Cuba: ilusiones frustradas

En el flanco cultural también hubo frustraciones

Por Jaime Rivera Velázquez

Este 25 de noviembre se cumplieron ocho años de la muerte de Fidel Castro. El líder cubano ejerció el poder absoluto en forma directa durante 49 años. En 2008 se lo heredó a su hermano Raúl Castro, aunque había muchos signos de que Fidel continuaba vigilando y determinando el rumbo general del Estado. En 2018 Raúl Castro, agotado por la vejez, cedió la presidencia a Miguel Díaz-Canel, pero el régimen siguió casi sin cambios. Por encima de todo, permanece un sistema de partido único, el del Partido Comunista Cubano, que no tolera la disidencia y, mucho menos, la competencia por el poder.

Hay quienes todavía le rinden a Castro un culto de héroe; otros lo consideran un dictador que no sólo abolió libertades básicas, sino que provocó el empobrecimiento extremo de la mayoría de los cubanos. Esa diferencia de apreciación se deriva en gran medida de una demarcación ideológica: entre quienes aplauden a los hombres fuertes que detentan el poder sin contrapesos, y quienes prefieren gobernantes elegidos por tiempo limitado y con poderes acotados por instituciones. La línea de demarcación está, más que entre la izquierda y la derecha, entre la democracia y el autoritarismo. En cualquier caso, un repaso escueto de la historia cubana de los últimos 65 años demuestra que la herencia del castrismo es más bien trágica.

Para muchos latinoamericanos de pensamiento de izquierda, la Revolución Cubana fue en su momento motivo de júbilo y esperanza. Para algunos, esa revolución significaba la recuperación de la democracia, que en Cuba había sido interrumpida en 1952 por el golpe de Estado encabezado por Fulgencio Batista. Otros enfatizaban la necesidad de reducir la pobreza y la desigualdad social. Otros más proclamaban una nueva independencia, que en el caso de Cuba había estado ensombrecida por la intervención y la tutela de EU.

Con el paso del tiempo, tales esperanzas se fueron desvaneciendo. Las elecciones prometidas nunca llegaron. Antes bien, el débil pluripartidismo y las elecciones controladas por el gobierno, que prevalecían antes de la revolución, fueron sustituidos por un régimen de partido único y la supresión lisa y llana de las elecciones. La justicia social esperada, si bien tuvo en los primeros años avances notables y promisorios, pronto se frustró por una economía atrasada y cada vez más ineficiente, a consecuencia del modelo estatista copiado de la Unión Soviética y peor aplicado en el país antillano. En cuanto a la independencia nacional, al rompimiento económico y político de Cuba con Estados Unidos le siguió una subordinación a la política soviética y a una dependencia económica casi total de las subvenciones del llamado bloque socialista. La alineación de Cuba a la geopolítica de la URSS se exhibió dramáticamente con el envío de tropas cubanas a guerras intestinas de Angola, Mozambique y Etiopía para respaldar a las fuerzas aliadas de los rusos.

En el flanco cultural también se frustraron muchas ilusiones. En el primer año de Fidel Castro en el poder hubo iniciativas de prensa y expresiones artísticas libres y creativas, surgidas de las mismas fuerzas revolucionarias, tales como el diario Revolución y su suplemento cultural Lunes de Revolución. Pero esta publicación fue clausurada en 1961 por mostrar algo tan “subversivo” como la vida nocturna de La Habana. En adelante, toda la prensa quedó bajo el control del gobierno y el partido único. Las artes se fueron sometiendo a los cánones ideológicos y estéticos del viejo “realismo socialista”, apenas matizado con tintes tropicales. Desde su pedestal, Castro sentenció: “Dentro de la revolución, todo; contra la revolución, nada”. Por supuesto, solamente él determinaba cuáles expresiones artísticas y literarias se ubicaban dentro o fuera de la revolución. Tal política cultural se coronó en 1971 con la censura y el encarcelamiento del poeta Heberto Padilla, quien fue obligado a una autoincriminación pública ignominiosa que hizo recordar los años del estalinismo. Un grupo de escritores e intelectuales latinoamericanos, casi todos de izquierda, que hasta entonces habían elogiado y defendido a la revolución cubana, reaccionaron con indignación y se alejaron del régimen castrista.

Lo que siguió en Cuba no fue otra cosa que la decadencia. Pasaron los años, las décadas, y Castro seguía con el poder absoluto en sus manos. Cuando la URSS se derrumbó y cesaron las subvenciones al régimen cubano, la economía de la isla se hundió en la parálisis y la escasez generalizada. Oficialmente, la ruina recibió el nombre de “periodo especial”. Los subsidios soviéticos fueron repuestos parcialmente por el petróleo venezolano, pero éste no basta para echar a andar una economía destrozada; apenas ha servido para evitar la caída de un régimen exhausto. La emigración y las fugas de cubanos alcanzaron dimensiones épicas. El éxodo por el puerto de Mariel, en 1980, fue sólo el presagio de las fugas de decenas de miles de balseros en 1994 y las olas interminables de emigrantes de los años recientes. Los brotes de protesta siempre han sido reprimidos duramente.

Hoy, lo que prevalece en la población cubana es la desesperanza y la indiferencia. Más allá de los ideales libertadores del joven Fidel Castro y de las ilusiones que éste despertó entre muchos latinoamericanos, la herencia del castrismo es un fracaso histórico y una tragedia que aún continúa.

Temas: