El muro de Trump

Por Leonardo Arellano* Una de las más persistentes promesas de campaña del Presidente electo de Estados Unidos fue el levantamiento de un muro en la frontera con México. La ha reiterado un sinfín de veces y será uno de los compromisos que cumplirá al electorado. ...

Por Leonardo Arellano*

Una de las más persistentes promesas de campaña del Presidente electo de Estados Unidos fue el levantamiento de un muro en la frontera con México.  La ha reiterado un sinfín de veces y será uno de los compromisos que cumplirá al electorado. Tal vez no con dimensiones semejantes a la Gran muralla china, ni con la significación del muro de Berlín. Al final, quizás el muro de Trump resulte más indignante, pues está dedicado a México, a los mexicanos por ser diferentes a los WASP, los anglosajones blancos y protestantes. La equivalencia de este hecho sólo es proporcionalmente comparable con la segregación del régimen nazi y del apartheid sudafricano.

     Trump lo va a construir. La forma que adopte es irrelevante. Bien puede tratarse de una construcción de piedra o de concreto, de vallas de metal electrificadas, de tendidos de alambre de púas, de sensores eléctricos, del material y la forma que sea. El propósito, la intención es lo que cuenta.

     Históricamente, los muros se han levantado como protección, para preservar lo propio al interior. También para señalar un límite, una diferencia. Muchas ciudades europeas conservan todavía sus murallas, murallas que envolvían ciudades y pueblos, o regiones enteras. Regía entonces la ley de la espada. 

     La edificación de la muralla china llevó siglos y cobró millones de vidas. Es la mayor del mundo y se levantó para contener las aguerridas invasiones de Mongolia y Manchuria. Ironías de la vida, hoy es una de las siete maravillas del mundo. Otra barrera, más cercana en tiempo y emblema de la Guerra Fría, fue el muro de Berlín. Conocido en el Este como muro antifacista y en la Alemania del Oeste como muro de la vergüenza, dividió no sólo a una ciudad y a un país, sino también al mundo entero. Como a Esparta y Atenas, dos visiones irreconciliables se enfrentaban, dos formas de ver el mundo que no se dan tregua en el ánimo de los hombres.

     El gobierno de México no ha respondido con determinación a esta amenaza. Salvo un reducido grupito de tecnócratas cercanos al Presidente, no hay mexicanos que hayan aprobado o visto bien la invitación que el Presidente de México hizo al candidato Trump a Palacio Nacional. Tal vez con razón, un amigo escritor considera dicha acción como el mayor error de política exterior de México desde los desatinos de Antonio López de Santa Anna. 

     No recuerdo que haya habido un pronunciamiento categórico y oficial de rechazo formal al concepto mismo del muro. Conforme a los medios, lo único que se le habría dicho a Trump en Palacio Nacional fue que México no pagaría su construcción. Trump ha reiterado que México lo pagará. Pero más allá de los más de tres mil kilómetros bardeados con el material que se elija, o a quién corresponda pagarlo, priva en el fondo la visión de supremacía, la intención de  Trump, al considerar a México una molestia.

     También vale preguntarse si ese muro atajará, además de personas, bienes, servicios y capitales que fluyen entre los dos países, los suministros de estupefacientes que ingresan a Estados Unidos. Pues una vez que se internan los cargamentos al otro lado de la frontera, se esfuman de la noticia, desaparecen como por artilugio. Como si una deidad dispusiera que la droga ingresada llegue con toda tranquilidad a los consumidores. ¿Cuándo se ha visto, cuándo los medios en Estados Unidos han reportado capturas de los capos de la demanda, de las contrapartes, con la difusión que ocupa cuando ocurre en México?

     Los estadounidenses asumen la adicción a las drogas como un vicio, como un pecado o debilidad, una falla individual de cada persona. Jamás como un problema de salud pública, como lo es ya la diabetes en México.

     El muro de Trump, la sola intención de levantarlo, ha roto toda medida civilizatoria y ha reinstaurado oficialmente la discriminación y el racismo. Cómo se le edifique no importa demasiado; lo que cuenta y no se puede ocultar, ya lo sabemos todos, es cómo nos perciben él, su gabinete y sus electores. Pero más preocupante aún, es el silencio del gobierno mexicano. Quien calla, otorga.

*Diplomático y escritor

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