A propósito de la escala del Corredor Chapultepec

Los procesos de transformación de ciudadesexigen el ejercicio participativo ordenado.

Por Olga González Martínez*

El debate sobre la construcción del Corredor Cultural Chapultepec (CCC) ha generado nuevas discusiones sobre el destino y la forma en que las autoridades transforman y concesionan el aprovechamiento de los espacios urbanos en la Ciudad de México, espacios públicos que son un orden simultáneo de la vida compartida. Quienes están a favor manifiestan un discurso que justifica la necesidad de armonizar las dinámicas del mercado mediante la creación de un pasaje comercial dentro de un parque elevado, en una zona de alto potencial para la expansión inmobiliaria. Dicho sea de paso, en estos proyectos la ciudadanía debe ejercer una auditoría social, su derecho. Quienes se oponen cuestionan el modelo de financiamiento y advierten sobre las consecuencias sociales y urbanas del proyecto arquitectónico en una de las avenidas más importantes de la zona centro del Distrito Federal, motivos por los cuales reclaman una consulta ciudadana.

Recientemente, el Consejo Ciudadano Delegacional en Cuauhtémoc —conformado por representantes de todas las colonias de la demarcación en donde pretende ejecutarse el proyecto— solicitó al Instituto Electoral del Distrito Federal (IEDF) que organizara dicha consulta. Sin embargo, vecinos de algunas colonias aledañas al sitio, quienes formalmente se encuentran representados en el órgano ciudadano mencionado, realizaron la misma petición a la autoridad electoral y mostraron la fragmentación del órgano de representación ciudadana. El problema de fondo subyace en la inteligencia errónea de las escalas y la malentendida concepción del espacio público, aquél que se presenta como de todos y de nadie a la vez.

La avenida Chapultepec, en cuyo tramo comprendido entre la Glorieta Insurgentes y la calle de Lieja se prevé la construcción del CCC, es una vialidad primaria paralela al Paseo de la Reforma que interconecta uno de los distritos económicos, turísticos y comerciales más importantes de la Ciudad de México —al concentrar a las colonias Condesa, Roma y Juárez—, con el Centro Histórico y el aeropuerto internacional al oriente. Desde la época prehispánica, esta vía fue de gran relevancia en la organización de la vida urbana en la zona central del Valle de México debido a que albergó, hasta la época posterior a la Independencia, el acueducto del cual aún quedan vestigios, que transportaba agua dulce desde los manantiales del bosque de Chapultepec hasta el centro mismo de la Ciudad de México.

Estos elementos confieren a la avenida Chapultepec, en términos urbanos, un valor metropolitano que excede la escala local e, incluso, delegacional, y que conforman, desde la perspectiva histórica, un patrimonio de gran importancia para todos los habitantes de la capital, de tal manera que la escala de la consulta ciudadana debe ser proporcional a la del impacto del proyecto.

Es innegable que los procesos de transformación de ciudades en la actualidad exigen con mayor frecuencia el ejercicio participativo ordenado entre habitantes y gobierno. El replanteamiento de los discursos referentes a la construcción del espacio público debe orientarse al fortalecimiento de una cultura cívica compartida que clarifique que sus dueños no son los gobernantes, un grupo de empresarios o un conjunto de vecinos, sino todos aquellos quienes lo vivimos y lo padecemos. Sin duda, los esquemas mixtos de financiamiento y cooperación entre el capital público y privado son necesarios para hacer realidad proyectos de mejor calidad a una mayor escala y eficiencia. Debemos aprender de ejemplos como Millenium Park, en Chicago, o High Line, en Nueva York. Ambos, concebidos como proyectos para atraer actividad económica y cultural, en los cuales se intervino el espacio público con importantes participaciones de capital privado, sin necesidad de convertirlos en centros comerciales. Es menester político transformar los espacios cosmopolitas del arte y la cultura. El siglo pasado nos heredó una relación entre arte, arquitectura y manifestaciones estéticas reveladas en el espacio público. Dejamos atrás la idea conmemorativa por los espacios creativos a cielo abierto. Los finos impulsos salvaron el secuestro institucional de los museos.

En el espacio público se debe apreciar, además de la diversidad, un enclave esencial: la calidad del espacio público. Es preciso que nuestro espacio público se exprese, se defina, se especifique, se muestre, se simplifique para atender el deseo colectivo. El arte público, la cultura popular, el área de todos, tematiza las ciudades desde la creatividad estética, desde las gafas de la función social del arte que es la crítica. Se trata de impulsar una nueva cultura urbana.

Es necesario informar a la ciudadanía por todas las vías posibles de aquellas decisiones susceptibles a afectarla en la esfera pública, sólo de esa manera y promoviendo la participación efectiva, será como  la legitimidad de las acciones de gobierno trascenderá su escala actual.

                                                        *Consejera electoral del IEDF

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