Territorio macabro

Tocar un cuerpo sin vida no es un asunto de juego: se trata de la morada en que una inteligencia, un mundo de sueños y anhelos habitaron; y por ello, aun en el ámbito de su silencio y rigidez absoluta, hemos buscado siempre respetar su memoria.

La imagen es inaudita: más de 60 cuerpos abandonados a su suerte; algunos momificados por el efecto de cal viva, y otros en proceso de descomposición. El motivo es escalofriante: la obtención de dinero fácil a través del fraude, jugando con uno de los espacios simbólicos más relevantes de nuestra cultura: guardar y dar descanso en paz a nuestros muertos.

A lo largo de los siglos, nuestros cadáveres han sido llevados en procesión a los panteones; ahí el ritual y el silencio son norma, porque en ambos se expresa la dignidad que desde tiempos ancestrales buscamos darle a la vida de reposo que merecen los ya sin vida.

Empero, el territorio de lo innombrable en que se sitúa la muerte, ha sido profanado una y otra vez en nuestro dolido país; y quizá por ello resulta verdaderamente macabro lo descubierto en Acapulco la semana pasada: un crematorio falso y decenas de familias que no saben qué fue lo que les entregaron en lugar de los restos de sus difuntos.

Manipular a un cadáver sin el cuidado necesario ha sido históricamente considerado como un acto de peligrosidad, tanto biológica como simbólica; tocar un cuerpo sin vida no es un asunto de juego: se trata de la morada en que una inteligencia, un mundo de sueños y anhelos habitaron; y por ello, aun en el ámbito de su silencio y rigidez absoluta, hemos buscado siempre respetar su memoria.

De ahí también lo terrorífico de las escenas de las fosas clandestinas: cuerpos sucios, enterrados sin el menor cuidado; arrojados a la tierra, sin la solemnidad del rito, y sin la protección de la mortaja o el féretro, los cuerpos rompen con la idea de aún en la muerte estar en contacto directo con la tierra y la putrefacción que envuelve.

En el otro espacio: en el mundano territorio de las instituciones, lo paradójico es que, una vez más, nadie es responsable: ¿quién supervisa —en todo lo que implica ese término—, a las funerarias y crematorios? ¿La autoridad municipal, los gobiernos estatales, la Secretaría de Salud del gobierno federal?

¿Y si esto de Acapulco no es un hecho aislado? ¿Quién responde por los riesgos sanitarios que implica la manipulación y disposición final de nuestros cuerpos muertos?

Todo esto debe llevar a reflexionar en torno al hecho de que aún somos un país en el que no tenemos idea clara de quiénes y por qué mueren. Por ello preocupa y en serio que las cifras y datos sobre mortalidad de que disponemos, tengan un nivel de subestimación sólo comparable con nuestra incapacidad (quizá rechazo) para pensar en sus múltiples dimensiones, a la oscuridad de la muerte y sus causas; no las consignadas en las actas del registro civil, sino las que se encuentran en su génesis: la maldad, la violencia, la pobreza, la indolencia, la corrupción.

Se habla de 22 mil personas desaparecidas; y con terror vemos que casi en cualquier sierra en donde se hagan hoyos “salen muertos”, que son considerados como “desconocidos”.

No es exagerado sostener que hace 20 años hubiese sido difícil imaginar escenarios tan macabros. Por ello, debemos ser conscientes de que estamos ante un escenario cultural y social muy peligroso porque hoy, literalmente, ni sabemos en qué terreno pisamos, ni qué es exactamente lo que está debajo de nuestros pies.

*Investigador del PUED-UNAM

Twitter: @ML_fuentes

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