Kennedy: lo que no se dice

Su gestión ha sido duramente cuestionada.Para Thomas E. Ricks, premio Pulitzer, Kennedy fue el peor presidente de Estados Unidos.

El asesinato de John F. Kennedy abrió las puertas de su inmortalidad.  Su recuerdo es el del líder que cautivó al mundo con su carisma.  La muerte que todo se lleva, le permitió, paradójicamente, ingresar al Olimpo de la historia.  En México, si Porfirio Díaz hubiera muerto antes de su última “elección” en 1904, cuando apenas tenía 74 años, sería un prócer a la altura de Benito Juárez.

Kennedy es uno de los íconos del siglo XX. No obstante, su gestión ha sido duramente cuestionada.  Para Thomas E. Ricks, premio Pulitzer, Kennedy fue el peor presidente de ese país:  35 meses dando tumbos: de crisis a fiasco.  Kennedy era solamente imagen y nada de sustancia: un playboy superficial, hijo de papá, agobiado por terribles dolores de la columna vertebral. Además tan pagado de sí mismo, que llegó a declarar al Time, antes de asumir la presidencia: “No conozco a nadie que pueda hacerlo (ser presidente) mejor que yo”. 

Kennedy se convirtió en una pesadilla para Nixon.  Amigos en el Senado en 1946, los dos jóvenes oficiales de la Marina regresaron de la guerra como fanáticos anticomunistas. Kennedy, senador gracias al dinero de papá, y Nixon, a pesar de haber ganado una beca para estudiar en Harvard, no pudo aprovecharla al carecer de fondos para viajar hasta Boston, senador gracias al esfuerzo.  Nixon padeció toda su vida el recuerdo (¿la envidia?) del éxito de Kennedy

Lyndon Johnson, lo aborreció y sufrió de los Kennedy desaires y groserías como vicepresidente. El texano viviría con el estigma de ser presidente gracias a un hecho de sangre, que muchos le atribuyeron, a partir de la idea de quien se favoreció con un crimen resulta ser el primer sospechoso.

Los otros ex presidentes no le tuvieron afecto.  Hoover, Truman y Eisenhower odiaban al papá y no soportaban la arrogancia de la familia.  Al funeral de Kennedy acudieron muchos líderes del mundo encabezados por Mon General De Gaulle.  Ni Truman ni Eisenhower estuvieron presentes en la recepción que ofreció Jacqueline, a quien “se le olvidó” convocarlos.  Kennedy se refería a Ike como un “asshole”. 

Con quien se identificó plenamente fue con Franklin D. Roosevelt, al grado de que empezó a copiar sus maneras.  Quería ser el Roosevelt de la segunda mitad del siglo XX. Los dos eran personajes producto de la cultura urbana, la educada, elitista, la del privilegio. Patricios de las clases superiores, fortalecidos, además, por las terribles afecciones físicas de ambos.  Si bien las de Roosevelt más notorias, Kennedy sufrió lo indecible por su precaria salud.

Se piensa que su paso por la presidencia fue una luna de miel.  Sin embargo, le angustiaba la soledad del cargo.  Cuando todos se van y hay que analizar cada argumento, cada propuesta, cada alternativa y en la soledad del poder tomar, personalmente, la decisión que afectará a millones. Todos halagan al presidente al decirle que es el mejor, aunque tanto el que lo dice como el que lo escucha saben que no es cierto. La gente le confía únicamente lo que quiere oír.

A pesar de tales desventuras, Kennedy es un referente de lo que Estados Unidos espera como nación. Esta fe viene de algo más que el carisma y la imagen bostoniana.  Fue la palabra.  Todavía a 50 años están presentes sus frases casi en brevedad de tuit: poner al país delante de las expectativas personales, su discurso en Berlín: “Ich bin ein Berliner”,  premonitorio de la caída del muro, “Perdona a tus enemigos, pero no olvides sus nombres” y tantas otras.

Kennedy llegó a decir que la presidencia no era buen lugar para hacer amigos.  Tanto él como Bobby, su tan cercano hermano, imaginaban que algún día escribieran juntos un libro: El Veneno de la Presidencia. Ninguno pudo hacerlo, las balas que les deparaba el destino se los impidieron.

                Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM

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