El Mencho, cambiemos las circunstancias

Supo capitalizar las asimetrías institucionales

Miguel González Cánudas

Miguel González Cánudas

Entre agendas públicas

José Ortega y Gasset consignó en sus Meditaciones del Quijote una premisa que resulta fundamental para dimensionar la captura y el deceso de Nemesio Oseguera Cervantes alias El Mencho: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Para el filósofo español, el ser humano no es un ente aislado, sino una voluntad operando en un entorno que lo condiciona, pero que, en última instancia, tiene el deber de transformar.

En la arquitectura de la seguridad pública, el arresto del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) no debe interpretarse como un evento meramente militar o policiaco con un objetivo determinado que se cumplió, sino como una intervención relevante, estratégica, que recae sobre una “circunstancia” de gobernanza criminal que el Estado mexicano y el mundo están comprometidos a transformar, por no decir erradicar.

El Mencho fue un delincuente estratégico, coyuntural, visionario en su entorno delincuencial, que supo capitalizar las asimetrías institucionales marcadas por la corrupción y las malas decisiones de política pública, que aprovechó las necesidades sociales y económicas de una población con hambre de oportunidades para hacerse de sus voluntades y, sobre todo ello, para edificar el holding criminal más importante del presente siglo.

El CJNG tiene presencia en más de 50 países, moviliza anualmente entre 8 mil y 20 mil millones de dólares y genera distorsiones en el Producto Interno Bruto (PIB) mexicano de 1.7% según la organización estadunidense Global Financial Integrity. Sus actividades no sólo se relacionan con las drogas, sino son depredadores de los mercados económicos nacionales relacionados con la minería, la agroindustria, la informática, las comunicaciones, las finanzas, el comercio y la energía, entre muchas otras.  

Cambiar estas circunstancias, exige transitar hacia la neutralización de los objetivos individuales y colectivos trazados por el capo y su organización. De no hacerlo en el corto plazo, los intereses que nutren y alimentan al crimen facilitarán su mutación y regresarán más fortalecidos y con ánimos de seguir expandiéndose, sin importar el costo y riesgo que les representa. Recordemos, es una empresa delincuencial, dispuesta a todo, su motivación es el dinero y el poder.

La caída de El Mencho es una oportunidad histórica para transitar de una política tradicional de captura de individuos a una política de destrucción del holding criminal y los mercados ilícitos en los que se mueve.

La salvación de la nación mexicana, y de los países que también tienen afectaciones graves, no reside en la foto de un capo detenido, sino en la reconstrucción de su ecosistema económico social y político, donde el Estado recupere el monopolio de su fuerza y la integridad que exige la legitimidad de sus acciones.

  • Como advirtió el filósofo Ortega y Gasset, no hay salvación para el individuo sin la salvación de su entorno. Bajo esta premisa, la caída de El Mencho no es el fin del camino, sino la oportunidad para que el Estado mexicano demuestre que la voluntad de las instituciones es superior a la ambición del crimen organizado. Sólo transformando las circunstancias que permitieron su ascenso, México asegurará un futuro donde la ley no sea negociable ante el poder criminal. La tarea por delante es mucha, en la estrategia de seguridad del Gobierno federal ya existen trazos, no aflojemos el paso.

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