Cuba: dos voces desde el exilio
Un tipo de exiliados cubanos son los intelectuales.
Por: Jaime Rivera Velázquez*
Sorprende que todavía haya personas –inclusive algunas que podría presumir de instruidas y hasta de ilustradas– que sigan rindiendo culto al castrismo, un régimen que en 66 años no ha permitido elecciones, causó la ruina total de la economía, reprime a garrotazos y con prisión cualquier manifestación de protesta y sigue arrojando a millones de cubanos al exilio. La ideología ciega más de lo que uno se imagina; es como una “realidad alterna” inmune a los hechos; o, como escribió Raymond Aron hace 70 años, es “el opio de los intelectuales”.
Y es más sorprendente aún que ese culto se transfiera sin filtro a tiranías más recientes y grotescas como la venezolana o la nicaragüense. Un amigo mío muy querido una vez me compartía su asombro por esa transferencia ideológica: “Puedo entender la admiración que sentíamos por la Revolución Cubana. Crecimos con ella y, cuando tuvimos uso de razón, sus promesas e ilusiones aún brillaban. No era fácil desprenderse de ilusiones juveniles. Pero ¡¿la Venezuela de Chávez y Maduro?! ¡¿Cómo?!”. Pues sí, hay adictos al opio de la ideología.
El exilio cubano en masa empezó desde el primer año de la toma del poder por Castro y los comandantes barbudos. Era entendible: muchos habían sido cómplices y beneficiarios de la dictadura de Batista; otros eran ricos, privilegiados y temían perder esa condición; otros eran demócratas, que se decepcionaron cuando observaron la evolución del régimen hacia la dictadura y al comunismo de estilo soviético.
Pero eso fue sólo en los primeros años de la revolución. En las décadas de 1970 y 1980, salieron como pudieron de la isla otros cientos de miles, unos en forma silenciosa y otros lanzándose al mar en estampida. Y, cuando se acabó el subsidio soviético, miles y miles de cubanos más huyeron de las penurias y de la falta de libertades elementales. Pero lo que hemos visto en este siglo es la emigración masiva a causa de la miseria pura y dura, que hermana a los cubanos con los más pobres de Honduras, El Salvador, Venezuela, Haití y otras naciones en desgracia.
Hay otro tipo de exiliados cubanos: los intelectuales. Sus motivos de fuga no han sido predominantemente materiales, sino morales. Porque algo de lo que se habla poco es de la degradación moral que sufre la sociedad cubana, a causa de las carencias materiales cotidianas, la tiranía, la represión y la mentira oficial diaria, que obligan al común de la gente a la simulación, la delación y el robo hormiga como forma de supervivencia. De esa degradación moral dan testimonio las memorias de dos escritores cubanos exiliados en México: Eliseo Alberto y Rubén Cortés.
Con mucha agudeza, honestidad intelectual, alta calidad literaria y una ironía fina con toques de amargura, ambos escritores ofrecen un retrato realista de la Cuba que abandonaron, pero que nunca se quitaron del alma ni de la piel. Ofrezco aquí al lector unos fragmentos de sus respectivas memorias. Se trata de citas breves y parciales, pero acaso inciten a leer la obra completa.
Eliseo Alberto (1951-2011) publicó en 1996 Informe contra mí mismo. Como el propio autor declara, “es un libro a favor de lo que amo: mi familia, los amigos, la isla entera”. Pero, precisamente porque amaba a Cuba, Eliseo Alberto, conocido por sus amigos como Lichi, sintió el deber de hablar de ella tal como era, cómo la sufrió y la siguió amando. El título del libro insinúa una de las experiencias sombrías que vivió desde muy joven: la delación como deber de “vigilancia revolucionaria”, inclusive contra su propia familia. “Unos contra otros, otros sobre unos, muchos cubanos nos vimos entrampados en la red de la desconfianza. (…) Los compañeros de aula avisaban a los dirigentes de las organizaciones estudiantiles sobre las tendencias extranjerizantes y las preferencias sexuales de sus condiscípulos.
(…) El activista de Opinión del Pueblo dejaba en los buzones de los municipios del partido un parte de lo que su esposa había escuchado en la cola del pan o de la peluquería. (…) De preferencia, una confesión escrita a mano. El chisme adquirió metodología política. El correveidile (lo llamábamos “el trompeta”) una justificación histórica. (…) Digámoslo así: fue una inteligente manera de meternos el diablo en el cuerpo. El diablo de la culpa”.
Rubén Cortés (n. 1964), para fortuna nuestra, vive, sabe cultivar la amistad y es muy ameno. Su libro Cuba sin ti. Memorias del olvido (2019), ilustra las muy variadas formas de represión del régimen, entre muchas otras, la persecución inhumana de los homosexuales. También desnuda la simulación como método de sobrevivencia. “La Gran Utopía fomentó la simulación política y la doble moral individual y familiar como única manera de alcanzar la promoción humana.
Los cubanos engendramos un huevo de serpiente que descascaró en una expresión generalizada de bandidaje, egoísmo y miseria. (…) Porque la Gran Utopía sacó lo peor de los cubanos, al obligarnos a luchar para vivir, lo cual nos hizo ceder espacios a la dignidad con tal de alcanzar una vivienda, un buen trabajo, un viaje al extranjero y privilegios como comer salchichas o usar papel sanitario”.
*Consejero INE
