Jesús Murillo Karam, reivindicando la política
Ha demostrado ser lo que los ingleses llaman un troubleshooter: un solucionador de problemas. Le gusta agarrar al toro por los cuernos.
Por Gerardo Laveaga
Cuando conducía el programa de televisión Derechos en pugna, invité al entonces senador Jesús Murillo Karam para hablar sobre un tema que me ha inquietado invariablemente: el federalismo. ¿Qué le toca a la federación, qué a las entidades federativas y qué a los municipios? Nuestras leyes en la materia son confusas y hasta contradictorias. Quería que un legislador me diera sus razones para defender este modelo que, en mi opinión, tantos problemas ha generado al país…
Pero con Murillo me equivoqué. Éste no sólo compartió mis puntos de vista sino que reforzó mis posiciones. Con el tono didáctico, propio de un antiguo profesor universitario, proporcionó ejemplos en materia de salud, educación, vivienda y política fiscal. Recordando sus experiencias como gobernador de Hidalgo, puso un ejemplo contundente: “El problema no es entregar fondos federales a un estado para construir hospitales, sino sostener estos hospitales: pagar los sueldos de médicos y enfermeras, mantener los costosísimos equipos, adquirir los medicamentos… Por eso hay tanto elefante blanco”.
Habló, también, de la falta de controles y cómo la confianza que se ha tenido en los municipios ha sido defraudada una y otra vez: “Si no hay controles”, precisó, “el presupuesto no se utiliza para aquello que fue destinado”. Concluyó con una advertencia devastadora: “La gran reforma que reclama México es delinear nuestro federalismo”.
El tiempo me dio ocasión de tratarlo y conocerlo mejor. Disfruté las conversaciones que sostuve con él sobre historia y ciencia política
—recuerdo en especial una que entablamos sobre Burke—, disentimos sobre Hobbes y me refirió su proyecto sobre el libro que estaba preparando sobre la historia de algunos grupos libaneses. Pese a su vocación intelectual, advertí que Murillo era, ante todo, un político.
Adjudicar una etiqueta semejante en estos tiempos implica riesgos. La corrupción, incompetencia y frivolidad que han mostrado muchos de nuestros políticos ha provocado que la actividad no atraviese por sus mejores momentos. Si añadimos el calificativo profesional, la declaración ameritaría explicaciones. Pero esto es lo que es Jesús Murillo Karam: un político profesional.
Echo mano del calificativo con responsabilidad. Con la misma que emplearía al referirme a un músico o a un deportista que, en términos del Diccionario de la Real Academia Española, “practica habitualmente una actividad… de la cual vive”. El diccionario, sin embargo, incluye otra acepción: “persona que ejerce su profesión con relevante capacidad y aplicación”. Murillo encaja en ambas.
A diferencia de otros de sus colegas, que se han convertido en políticos por los cargos que han ocupado circunstancialmente, desde que fue secretario de Ayuntamiento, Murillo ha desempeñado cada uno de ellos como parte de su vida. Y los ha ejercido con una pasión semejante a la de un surfista que se juega su reputación y su vida en cada una de las olas sobre las que cabalga. Del surfista que adivina la dirección del viento e intuye el segundo en que debe alzar un brazo, doblar una rodilla o erguir la espalda…
Ha sido delegado del Partido Revolucionario Institucional en cuatro entidades federativas, secretario general del mismo en tres ocasiones; diputado federal en tres legislaturas y senador de la República en dos. Ha sido, asimismo, oficial mayor de la Secretaría de la Reforma Agraria, titular de dos subsecretarías en la Secretaría de Gobernación, gobernador de Hidalgo y, a partir de 2012, procurador general de la República. La mayoría de los analistas y medios de comunicación coinciden en que es uno de los políticos más completos de México —un peso pesado— y, hoy día, uno de los consejeros a quien el Presidente de la República escucha con más atención.
Sus críticos denuncian, enardecidos, su filiación partidista. Esto le resta neutralidad, señalan. Quizás. Pero, ¿puede un político ser neutral? De un político profesional no se espera que sea neutral, pero sí que mire a su partido como un instrumento: sólo como un medio para realizar los ideales en los que ha soñado y no como un fin. Así lo ha hecho Murillo desde que se inició en la lid. Los caminos para alcanzar ciertas metas suelen diferir y es la actividad política —negociar, conciliar, acordar…— la que permite lograr resultados por la vía pacífica.
El ejercicio de su profesión no ha sido para él un juego donde el ganador se lo lleva todo sino —por romántico que pueda antojarse— una oportunidad para contribuir a la construcción de las instituciones de México. Bastaría revisar las innumerables entrevistas que le han hecho para confirmar el tropel de ideas que expresa al respecto, su sentido crítico, su afán modernizador.
No creo que haya habido una sola vez en que el lector o el oyente de estas entrevistas haya quedado con la sensación de palabrerías o vaciedad. En su última gestión como senador, fue quien más se empeñó en reformar la ley de amparo, apuntalar los mecanismos de transparencia e impulsar las acciones colectivas.
Por añadidura, su formación como abogado le ha permitido jugar siguiendo las reglas de manera escrupulosa. “Antes de conocerlo, creí que era sólo un político”, me confesó el ministro José Ramón Cossío, “pero es, también, un abogado”. Su fair play refrenda el compromiso con el que Murillo entiende su profesión.
En los últimos años, ha demostrado ser lo que los ingleses llaman un troubleshooter: un solucionador de problemas. Ninguno parece arredrarlo. Le gusta agarrar al toro por los cuernos y ha exhibido pericia para hacerlo. Esto, suele generar agrios debates a su alrededor. Quienes seguimos los debates en la Cámara de Diputados, no podremos olvidar la ocasión en que algunos legisladores se apoderaron de la tribuna en San Lázaro para evitar que se aprobara la Reforma Laboral de 2012. En su carácter de presidente de la Mesa Directiva, Murillo se sacó un as de la manga y reinició la sesión en uno de los balcones laterales del edificio. Así de fácil.
Es un hombre generoso —rinde culto a la familia y a la amistad— y sensible: en sus escasos ratos libres, practica diversas técnicas de la pintura. Pese a esto, su imagen pública es la de un político frío, distante. “Es un tipo hosco”, rumorean quienes no le han tratado. Su sentido de la ironía y sus punzantes declaraciones, que en el parlamento inglés serían aplaudidas, en México suelen provocar escozor.
Cuando el entonces presidente del PAN, César Nava, denunció que la gobernadora priista de Yucatán preparaba una elección para recuperar la alcaldía de Mérida, Murillo —a la sazón secretario del PRI— aseveró, con una sonrisa burlona: “Me encanta César Nava. Cada ocurrencia que tiene… Ojalá se quede mucho tiempo en el PAN”. No había que decir más.
Al tomar posesión como procurador, declaró lisa y llanamente que no tenía pruebas contra un puñado de generales que habían sido privados de su libertad por intrigas de un testigo colaborador. El juez no tuvo más remedio que ordenar su liberación. Su rechazo a los circunloquios y a la retórica confunde a algunos; a otros los enfada.
Pero incluso sus detractores saben que esto lo convierte en un interlocutor confiable. Saben a qué atenerse con él. Llama al pan, pan y al vino, vino. Y lo hace de manera imperturbable. Su franqueza le ha rendido buenos frutos, aunque —admitámoslo— también ha llegado a provocarle más de un dolor de cabeza. Pensemos en Ayotzinapa.
Un aspecto esencial para descifrar a Murillo Karam es su pragmatismo. “Donde estés, haz lo que puedas con lo que tengas”, aconsejaba Theodore Roosevelt. Murillo sigue este consejo al pie de la letra: se concentra en impulsar medidas que pueden mejorar su entorno, sea éste el que fuere y las saca adelante. No se hace ilusiones sobre la naturaleza humana ni sobre proyectos inviables. Cuando fue designado delegado especial del CEN del PRI para el Distrito Federal y renunció en menos de una semana, lo hizo porque no vio ninguna factibilidad para cumplir su
misión.
Este afán por lograr resultados concretos explica que su gestión gerencial se haya orientado por lo que los teóricos llaman “administración por objetivos”. Más que las rígidas estructuras burocráticas, a él le gusta la flexibilidad, la posibilidad de encargar misiones específicas a sus tres, cuatro o cinco personas de confianza, independientemente de los cargos o títulos oficiales que ostenten.
Este método le ha funcionado desde que fue gobernador de Hidalgo, donde rediseñó la organización política de esa entidad federativa. Entre otras de las medidas que adoptó, integró todos los tribunales al Poder Judicial —ni el Electoral ni el de Justicia Fiscal y Administrativa eran parte de éste— y promovió diversas estrategias de consulta popular para dar fuerza a las medidas que adoptaba el gobierno. La designación del procurador del estado, entre otras.
Privilegió la educación superior y convirtió a su estado en el que más universidades técnicas posee a la fecha. Entre los institutos que echó a andar, uno de los que más le enorgullece es el Centro de Investigación en Ciencias y Desarrollo de la Educación (CINCIDE). Al final de su mandato, dejó unas finanzas impecables.
Ahora, como titular del Ministerio Público federal, ha planteado esquemas de colaboración entre Federación, estados y municipios, ha impulsado el Código Nacional de Procedimientos Penales y, también, la Fiscalía General de la Nación. Esto, sin descuidar un proyecto que es, quizás, el que más le entusiasma: el Instituto de Formación Profesional.
Con el mismo celo con que los misioneros católicos de la conquista edificaron iglesias y catedrales sobre las ruinas precolombinas, Murillo ha establecido este instituto en un antiguo rancho de Querétaro, el cual fue incautado al crimen organizado. ¿Fue un sarcasmo? ¿Fue un gesto simbólico? Conociendo al procurador, pudieron ser ambos.
De lo que no me cabe duda es de que, se esté de acuerdo o no con sus posturas, Murillo es uno de los políticos más competentes de la actual administración. En el ámbito jurídico, se le aplaude el respeto que tiene por la ley; en el político, su olfato, su estupenda información —sabe lo que pasa en cada ámbito del país— y su capacidad de operación.
“Es una persona con la que nunca, en ninguna circunstancia, me podría enemistar”, me comentó hace poco un empresario. “Es uno de esos hombres que dignifican la política”, me confió uno de sus antagonistas de la izquierda. Creo que esta última percepción es la que mejor retrata a Jesús Murillo Karam.
