La lucha por las ciudades
¿Qué tensiones políticas, económicas y sociales llevan a una de las ciudades más innovadoras del mundo al descarrilamiento de una inversión privada del orden de los dos mil 500 millones de dólares, la cual prometía la generación de 25 mil empleos, cifras de miles de millones en captación de impuestos y todo un potencial de desarrollo urbano en una de sus zonas más dinámicas?
Sin duda, el conflicto entre la empresa Amazon y la ciudad de Nueva York expone con claridad las distintas líneas de conflicto que surgen cuando una empresa con ese nivel de poder requiere de cierto nivel de apoyo por parte de autoridades y ciudadanos para sacar adelante sus planes de negocio o infraestructura.
La primera línea trata de la reputación corporativa. Por lo regular, el poder económico suele no tener entre sus prioridades la debida responsabilidad social. Piensa que la matriz de empleos e impuestos tiene suficiente capacidad de persuasión, en el interés comercial de intervenir o transformar el espacio urbano donde sus inversiones desean tener lugar para cumplir fines expansivos. Sin embargo, en los hechos, esta ecuación no es tan directa. La población ahí asentada debe tener al menos la percepción de que el corporativo en cuestión mantiene principios mínimos de actuación que van en el mismo sentido que los comunitarios. ¿Cuántos proyectos no se han ido a la basura al ser concebidos más como una extracción de rentas a favor de un reducido grupo de directivos de empresa, que como un motor de bienestar para la población que les ofrece sede?
En un interesante artículo publicado este fin de semana en The New York Times por el alcalde de esa ciudad, Bill de Blasio, desde su perspectiva da constancia de ello. En el texto, el político demócrata deja entrever que la empresa nunca tuvo la intención de llevar una adecuada relación con la comunidad, al hacer oídos sordos a reunirse con las organizaciones sindicales, comprometerse a contratar recurso humano local, invertir en infraestructura para evitar alterar la cotidianidad de esa parte de la ciudad, así como mostrar sensibilidad hacia las causas justas y las oportunidades de la gente de Long Island City. En una dura exposición, De Blasio relata casos donde el poder económico logra doblegar la puesta en marcha de políticas públicas, cuando estas últimas son contrarias a las lógicas de corporativos poderosos. Con base en ello, entre otras conclusiones, afirma que Amazon terminó dándole la razón a sus críticos, quienes la veían más como una amenaza que como una ventana de crecimiento de su entorno citadino.
La segunda línea trata de los derechos de las personas. De acuerdo con datos abiertos, tan sólo en Long Island City se han habilitado más de ocho mil departamentos en los últimos tres años y se proyecta que en el próximo bienio se abrirán diez mil más. Esto no necesariamente significa mayor bienestar para los residentes originales, sino el desplazamiento forzado de los mismos por el arribo de perfiles sociales con mayores credenciales académicas, acceso laboral y capacidad de ingreso. Todo ello encarece el costo de vida de las familias. Recordemos que la ciudad de Nueva York es una de las urbes con las tasas más altas de aburguesamiento acelerado de todo Estados Unidos —también conocido como gentrification—.
Estudios públicos muestran que de veinte zonas postales de la Unión Americana con cambios sociodemográficos radicales en los últimos dieciséis años, siete se encuentran ubicados en la ciudad de Nueva York. Por ejemplo, en ese mismo periodo, una zona de Harlem incrementó el valor de la propiedad en 356% y los residentes de esa demarcación con título universitario creció en 168 por ciento. En nuestros días, rentar un departamento de tres habitaciones en la zona de Manhattan puede oscilar entre los seis mil y los veinte mil dólares mensuales (esto es, entre 117 y 392 mil pesos mexicanos por mes). Si los residentes de Harlem al inicio del siglo hubieran querido mantener sus hogares a esta fecha, su nivel de ingreso debía haberse incrementado en promedio un 32% para poder residir en el mismo código postal.
La sensación de inestabilidad familiar se agrava por políticas públicas exitosas en la atracción de inversión a las urbes, por una migración nacional e internacional altamente competitiva, por la especulación de los bienes inmuebles y por el cambio tecnológico que ha reducido drásticamente la demanda de mano de obra. De ahí, quizá, el despertar de la sensación de agravio de los habitantes de la ciudad de Nueva York, cuando, en lo personal, encuentran altas barreras para mejorar su calidad de vida, pero a un corporativo como Amazon la autoridad está dispuesta a concederle casi tres mil millones de dólares en exenciones fiscales y subsidios.
El conflicto aquí expuesto nos enseña que la lucha por las ciudades va más allá de una pelea entre la visión de futuro y el valor de su pasado, entre el impulso transformador versus el rescate de su tradición. Se trata también de los derechos de las personas y el sentido de la comunidad, sobre los intereses privados y cómo conseguir equilibrios para que los incentivos se encuentren alineados.
