Remiendos

“En México, para construir algo bien hay que hacerlo no dos veces, sino tres”, me dijo alguna vez un connotado arquitecto. No le creí. Ilusa. Un año después, durante la remodelación de un departamento en la entonces desgentrificada colonia Roma ¡ah, cómo la ...

“En México, para construir algo bien hay que hacerlo no dos veces, sino tres”, me dijo alguna vez un connotado arquitecto. No le creí. Ilusa. Un año después, durante la remodelación de un departamento en la entonces des-gentrificada colonia Roma (¡ah, cómo la extraño!), supe que no exageraba. No sólo el trabajo se hizo tres veces, sino que en las dos primeras los trabajadores, al no saber qué hacer, desaparecían. No me robaron nada, simplemente se esfumaron donándome algunas herramientas. Desde entonces he contado las veces que se repiten las cosas no planeadas y, por lo general, son tres. La primera: el intento. La segunda: no era tan difícil. La tercera: pues es la vencida. Como dice un amigo editor dedicado a apagar los fuegos de los “bomberazos”: nunca hay tiempo para planear, pero —¡oh, sorpresa!— siempre hay tiempo para repetir.

Quizá habría que hacer un ajuste al dicho: lo no planeado sale caro. Y muy caro, no sólo en “cash”, sino en tiempo, recursos humanos, estrés, insumos…, sobre todo, afecta la calidad del producto final (sea lo que sea) y al equipo involucrado lo desgasta innecesariamente. Quizá muchas personas opinen que dicho desgaste es un efecto colateral, que lo importante es que el producto o el objetivo se cumplan. Pero no es suficiente. No lo es porque la mala planeación produce un efecto dominó en el que se actúa más por reacción que por una acción planificada. Además, evidencia la falta de estrategia, el poco respeto por el otro y la nula planeación, subrayando que la carencia principal es que se ignora el objetivo. El reto se evapora creando la ilusión de que se “construye” algo que nunca, por razones obvias, logra concluirse. ¿Resultado? Políticas, acciones, inmuebles, productos, prendas que son más bien remiendos que afectan a la colectividad. Para pruebas basta salir a la calle: cada quien hace lo que quiere, como puede, de acuerdo con una inercia de ir parchando, perdón “resolviendo”, más que de construir y avanzar.

Estas prácticas sólo aceptan “el corto plazo”, porque en corto se puede repetir y repetir hasta el cansancio y nunca llegar a la siguiente etapa; porque en el proceso de rehacer se pierde de vista el objetivo original. Así, el reto olvida su misión y su fin, para únicamente tratar de salvar lo insalvable.

Cómo planear reformas, calles, parques, leyes, menús, talleres, producciones, festivales, programas culturales, economías, sistemas de transporte o de consulta de libros, si nadie tuvo, ya no se diga la precaución sino la inteligencia de sentarse a reflexionar, de tomar distancia, de analizar lo que se busca hacer. Cómo concebir o crear o diseñar aferrándonos sólo al “sentido común” tan presumido por muchos, sin recurrir al método científico para desarrollar un proyecto. Qué hacer en una sociedad que se jacta de su espontaneidad como una cualidad para tratar de ocultar la irresponsabilidad y, sobre todo, la flojera de hacer las cosas bien desde el principio, siempre correteados por la urgencia. Ah, porque en el mundo de la cero-planeación todo es urgente, y detenerse a pensar es perder el tiempo. Planean los que carecen de sentido común. Diseñan estrategias los ñoños que para todo requieren de un método, porque “a la mexicana” siempre salen las cosas. Siempre de último momento alguien tiene una solución, una ocurrencia que nos salva del precipicio. Y este triunfo de chiripa lo festejamos como si hubiéramos concluido un maratón, después de meses de entrenamiento. No entrenamos, no nos disciplinamos, pero ante la premura de resolver el “bomberazo” nos agotamos como si hubiéramos corrido 10 maratones. Este cansancio nos ciega, ya no podemos ver que todo lo que nos rodea está a la mitad.

Aceptamos una vida parchada porque creemos que en algún momento habrá el tiempo para terminar, planear bien, las “buenas intenciones” se quedarán en eso, en intenciones, en la disculpa de “ai’ pa’ la otra”. Mientras tanto, deambulamos en calles a medio acabar, con banquetas que se arreglarán pronto, con pequeñas fugas que mañana se eliminarán, con leyes que se están revisando, pero que para no dejarlo pues hay que rellenar con la improvisación. Y así nos correteamos remendando lo que somos incapaces, ya no de planear sino antes que nada de definir.

Cómo planear algo, cuando se desconoce ya no el objetivo sino el objeto a planear. Ah, pero no importa, como dice el anuncio de una conocida cerveza, no te rajes y saca al mexicano que llevas dentro: improvisa. ¡Qué más da!

*Escritora y editora

                mirmabel@yahoo.com

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