Guerra contra la pobreza
En EU, el presidente Lyndon Johnson hizo una declaratoria que cumplió en estos días 50 años de haberse proclamado.
La declaración de guerra es un elemento indispensable para formalizar lo que técnicamente se conoce como estado de beligerancia. Solamente que no se trata de una regla generalizada y ha sido motivo de controversia. En la antigüedad romana era un rito solemne y obligatorio. Para declararla enviaban al sacerdote de la guerra y la paz a lanzar un dardo ensangrentado sobre el territorio enemigo. Esta práctica cayó en desuso, tanto así que entre 1700 y 1872 hubo 118 guerras europeas y americanas y solamente en diez de ellas medió una declaración formal. En una de ellas, la de México y Estados Unidos, las hostilidades se dieron antes de la declaración.
En la Segunda Guerra Mundial el sentido de la oportunidad y el factor sorpresa impidieron declaraciones formales. Japón atacó Pearl Harbor sin declaración alguna. Lo mismo ocurrió cuando Alemania atacó a Polonia o Rusia a Finlandia. Esto a pesar de que en la Convención de la Haya se convino internacionalmente que las hostilidades no deben empezar sin una advertencia previa o un ultimátum. En las constituciones nacionales se establece qué órgano del Estado puede declarar la guerra. En México es el Presidente de la República.
Cuando niños nos divertíamos, seguramente por la influencia de la II Guerra Mundial, que había terminado más o menos cuando nacimos, o la de Corea, entonces en curso, con un juego consistente en declarar la guerra a alguno de los participantes que tenía nombre de país y al que había que perseguir antes de que regresara a su base de protección.
Con esto y otros antecedentes en el sexenio pasado Calderón declaró la guerra a las drogas (Nixon lo había hecho en Estados Unidos casi 50 años antes) con resultados tan funestos que el gobierno tuvo que decir que en realidad su lucha no era realmente una guerra. Ese gobierno llevará consigo el oprobio creado por él mismo y casi un centenar de miles de muertos.
Tal vez por ello Peña Nieto se ha abstenido de declarar guerras, aunque hay una que debió haberla declarado: la guerra contra la pobreza. En Estados Unidos el presidente Lyndon Johnson hizo una declaratoria de guerra a la pobreza que cumplió en estos días 50 años de haberse proclamado. En algún momento el presidente Reagan, antagonista de Johnson dijo: “Peleamos la guerra contra la pobreza y la pobreza ganó”. En las evaluaciones recientes los republicanos aseguran que fue un fracaso. Solamente que los datos duros muestran que lo mejor que le pasó a Estados Unidos fue haber dado ese giro social de atender a quienes más lo necesitan.
El debate no es meramente ideológico. En Estados Unidos se avecinan elecciones intermedias. Por ello el mismo presidente Obama incluyó en su informe presidencial el tema de la disparidad social con algunos elementos populistas, socialistas dicen los republicanos, para generar simpatía en la clase trabajadora. Los republicanos por su parte deberán cuidar que no se repita aquel grave error de Mitt Romney cuando acusó a 47% de la población de ser unas sanguijuelas del gobierno y sus programas contra la pobreza.
Si los demócratas estiran demasiado la liga de la desigualdad social, la clase media, que allá es efectivamente media (en México serían riquillos, como decía López Portillo) tendrá preocupación de la amenaza socialista y los donantes de las campañas podrían inhibirse. Los republicanos por su parte pueden asustar a la clase trabajadora y a los migrantes, que ya votan y son millones.
El porcentaje de pobreza cuando Johnson lanzó su guerra era de 19 por ciento. Cincuenta años adelante el porcentaje se redujo a 15%. Se considera que el programa, no obstante lo que digan los republicanos ha sido un éxito. Sin los programas como Medicare, desempleo, aumentos progresivos a los salarios mínimos, estampillas de comida y tantos más, la presión de otras fuerzas hubiera hecho crecer la pobreza como lamentablemente ha sucedido en México.
En Estados Unidos factores como el crecimiento de la población encarcelada, el aumento del porcentaje de madres solteras, y la debilidad de los sindicatos hubiera aumentado la pobreza si no se hubieran dado esos programas planteados por Johnson.
A nadie le gustan las guerras, pero una contra la pobreza, el problema más serio de México, sería una invitación a todo el país para recuperar la dignidad de millones que no tienen que comer, pero necesitan mucho más que supuestos desayunos nutritivos.
INVESTIGADOR DEL INSTITUTO DE INVESTIGACIONES JURÍDICAS DE LA UNAM
