Comercio de Norteamérica
Por Daniel Aceves Villagrán* Hace poco más de un año fuimos testigos del inicio de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte TLCAN, fecha desde la que se han suscitado un vaivén de declaraciones, tuits y acciones que lo mismo un día se ...
Por Daniel Aceves Villagrán*
Hace poco más de un año fuimos testigos del inicio de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), fecha desde la que se han suscitado un vaivén de declaraciones, tuits y acciones que lo mismo un día se saldan con la imposición de nuevos aranceles, por ejemplo, al acero y aluminio mexicano y canadiense y otro con guiños que parecerían denotar una luna de miel entre la futura administración mexicana y Donald Trump.
Esta incertidumbre que incluso ha alertado a otros grandes bloques comerciales por la posibilidad de una “guerra comercial”, tensa todavía más la cuerda y pone todos los reflectores en la fecha de tan ansiada rúbrica, porque es muy probable que no nada más afectará a América del Norte en los años venideros, sino que dictará la línea que sigan las relaciones comerciales alrededor del orbe.
Este dilatado proceso que ha estado encabezado por la Ministra de Relaciones Exteriores de Canadá, Chrystia Freeland, el secretario de Economía de México, Ildefonso Guajardo, y el representante comercial de Estados Unidos, Robert Lighthizer, y con la reciente inclusión de Jesús Seade, quien encabeza al equipo mexicano de transición, sigue teniendo importantes obstáculos, más allá de la diplomacia con la que todas las partes se han manifestado se encuentran acercando posturas y avanzando en un escenario muy positivo.
Así como en la preparación para un maratón, los atletas hacen “líneas tiradas”, ritmos controlados o series para enfrentar las exigencias de la máxima prueba del olimpismo, las negociaciones que se han llevado a cabo parecen haber sorteado varios obstáculos gracias a un grupo de negociadores experimentados, pero, sin duda alguna, faltan los más importantes, aquellos que puedan mostrar la ruta que llevará hacia la recta final, siendo temas referentes a la industria automotriz o la célebre cláusula “Sunset” los que definitivamente aclaren el panorama de un documento que debería firmarse antes de que termine el año (por el nuevo Congreso de Estados Unidos, después de las elecciones intermedias en noviembre, por ejemplo).
Para esta consecución, vale la pena hacer eco a las palabras de Ildefonso Guajardo que, en declaraciones recogidas por El Economista, destaca que una veintena de los treinta capítulos están cerrados, restando únicamente encontrar “técnicamente las palabras adecuadas y las decisiones políticas correctas”.
En el primer caso, parece que se llegará a un acuerdo respecto al contenido salarial automotriz (un porcentaje de los autos deben ser fabricados con mano de obra pagada a determinado sueldo), así como el incremento del contenido regional (mínimo de partes hechas en Estados Unidos) para que los vehículos sean exportados sin que sean causantes de aranceles. Pero el segundo luce mucho más complicado: la cláusula “Sunset” o cláusula de caducidad, propuesta por Estados Unidos, que busca ser el mecanismo por el cual el tratado termine en cinco años y sea necesaria una nueva negociación, apartado que resulta altamente improbable que Canadá y México conjuntamente con sus sectores empresariales acepten.
A nadie le sorprende que Estados Unidos prefiera tener acuerdos muy favorables y bilaterales con México y Canadá; sin embargo, no debemos olvidar que el comercio ha sido uno de los principales motores para el desarrollo humano siempre y cuando permita que los países sumen, a partir de una postura que busque construir para que, de esta manera, realicen mejores intercambios de valor en un clima de certidumbre, encarando los nuevos retos que se avecinan en la economía mundial. En las últimas semanas, el anuncio de la FIFA sobre el Tratado de Libre Futbol de América del Norte para la Copa Mundial 2026 es buen augurio.
*Analista
