Como la vida misma / 16 de abril de 2025

MI AMIGO MARIO Lo conocí hace muchos años, él era dos décadas y media mayor que yo y eso fue lo primero que marcó la distancia de maestro que siempre le guardé. Yo apenas entendía que las palabras también podían doler. No sé si fue en Lima o en el colegio Leoncio ...

MI AMIGO MARIO

Lo conocí hace muchos años, él era dos décadas y media mayor que yo y eso fue lo primero que marcó la distancia de maestro que siempre le guardé. Yo apenas entendía que las palabras también podían doler. No sé si fue en Lima o en el colegio Leoncio Prado, pero supe desde entonces que ese mundo de cadetes salvajes, de jerarquías infames y de lealtades forjadas a puñetazos, no se me iba a olvidar nunca. Él hablaba sin filtros, como si le ardiera la lengua con cada palabra. Me lanzó a la cara la vida militar con una crudeza que me sacudió. Yo, que venía de una adolescencia entre curas y sin héroes, lo descubrí a él.

Después lo volví a encontrar en una cafetería húmeda, llena de humo y sospechas. Él me dijo: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. Y yo le respondí con un café negro y una risa triste. Aquel día pasamos horas conversando. Me habló de Santiago, del poder, de los militares, del miedo. Y de cómo todo eso podía volverse literatura si uno sabía mirar con ojos limpios y escribir con rabia lúcida. Nunca me interrumpió, aunque yo no decía gran cosa.

Me escuchó como si mis silencios también fueran parte de la historia. Era un hombre apasionado. A veces discutíamos. Siempre me pareció excesivo, testarudo, incluso contradictorio. Pero siempre volvía. Siempre volvía a él. Porque incluso cuando lo sentía lejano, había en su voz —esa voz que cruzaba océanos— una fuerza que me devolvía la curiosidad. Con él aprendí que escribir también es pelear. Que contar es desobedecer.

Me contó de dictadores con nombre y apodo. Me presentó al Chivo, me invitó a República Dominicana, y me hizo testigo de la podredumbre del poder. Me dolió. Me ardió. Y aun así, me abracé a él. En esa historia, la violencia era un zumbido constante. Y él, siempre él, contándomelo todo sin mucha estridencia.

Pero no siempre fue grave ni trágico. A veces se ponía ligero, travieso, casi bufón. En una de nuestras conversaciones más divertidas me desveló a un escribidor de radionovelas enamorado de su tía. Nos reímos como niños. Me dijo que la vida y la ficción se mezclan tanto que a veces uno ya no sabe qué parte vivió y cuál se inventó. Me ayudó a escribir algunos de mis artículos y fue guía en mi novela más ambiciosa.

Me llevó también al sertón brasileño, me platicó una guerra de locos y de santos, me mostró que con la Historia también se puede hacer un cuento si uno tiene coraje. Me enseñó que los libros no son adornos: son trincheras.

Fue fiel a sus ideas, aunque yo no siempre las compartiera. Se metió en política, se peleó con los suyos, dijo cosas que me incomodaron. Pero nunca dejó de escribir. Nunca dejó de pensar ni de buscar. Su discurso del Nobel todavía me conmueve. Ese día no era el polemista ni el candidato, era el hijo, el lector, el hombre agradecido con la literatura. Y ahí, otra vez, volvimos a conversar. Nos hemos peleado y reconciliado en muchas ocasiones. A veces lo dejo un tiempo, lo critico, me enfado con él. Pero luego lo vuelvo a ver en Gandhi o en El Sótano, me lo encuentro en la tele, y sé que va a decirme algo que necesito oír. Así es él.

He pasado mucho tiempo con Mario, más que con muchos de mis amigos. Lo he leído en silencio, lo he subrayado, lo he citado. Me ha acompañado en aeropuertos, en hospitales, en salas de espera y en domingos lentos. Me ha hecho preguntas que no me había atrevido a formular. Me ha enseñado a mirar. Y, sin embargo, nunca le he dado la mano. Nunca he cruzado una palabra con él fuera del papel. Nunca he estado con él en la misma habitación. No he escuchado su voz más que en entrevistas. Lo que sé de él lo sé por lo que ha escrito. Y eso basta.

Porque hay amistades que no se forjan con abrazos ni brindis, sino con páginas. Con tinta. Con memoria. Nunca conocí a Vargas Llosa. Pero ha sido uno de mis mejores amigos. Descansa en paz, Maestro, a tu salud y en homenaje a tu memoria me volveré a leer las setecientas y pico páginas de Conversación en La Catedral. Qué maravilla de libro, qué gozada tan grande. Ha muerto uno de los grandes escritores de la historia, bendigo la suerte de que no se llevan sus textos. Bonito miércoles.

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