El regreso de la represión
La movilización no fue sólo de jóvenes. La Generación Z abrió la puerta, pero detrás venía algo mucho más profundo, familias enteras, trabajadores, estudiantes, profesionistas, personas hartas de vivir entre violencia, impunidad y sin esperanzas de futuro, así como ...
La movilización no fue sólo de jóvenes. La Generación Z abrió la puerta, pero detrás venía algo mucho más profundo, familias enteras, trabajadores, estudiantes, profesionistas, personas hartas de vivir entre violencia, impunidad y sin esperanzas de futuro, así como un gobierno que actúa como si la exigencia ciudadana fuera un desafío personal. La marcha exhibió el desgaste político del régimen, pero también mostró algo más peligroso para Palacio Nacional: el despertar de un electorado que ya no tiene miedo.
El gobierno respondió con la lógica clásica del poder cuando se siente amenazado: minimizar, controlar, encapsular. La cifra oficial de 17 mil asistentes no coincide con las imágenes que todos pudimos ver el domingo pasado. Pero, más allá del número, está el mensaje; la autoridad sigue subestimando a una ciudadanía que dejó de creer en la narrativa del “todo está bien”; eso si, cuando Morena marcha, es el pueblo bueno, y cuando los ciudadanos marchan, es el pueblo malo.
Los gobiernos de Morena han sido incapaces de enfrentar el crimen con la firmeza que exige la realidad; ejemplos nos sobran, pero recordemos a López Obrador con la madre del criminal más buscado del mundo, las reuniones de presidentes municipales emanados de Morena con líderes de grupos criminales, los casos de corrupción, el huachicol, la elección al Poder Judicial —misma que no debió ser vinculante por el bajo nivel de votación—, el coordinador de los senadores marcado por medios de comunicación y decenas de denuncias señalándole como líder de un cártel o las declaraciones de El Mayo Zambada diciendo que en el lugar donde lo capturaron iba a tener una reunión con el gobernador Rocha Moya. Morena no se cansa de culpar al expresidente Calderón de todos los males del país, incluso de los juicios que se llevaron a cabo en Estados Unidos en contra de líderes criminales y de Genaro Garcia Luna; el único que salió vinculado por el crimen organizado fue Andrés Manuel López Obrador. Así podemos seguir; por todos estos casos es que la gente ya está cansada.
Sin embargo, cuando los que marchan son jóvenes exigiendo vivir, el Estado despliega toda la fuerza que no utiliza contra quienes sí tienen al país bajo fuego.
A pesar de todos los videos que hemos visto en redes sociales y medios de comunicación, donde se observa claramente a elementos policiacos golpeando, humillando y sometiendo sin razón a los participantes de la marcha, ahora pretenden fabricarles delitos tan absurdos y desproporcionados como intento de homicidio. La policía actuó con brutalidad y con una impunidad que sólo puede existir cuando el gobierno no sólo lo permite, sino que lo avala. La fiscal salió a victimizarse diciendo que hay policías heridos, pero no hay imágenes que detallen esos señalamientos. Este uso deliberado de la fuerza contra estudiantes no es un accidente, es una señal del autoritarismo creciente que este gobierno intenta disfrazar de orden y lo más grave es que ya habíamos visto esto en la historia moderna de nuestro país; es la misma arrogancia del poder que, incapaz de enfrentar a los verdaderos criminales, se ensaña con ciudadanos desarmados para mandar un mensaje de miedo e intimidación.
Ese contraste tiene consecuencias. La marcha no sólo cuestionó la estrategia de seguridad; cuestionó la legitimidad moral del poder.
El desgaste ya se siente en el tablero electoral. Por eso la discusión sobre adelantar la revocación de mandato, no es una muestra de convicción democrática, sino un movimiento táctico para meter a la Presidenta en la boleta y usar su figura como locomotora electoral y, de ser el caso contrario, los mismos de Morena quieren quitar a la Presidenta.
Pero esa jugada abre un riesgo enorme dentro del propio partido en el poder. En Morena existen facciones, lealtades, estructuras y ambiciones personales que no se alinean por decreto. Adelantar la revocación podría activar dinámicas internas impredecibles.
México está entrando en una etapa de redefinición. El país vive una violencia que no cesa y una crisis de seguridad que terminó por desbordarse, y un futuro oscuro para todos los jóvenes, ya que, económicamente, el país va a la baja. Cuando las instituciones se debilitan, cuando la narrativa no corresponde a la realidad y cuando el poder responde a las protestas con fuerza en lugar de soluciones, se genera una ruptura que no se corrige con propaganda, es el camino a la dictadura.
El país está cambiando, ya se dio cuenta el pueblo, no es tonto; la marcha de la Generación Z es algo que marcará a la Presidenta para siempre como —después de las décadas de los años 60 y 70— la primera Presidenta en volver a reprimir a los jóvenes.
