La interlocución, ese gran fracaso de nuestra política
Por Jaina Pereyra* Escribir un discurso es un acto de fe. Confías en que tus palabras encontrarán eco en una audiencia diversa, pero dispuesta. Confías en que habrá un argumento que convenza a las resistencias de claudicar, de negociar con tu forma de ver el mundo, ...
Por Jaina Pereyra*
Escribir un discurso es un acto de fe. Confías en que tus palabras encontrarán eco en una audiencia diversa, pero dispuesta. Confías en que habrá un argumento que convenza a las resistencias de claudicar, de negociar con tu forma de ver el mundo, de darle cabida, de plantearse tu perspectiva. Confías en que tu orador tendrá la oportunidad de generar una comunidad en torno a la convicción que enuncia, que poco a poco irá seduciendo, convenciendo, conquistando a su público, a través de la palabra y de su capacidad para articularla.
Escribir un discurso es confirmar tu creencia de que las palabras son puentes y que, por eso, deben ser usadas con toda cautela y precisión. Porque son tu único armamento y tiene que ser certero, y tiene que ser poderoso.
Y es curioso, porque al mismo tiempo que el discurso político es el instrumento del encuentro, de la vinculación, el discurso político tiene elementos que actúan en sentido contrario. Necesita obligatoriamente definir un “ellos” y un “nosotros”. Nosotros como la comunidad reunida en torno a alguna convicción, circunstancia, demanda, sueño, exigencia. Ellos, que son diferentes a nosotros. Nosotros, que tenemos razón. Ellos, que viven en la equivocación. Nosotros, que somos respetables. Ellos, que son reprobables. Antagonismos necesarios para generar pertenencia, pero antagonismos absolutamente arbitrarios y coyunturales.
En cada audiencia, el orador va tejiendo un “nosotros” diferente. Nosotras, las mujeres. Nosotros, los estudiantes. Nosotras, las madres. Nosotros, el pueblo. Nosotros, la ciudadanía. Nosotros, los mexicanos. Tan arbitraria es la línea como difuso el grupo definido. Porque ¿qué son “los jóvenes” o “las mujeres” si no comunidades diversas y heterogéneas?
Entonces el discurso político le habla al “nosotros”, para convencerlos de que no quieren ser “ellos”. A los “ellos”, sólo para que quieran ser parte del “nosotros”, pero parece irreconciliable ampliar el “nosotros” a una comunidad que nos incorpore a todos. Y, si concebimos al discurso sólo en esos términos, entonces el discurso actúa en sentido contrario de la política, que es la actividad que busca el encuentro, la pacificación del disenso, la construcción de una mayoría con un objetivo identificable.
Ayer di una conferencia frente a jóvenes interesados en la vida política. Siempre me gusta pensar que los jóvenes van a refrescar la vida democrática del país. En gran parte, soy profesora en el ITAM porque me gusta escuchar formas novedosas de ver el mundo y la gestión de lo público. Son, o deberían ser, la generación de la tolerancia. Y, de todos modos, es fácil ver que usan atajos conceptuales, propios de mi generación y de generaciones anteriores.
El argumento que traté de hacer, al hablar de “discurso populista”, era que le quitáramos el apellido. Por lo menos al discurso. Porque los discursos de los personajes a quienes hoy nos referimos como populistas, desde Chávez hasta Trump, retoman elementos que existen en todo tipo de discurso político. Les demostré cómo hombres de Estado recurrían a las mismas técnicas. Entre ellos, la apelación a lo emocional, la simplificación de los argumentos, la diferenciación clara, la descalificación del “otro”, las dotes histriónicas al momento de presentar, etc. Todos esos elementos son parte del discurso político, de todo tipo de discurso político, independientemente del contenido ideológico del mismo. Pero no sólo eso, en el momento en el que yo califico a alguien de “populista”, lo mismo que si califico a alguien como parte de “la mafia del poder”, dejo de validarlo como interlocutor y cancelo toda forma de acuerdo político.
“Pero, entonces, ¿qué es el populismo?”, repetían una y otra vez, como si la etiqueta fuera la forma de entender y no precisamente de cancelar al interlocutor. Fracasé. No pude construir un “nosotros que queremos cambiar la forma en la que se hace política”, pero lo más deprimente fue que me pareció ver que no necesariamente los jóvenes están buscando esa forma de hacer política a partir del encuentro, del debate conciliador, de un proyecto que busque articular.
Estaban muy preocupados por la amenaza que representa el populismo, porque, dicen, no es compatible con la democracia, pero no parecen dispuestos a abrir los espacios democráticos para hablar con ese interlocutor que responde al nombre de “populista”.
Nunca me había parecido tan obvio que no tenemos una escuela de debate en este país, espacios serenos, sensatos, de confrontación de ideas, de interlocución respetuosa, de interacción responsable.
Hablamos solos, para un “nosotros” artificial, sin buscar trascender en “ellos”. Ahí estaban, tratando de construir una burbuja sin “chairos”, sin “pejebots”, sin darnos cuenta de que esa exclusión, esa necesidad de mantenerlos fuera, da sustento al mote, que también descalifica, que también denosta, que también cancela al interlocutor: “la mafia del poder”. ¿Cómo le hacemos?
*Economista y politóloga.
Directora de Discurseros, SC
