Delincuencia común y delincuencia organizada

Queda en claro que, en el caso Tláhuac, se está en presencia de delincuencia tradicional y primitiva. El microtráfico es parte de esa mutación

Por José Elías Romero Apis

Los sucesos de los días recientes en Tláhuac, dentro de la Ciudad de México, me han hecho recordar que existen diferencias fundamentales entre las corporaciones de delincuencia organizada y las pandillas de delincuencia común. Las de Tláhuac son cuadrillas de malandrines dedicados al narcomenudeo y no compañías directivas de narcotráfico.

El concepto de crimen organizado se refiere a la estructura de grandes grupos dedicados a actividades ilícitas, establecidas como grandes corporaciones de carácter agropecuario, industrial, comercial y financiero, a través de las cuales se ocultan operaciones criminales.

Esta forma corporativa implica una estructura directiva, cuadros operativos, acervo tecnológico, ciclos de financiamiento, relación con otras corporaciones criminales, programas de expansión, jefaturas de proyecto, entrenamiento y desarrollo de personal, actividades de reclutamiento y control interno. En fin, todo aquello que podría tener cualquier gran corporación lícita.

Se advierte, claramente, la diferencia que existe entre la organización criminal y otras formas rudimentarias de asociación delictuosa, como la pandilla. Los distingos no sólo tienen que ver con su alcance, sino con su permanencia, con su complejidad estructural y su nefasto profesionalismo.

En muchos países el crimen organizado significa muy diversas especialidades: tráfico de armas, subversión profesional, terrorismo, espionaje, contrabando, defraudación fiscal, lavado de dinero, juego, piratería intelectual y de patentes, robo de obras de arte, delitos financieros, fraudes colectivos, delincuencia cibernética, uso indebido de telecomunicaciones, tráfico de vehículos, venta de protección, comercio de órganos, tráfico de niños, prostitución, robo de patrimonio histórico y otras más.

En México, al hablar del crimen organizado, lo hemos entendido fundamentalmente como narcotráfico.

Muy poco tiempo fue suficiente para modificar el panorama del narcotráfico en términos objetivamente alarmantes. Hacia 1982 el tráfico internacional de algunos narcóticos, como la cocaína, se contaba por gramos, se desplazaba en vehículos comerciales y oculto en la más variada sofisticación de artículos y prendas de uso común. Ya para 1992 ese microtráfico era historia olvidada y la leyenda lejana y, en los tiempos actuales, se cuantifica todos los días en toneladas, se desplaza en turboaviones propios y con la conspicuidad que da la tecnología asociada con la corrosión moral.

Las respuestas de Estado han sido, desde luego, intensas, versátiles y vertiginosas. En el propio periodo se pasó de la revisión de maletines a la persecución aérea. De los esfuerzos internos aislados a la cada vez más intensa colaboración multinacional. De su conceptualización como un asunto de policía a su enfoque ineludible como un problema de Estado.

El desafío de la humanidad, en este sentido, no tiene precedente en la lucha contra el crimen. Nunca antes los hombres se habían enfrentado a un fenómeno delincuencial con capacidad organizativa para operar, simultáneamente, en todo un continente o en más de uno. Con recursos que, en ocasiones, superan las posibilidades financieras de los países en los que actúa. Y con una penetración, en las esferas del poder y del dinero, hasta ahora incomparable.

El reciclaje de los excedentes financieros del narcotráfico ha producido una acumulación de riqueza ilícita, estacionada en los principales centros financieros y una capacidad de incremento productivo que determina alarmantes estancos de droga. Es razonable estimar que la oferta para satisfacer la demanda ilícita de estupefacientes de los próximos cuatro o cinco años ya está producida, almacenada y dispuesta para su distribución.

En palabras muy sintéticas, la primera generación delincuencial es la tradicional de pillería. La segunda, la etapa corruptiva. La tercera, la delincuencia organizada. La cuarta es la transnacionalización. La quinta, la deshumanización. La sexta, el terrorismo. La séptima, la subversión. La octava es la politización del sistema criminal. Y la novena generación es la regencia criminal.

Queda en claro que, en el caso Tláhuac, se está en presencia de delincuencia tradicional y primitiva. El microtráfico es parte de esa mutación. Algunas drogas, como la cocaína, eran traficadas a través de México en forma de insumo no terminado. La llaman “cocaína base” y no es consumible. Con el uso de precursores químicos se refina y se convierte en producto consumible. La organización internacional decidió que una parte de la refinada se distribuyera en México y se ampliara el mercado de consumidores.

Como en todos los países, el mercader callejero no tiene que ver con la organización rectora. Así lo ha dicho la autoridad capitalina y le asiste toda la razón.

*Presidente de la Academia Nacional, A. C

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