¿Cómo será la Agricultura Mexicana en 2030?

PorVíctor Manuel Villalobos Arámbula* El futuro de la agricultura es cada vez más difícil de predecir, los factores que debemos considerar son múltiples y complejos, vienen desde los ámbitos sociales, políticos, económicocomerciales y hasta climáticos, los ...

Por Víctor Manuel Villalobos Arámbula*

El futuro de la agricultura es cada vez más difícil de predecir, los factores que debemos considerar son múltiples y complejos, vienen desde los ámbitos sociales, políticos, económico-comerciales y hasta climáticos, los cuales pueden provocar que las condiciones cambien inclusive de un ciclo agrícola para el siguiente. Lo único que sabemos con certeza es que en 2030 debemos producir suficientes alimentos para dar de comer a casi 140 millones de personas en México.

Varios de esos factores son domésticos y otros son externalidades. Quizás el factor externo más importante de nuestros días es el cambio climático, al que la agricultura es especialmente vulnerable (y no sólo una fuente de gases de efecto invernadero, GEI, como a menudo se le hace ver) y que pese a los esfuerzos de la comunidad internacional tiene poca posibilidad de disminuir su impacto a nivel global, al menos en el mediano plazo.

Al respecto, 2030 es el año que Naciones Unidas propuso como meta para cumplir con los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), los cuales instan a los países, entre otras cosas, a revertir el proceso acelerado del deterioro del planeta, poner fin a la pobreza, desterrar el hambre y, en general, garantizar un entorno propicio para la sobrevivencia de la humanidad.

Son varios los ODS que involucran directamente a la agricultura. Esta actividad deberá duplicar la productividad agrícola y los ingresos de los productores de alimentos en pequeña escala y producir aplicando buenas prácticas agrícolas y pecuarias (ODS 2, Hambre Cero), disminuir la emisión de gases de efecto invernadero (ODS 13, Acción por el Clima), luchar contra la desertificación y la erosión de los suelos y detener la pérdida de la biodiversidad (ODS 15, Vida de Ecosistemas).

Será una buena oportunidad para que las administraciones venideras continúen poniendo en práctica mejoras más sustentables e innovadoras formas de producir alimentos y demostrar a la sociedad nacional y mundial que la agricultura no es sólo parte del problema, sino además una importante parte de la solución.

Basándonos en las tendencias que hoy observamos en los ámbitos nacional y global, y sin dejar de reconocer las externalidades ya mencionadas, podemos anticipar que nuestro país seguirá consolidándose como un importante productor de alimentos para la autosuficiencia nacional y para continuar fortaleciendo su presencia en los mercados globales.

Al cierre del presente gobierno, la agricultura mexicana ocupa el décimo primer lugar mundial como productor de alimentos y el séptimo como país exportador. Asimismo, México producirá más de 300 millones de toneladas de alimentos, cantidad sin precedentes en nuestra historia moderna.

Para mantener y mejorar esta posición, se deberán continuar y, en su caso, mejorar aquellos programas que fortalezcan los sistemas agroalimentarios, acompañados de adecuadas prácticas agropecuarias, de tecnología apropiada mediante la innovación, el conocimiento científico y su transferencia, incorporando a todo tipo de productores en este desarrollo.

A su vez, se deberá alcanzar el bienestar en los territorios rurales para mejorar las condiciones de vida de sus pobladores, erradicar la pobreza y garantizar la alimentación en cantidad y calidad para todos.

Deberemos abocarnos a garantizar la paz y la seguridad en el campo, para así sumar al sector agrícola al desarrollo con justicia. No basta con producir más si no se mejoran las condiciones sociales de las familias que habitan los territorios rurales.

Se requerirá de políticas diferenciadas para los distintos sistemas agroproductivos y para los múltiples destinos de la producción agropecuaria, acuícola y forestal. Estas consideraciones estimularán la agricultura familiar, evitarán la migración y ofrecerán opciones de vida digna en el ámbito rural.

Durante los próximos años, el campo mexicano seguirá siendo un motor del desarrollo para el crecimiento económico y para el bienestar social, pero se necesitará de una nueva revolución verde que, además de garantizar la productividad, deberá mejorar las condiciones agroecológicas con las que se produce y regirse bajo adecuadas normas de sustentabilidad y protección ambiental.

En el futuro se pondrá más atención y habrá mayores exigencias a los costos ambientales de la actividad agrícola, como reducir la huella hídrica, combatir el progresivo deterioro y erosión de los suelos, evitar la pérdida de la biodiversidad y detener la expansión de la frontera agrícola a costa de los ecosistemas. De ahí la imperiosa necesidad de practicar una agricultura climáticamente inteligente y ambientalmente responsable.

Se debe tomar en cuenta que las diversas condiciones agroecológicas del país imponen necesidades diferentes, por ello la importancia de implementar políticas diferenciadas para atender las necesidades y demandas de los productores del norte, que son diferentes a las del centro y las del sur. Sólo así podremos integrar una agricultura exitosa, basada en su agrobiodiversidad, que es la gran ventaja comparativa con la que la naturaleza dotó a nuestro territorio.

La visión del rescate de la agricultura del sur-sureste del país es correcta y necesaria. Su desarrollo sumará al resto del territorio tierras actualmente en desuso (aproximadamente cinco millones de hectáreas), abundancia de recursos hídricos que deben ser eficientemente gestionados y una amplia disponibilidad de mano de obra para el campo.

Existe hoy una dualidad en nuestra agricultura. Del centro al norte se practica una agricultura tecnificada, competitiva, con acceso a crédito, insumos y mercados, y del centro al sur-sureste es en donde existe la mayor pobreza del país (56.8%); 25% de las zonas rurales presenta pobreza alimentaria; 81% de las unidades de producción rural (4.3 millones) son de agricultura familiar y limitada vinculación con los mercados, propiamente agricultura de subsistencia. Esto genera no sólo una enorme brecha en productividad, sino también ahonda la desigualdad.

Hay que revertir la tendencia de mover trabajadores del campo (jornaleros) de los estados del sur a las agroindustrias establecidas del centro y del norte. De lo que se trata es de desarrollar o establecer nuevas agroempresas en esas zonas donde se tiene al agua y la tierra, pero, sobre todo, a la gente.

En 2030, México, al igual que el resto de las naciones, habrá de informar el grado de cumplimiento de sus compromisos contraídos en el marco de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

Ese año coincide con la culminación del próximo gobierno federal, de ahí que vale la pena revisar los avances logrados en los últimos años, consolidando algunos como el fortalecimiento de la provisión de bienes públicos, los avances tecnológicos, la transferencia de tecnología y la infraestructura y servicios vinculados al desarrollo agropecuario y acuícola.

Para ello, es relevante el poder contar con la inquebrantable vocación de los productores mexicanos que fueron puestos a prueba en los momentos más críticos para México y para el mundo, y que la superaron con creces.

Veo con mucho optimismo que no sólo podremos saldar nuestro compromiso con la agenda 2030, sino también, y más importante, tendremos una agricultura integrada nacionalmente, capaz de garantizar la seguridad alimentaria de nuestra sociedad y de consolidar nuestra agricultura como la actividad que tiene la responsabilidad histórica de sacar de la pobreza a las comunidades rurales que han sido las custodias de nuestras culturas, tradiciones y del acervo genético. 

*Secretario de Agricultura y Desarrollo Rural

del gobierno federal

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