“Hay un hoyo en la regadera...”
El Chapo se pone los zapatos, camina hacia la regadera, entra al túnel y se escapa.
La canción, símbolo, emblema del Patrón. Del Señor. De quien recostado sobre la cama de su celda la escucha, apacible en apariencia, juegos pirotécnicos en las entrañas, bajo una premonición de lo que después ocurrirá: escaparse por un agujero del baño. Así de sencillo. Así de ordinario.
“Con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero, y mi palabra es la leeey... ”, se oye en el video presentado durante el noticiero matutino de Carlos Loret de Mola. El Chapo Guzmán, de espalda, tranquilo, viendo su pequeña televisión y escuchando El Rey, de José Alfredo Jiménez. Apacible, como un hombre que paciente espera a que su esposa se termine de maquillar. Sereno, como un capo poderoso que sabe lo que pasará en unos minutos más.
Son las 8:37 de la noche de aquel sábado 11 de julio de 2015.
Nueve minutos más tarde se escuchan los primeros martilleos, nítidos, claros, a través de la grabación. Todos los escuchan. Todos, menos los funcionarios y guardias del Centro de Monitoreo del Penal del Altiplano. Como si normal fuera, un sábado por la noche, escuchar golpes de herramientas en la cárcel más segura del país. ¿O estarían sordos?
8:50 de la noche. El Chapo cambia de canal. Se levanta. Orina. No se lava las manos. Su tranquilidad previa comienza a fracturarse. Camina sobre la misma línea, ahora ya impaciente, como quien espera turno para algo. El martilleo continúa.
El video muestra al Centro de Monitoreo sin alteración. Nada fuera de lo normal allí. Además de los martillazos, claro, que nadie escuchó, que nadie investigó.
“Debilitaron con base en ácido y calor el concreto del piso de la celda veinte... ”, aseguró el comisionado nacional de seguridad, Monte Alejandro Rubido, cinco días después de la fuga de El Chapo Guzmán; intentaba explicar lo inexplicable; buscaba una respuesta cuando no tenía la respuesta; hurgaba en suposiciones, asomándose al agujero, extraviado, confuso.
No, señor Monte Alejandro. No hubo ni ácido ni calor para “debilitar” el piso de la celda. Fue con martillazos, golpes ordinarios y secos que hoy retumban en los sentidos del país que ve, indefenso, cómo se puede hacer un hoyo en el piso de una prisión de máxima seguridad y fugarse sin mayor esfuerzo.
“No hay nada registrado de que hubiera algo inusual, como golpes, para alertar a los custodios, de que estuvieran cavando un túnel”, aseguró el comisionado.
No, señor Monte Alejandro. Sí hubo golpes que hoy cualquiera ya puede oír. Contrario a lo que usted dice, sí hubo algo inusual esa noche, la del 11 de julio de 2015, pero no se quiso investigar.
Allí queda otra “verdad histórica” del gobierno: derrumbada, hecha pedazos por la realidad comprobada. Vulnerada. Desinflada. Sí, como en Ayotzinapa: envuelta por la neblina de la sospecha, del encubrimiento, de la mentira.
8:52 de la noche. El Chapo se pone los zapatos, camina hacia la regadera, entra al túnel y se escapa. Así, como jugar a las escondidillas. A los desaparecidos. Sólo meterse al agujero y fugarse.
26 minutos después, el jefe de custodios, Vicente Flores, se percata —por decirlo de alguna manera—, de que algo ocurre en la celda de El Chapo Guzmán. Envía a los guardias Juan Ignacio Cuarenta Orozco y Esteban Estrada.
La frase de uno de los custodios quedará como retrato fiel de la incapacidad del gobierno mexicano para retener a su preso más poderoso, importante y célebre, en la historia de la criminalidad nacional: “Hay un hoyo en la regadera... ”.
¡Don Joaquín!, le gritan. ¡Don Joaquín!, insisten. Pero don Joaquín ya se fue. Ni modo.
Treinta y siete minutos después de la fuga, se abre la celda. Tres horas después del gran escape, se activa el Código Rojo.
Pero don Joaquín ya está muy lejos.
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