Como la vida misma
• Yo sostengo que la vejez sólo empieza cuando se pierde la curiosidad y cuando te sorprendes hablando más veces y más tiempo del pasado que del futuro.
A LA VEJEZ, VIRUELAS
Decía Enrique Jardiel Poncela que la juventud es un defecto que se corrige con el tiempo. Éste y otros mil dichos y refranes hablan de la vejez, cada frase es más o menos afortunada según se acerque al tema o a la intención que buscamos o que enfrentamos.
Por lo pronto, yo sostengo que la vejez sólo empieza cuando se pierde la curiosidad y cuando te sorprendes hablando más veces y más tiempo del pasado que del futuro; cuando empiezas a ser dependiente y, muy especialmente, si te ves obligado a recurrir a la familia pidiendo ayuda, suplicando un brazo para asirte.
De ahí que éste que les escribe se sienta un chavalillo. Sigo siendo el dueño de mis decisiones, manejo a mi antojo mis aventuras, sufro con estoicismo las pocas desventuras que aún me acontecen, pero, a cambio, todo se me va en sueños para mañana, en planes de futuro y en ilusiones por cumplir.
Las circunstancias de cada cual son determinantes, a mí, me viene de perlas la inyección de sangre joven que me inocula la Unagi, de ahí las ideas y los actos que le imprimo a mi vida hoy y que son todos beneficiosos; a saber: dejar de fumar, aumentar el ejercicio, beber mucho menos, dormir más y mejor, trabajar con medida, mimar a los míos y dejarme mi mar. Este intercambio de mimos al que hago referencia es un planteamiento de vida, es una filosofía en sí misma, una manera de ver las cosas que equivale a sembrar con ambiciones de cosechar más adelante.
Aún recuerdo cuando vivían mis padres y que yo estaba convencido de que el amor que les profesaba era mayor que el que ellos podían sentir por mí, uno más de los muchos cálculos inútiles e incomprobables que siempre me he planteado en mi afán de polemizar con todo, ahora, creo que eso no es muy posible y que quiero más a mis hijos de lo que en su día pude querer a mis papás.
Para cuando me llegue la hora del retiro, cuando decida no trabajar más y dedicarme a la vida contemplativa, ya por gusto, placer o, porque las circunstancias me lleven a no resultar útil para nadie, me encantaría no depender de ninguno de mis hijos. Aun manteniendo con ellos la mejor de las relaciones y dentro de un lazo de amor y comprensión total, ser una carga me pesaría mucho más a mí que a ellos, por otra parte, mi Unagi divina tampoco debe estar comprando boletos en la rifa del tigre y me encantará que me acompañe por amor, incluso por devoción, pero sólo hasta donde no se le vuelva insoportable tolerarme.
En todo esto no sólo hablo de dinero, que también, la carga económica es pesada aun cuando cualquiera como padre se haya hecho cargo de la manutención, educación y vida hasta la adultez de cada hijo, no es raro ver cómo los hijos no suelen ser tan generosos con los padres cuando se tercia al revés. Hablo también de las cargas emocionales, de la compañía, del estar presente y formar parte de la vida, en compartir las buenas y las malas, que te lleven al doctor o que te acompañen al parque una tarde de invierno.
Por eso, cada día me convenzo más de vivir el hoy, aprovechar el día y sacarle todo el jugo mientras el cuerpo aguante, mientras el cerebro no me traicione y pueda discernir entre lo dulce y lo salado, comerme la vida a puños con la esperanza de entregar el equipo cuando me toque, lo suficientemente viejo y jodido por el uso, si se me apura, hasta por un poquito de abuso. Quiero morirme arrugadito, cansado de días felices y de buenos momentos, de preferencia cuerdo y acompañado de mi nena, para irme en paz reflejando mi despedida en la candidez de sus ojos; con mis hijos y mis nietos cerca y, dejando a los que me sobrevivan la tranquilidad de saber que fui feliz, entero y divertido hasta el último momento y, con la certeza de que si acaso heredan algo material, es porque me equivoqué en los cálculos.
