mediáticos o sociales, que les restan tiempo y energía para pensar en cómo educar mejor.

Existe preocupación en las instituciones educativas privadas en México. Unas cuantas fake news, no pocas bad news y numerosas possible news nos han tenido con focos amarillos como hace mucho no se veía. No cabe duda que estamos intentando hacer las cosas lo mejor posible, con creatividad y adaptabilidad. Somos conscientes de que en el marco de esta crisis quizá no seamos los más afectados. Sin embargo, necesitamos más que nunca una elevada comprensión de distintos agentes sociales, pues nuestro patrimonio humano pertenece, en cierto sentido, a la sociedad misma. Si lleváramos a cabo un estudio del impacto positivo que ha tenido la educación privada en México en los últimos 50 años, estoy seguro que nos sorprenderíamos de su aportación a nivel educativo, cultural, económico y de movilidad social, entre otros.

La crisis sanitaria pasará y la situación económica detendrá su curva descendente. Pero, si ponemos en riesgo la educación de varias generaciones de mexicanos, en el futuro no habrá quién nos ayude a superar éstas y otras crisis que periódica e inevitablemente volverán.

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