Desconfianza
Confiar en los demásrepresenta siempre la posibilidad de estar con los demás; implica la posibilidad de construir de la mano de los otros un sendero y un camino posible en donde la solidaridad y la fraternidad se ponen por delante de la envidia y de la codicia.
Confiar en los demás es siempre un acto de necesidad, a la vez que de generosidad. Necesitamos confiar en los demás cuando requerimos ayuda, pero también cuando nos es solicitada; es insustituible para generar acuerdos y poner en marcha proyectos en común.
Confiar en los demás representa siempre la posibilidad de estar con los demás; implica la posibilidad de construir de la mano de los otros un sendero y un camino posible en donde la solidaridad y la fraternidad se ponen por delante de la envidia y de la codicia.
Otorgar nuestra confianza en alguien representa un acto de renuncia, pues implica poner en las manos del otro un conjunto de sentimientos, emociones, hechos o cosas. Así de radical es la cuestión; de ahí que no es exagerada la idea de que, en ocasiones, ponemos el corazón y la vida en Otro.
Sin confianza la vida civilizada es imposible. De ahí que las principales instituciones modernas están cimentadas sobre este principio. Los mercados contemporáneos, desde su gestación en el siglo XII, han exigido siempre esta relación de reciprocidad.
Los pactos políticos, en todos los sistemas y órdenes de gobierno, pero sobre todo en la democracia, exigen de la confianza como elemento central, desde la generación de reglas de diálogo para la construcción de consensos, hasta la continua revisión y reforma tanto de los marcos jurídicos, el funcionamiento de los aparatos de impartición de justicia, así como de todos los mecanismos y procesos de gobierno y rendición de cuentas.
De ahí que sean de suma preocupación los resultados del Informe país, presentado recientemente por el Instituto Nacional Electoral (INE). Porque además de que se ratifica la información relativa a que la ciudadanía descree de prácticamente todas las instituciones de carácter político y judicial, destaca el hecho de que las personas simplemente desconfían de los demás.
El documento del INE indica que siete de cada diez personas desconfían de las personas que los rodean; es decir, de sus vecinos, de las y los maestros que les enseñan a sus hijas e hijos; de las personas que los contratan para trabajar; de la persona que les vende todos los días en la tienda.
El dato es abrumador. Nos revela que hemos construido instituciones para la operación relativamente eficaz de los procesos electorales; pero que no hemos sido capaces de formar una nueva ciudadanía. Lo que no es resultado sino de la ausencia de una pedagogía para la democracia que opere en todos los espacios de lo público.
Nuestro sistema educativo está diseñado desde una lógica de relación conflictual entre profesores y alumnos; los partidos políticos pasan de un escándalo a otro; la corrupción en las oficinas de los ministerios públicos y los juzgados es grosera y cínica; el robo y desvío de recursos en todos los órdenes de gobierno es inocultable. Lo peligroso es que, desde ahí, es prácticamente imposible revertir que a la mitad de la población le dé lo mismo que nos gobierne un tirano, si éste garantiza seguridad y niveles elementales de bienestar.
La existencia de un sistema de vida regido por la confianza implica hacer de la honestidad, la solidaridad y la comprensión, prácticas cotidianas; pero ello requiere de una educación para la paz; para la vida buena en compañía de los otros. Y ello nos exige, simplemente, replantearnos casi todo.
Investigador del PUED-UNAM
Twitter: @ML_fuentes
