Libertad bajo control
Tener el control parece ser uno de los deportes favoritos en las sociedades contemporáneas, un control silencioso y disfrazado de comodidad. En aras del confort —ese que tanto nos merecemos— permitimos que “los demás” tomen decisiones por nosotros. Sólo que esos “demás” no son tantos como nos gustaría imaginar. El gusto de las mayorías es una disposición de las minorías, las cuales se fortalecen de nuestra flojera por tomar decisiones.
Paradójicamente, la economía del capitalismo tardío nos asegura que siempre estamos tomando decisiones y que estas decisiones mueven nuestra economía. Decisiones que nos hacen libres, porque somos afortunados de elegir libremente. Claro, somos libres de escoger qué banco nos cobra menos; en qué horario podemos ver la misma película que se proyecta en tres cuartas partes de las salas de la mayoría de los complejos de cine de nuestros poblados. Podemos “armar” nuestro café, escoger si queremos pasear en una de los miles de plazas comerciales idénticas que brotan como chipotes por todo el país, “democratizando” nuestro consumo. ¡Ah!, porque ahora ricos y pobres tenemos la posibilidad de comprar los mismos productos a precios elevados. Consumir nos hace iguales; total, ya todos, sin importar nuestros presupuestos, podemos comprar yogurts orgánicos, zapatos, teléfonos inteligentes y cualquier producto fuera de nuestro poder adquisitivo, pero cercano a nuestro nivel aspiracional. Ya no se trata de soñar con ser totalmente Palacio, todos podemos endeudarnos y pagar la raya a nuestros almacenes y marcas favoritas, para eso trabajamos, que no: para sentir esa libertad placentera que nos produce comprar todo lo que no necesitamos, pero que libremente elegimos. Porque la gente como uno gasta sin “control”, sin “restricciones”, no obedece las reglas del sentido común y supera los límites de crédito, para eso el neoliberalismo nos ha abierto los mercados y otorgado la libertad de comprar lo que “deseemos” 24 horas por siete días. Un comprador libre no tiene vacaciones… Y, por fortuna, ya tampoco necesita salir de casa para consumir y vivir esa libertad que suma deudas en los estados de cuenta o que al fin de las quincenas se ve limitada por la falta de capital, pero ese detalle es resuelto rápidamente por los pagos a plazos “sin intereses”. Tenemos la libertad de pedir prestado, para que ya nadie nos quite lo bailado ni lo gastado.
Somos libres de permitir que las deudas nos controlen, que los pagos mínimos nos persigan, que nos llamen a primera hora los domingos para ofrecernos o una tarjeta más con un “amplio” crédito preautorizado o para decirnos todas las razones por las cuales debemos cambiar de proveedor. Nos tocan a la puerta, en porcentajes iguales, los que nos invitan a escuchar la palabra de Dios como los que nos ponen el paraíso del consumo a los pies. En la radio los locutores comentan todos los beneficios que ellos han descubierto al usar las marcas que patrocinan sus programas, desde remedios encapsulados hasta clases de inglés, de lectura rápida o champús que nos prometen cabelleras indomables. Todos somos libres de cambiar de estación para buscar otras recomendaciones de otras voces que han experimentado las ventajas de productos similares o de aguas milagrosas o de pastillas o de servicios para que ya no nos preocupemos y disfrutemos las ventajas del consumir sin el menor esfuerzo. ¿Para qué buscar opciones si tenemos la libertad de obedecer y contentarnos con lo que la homogenización nos ofrece?
Tenemos el control de nuestras vidas, gracias a que otros nos controlan y nos dictan qué vestir, qué comer, qué creer. Todo está bajo control y nos sentimos satisfechos de tener la posibilidad y la libertad de saber y decir qué estamos haciendo a cada momento. Tenemos el control al exhibir nuestras preocupaciones y deseo en las redes, tenemos el control de nuestra vida al usar descontroladamente un crédito que nos otorgan los bancos y las tiendas para que escojamos entre su selección de productos lo que queramos. A veces nos dan una ayudadita diciéndonos qué nos conviene adquirir porque otros ya lo tienen y avalan nuestra elección. Nos ayudan diciéndonos que nos reducen las posibilidades para que no nos preocupemos. Nos hacen la vida más sencilla al reproducir lo mismo en todos los lugares, para que no nos agobie eso de tomar decisiones. Para qué escoger si somos libres de delegar nuestras decisiones para que todo esté bajo control, pero de otros.
