Parán
Parán me ha impedido salir porque sé que afuera no hay lugar para mí. Los ciegos debemos tener límites, una geografía definida, si salimos de esa frontera podemos caer y nunca levantarnos
Escribir es un placer denso y profundo
Stendhal
Antes de perder la vista por completo, siempre preferí tener los ojos cerrados. Soñar, si acaso me era posible ese profundo placer.
Pocas cosas vi mientras pude. A los seis años se mira menos de lo que se inventa, entonces ahora casi todo lo que recuerdo es nacido de mi imaginación, incluso la luz del sol me parece más una fabricación de lo que me he imaginado: cómo el rayo revienta la oscuridad a ciertas horas, la abre y la destruye, el perfil de sombra que le otorga a algunas flores y cómo el calor se vuelve sueño en los ojos de los perros.
Seguro me perdí de mucho, pero también me protegí de ver tantas otras tragedias, como aquella vez que a mi hermana le dio viruela y le marcó toda la cara de puntos o cuando a mi papá le cayó encima el castigo de Dios y lo partió en dos, eso dijo mi mamá. Seguro fue mejor no ver eso. Pero oí los llantos, sentí la piel, olí la carne encendida, entonces me fue fácil recrear. Siempre preferí soñar que cansar mi vista. A los seis años ya me era imposible ver nada, sólo las manchas que a los lejos rodean este pueblo, esas que llaman montañas y que en mis ojos era lo más parecido a la figura verdadera.
Ser ciego es ser un bulto, las dimensiones del cuerpo nunca cambian, aunque digan que sí, y todo, absolutamente todo, es lo mismo de siempre. Ser ciego también es estar siempre triste. Al principio, la ceguera era un mosca constante, persistencia, fastidiosa que no me dejaba, incluso cuando soñaba: una negrura se instalaba en cada uno de mis recuerdos, era una plasta sobre los rostros, sobre la memoria más inmediata. Poco a poco las figuras y la geometría de mi imaginación fueron tomando sus dimensiones y profundidades. Entonces, sí es como estar triste, es repetir los días y la ropa, es tener seis años siempre. Estar ciego es este pueblo donde todo es lo mismo de siempre, donde el viento golpea los árboles a la hora justa cuando las campanas de la iglesia dan el último tañido, esa ceguera auditiva en que el ruido se repite a diario.
Parán vuelve a sí mismo, se consume en sus tradiciones, en la tierra mojada de sus veranos y el frío de sus inviernos. Parán me ha impedido salir porque sé que afuera no hay lugar para mí. Los ciegos debemos tener límites, una geografía definida, si salimos de esa frontera podemos caer y nunca levantarnos. Alguna vez, hace años, volvió un hombre que había salido de aquí. Regresó ya con la ceguera que nos heredó esta tierra a todos los hombres que aquí nacimos.
Cuando por fin pudo hablar con nosotros, nos dijo que una vez ciego, no podía sino recordar Parán, todo lo que vio, ese mundo del que está seguro que fue parte, aviones, barcos, países, mujeres, nada de ellos puedo reconstruir. Es como si nuestra sangre, el semen de nuestros padres, la piel que nos envejece fueran una extensión de esta tierra, del viento que nos golpea a diario con sus campanadas.
Nuestras mujeres, en cambio, nunca han vuelto, las que han decidido salir, claro. Aunque han sido pocas las que se han ido. La mayoría de ellas siente lástima por nosotros, sus hijos, que no esposos, ni padres, siempre nos reducimos a ser los hijos eternos, dependientes y míseros.
Mañana será un día diferente. Llega mi hija. Es de las pocas que han decido volver. Viene acompañada de su hijo, ciego irremediablemente. El esposo de mi hija, oí decirlo al teléfono, no quiere cargar con alguien como él, o sea, como yo.
Ahí viene el viento, de nuevo, cargado de tierra. Seguro que un avión está por aterrizar.
Hashtag. Este año continuaré la ruta de las escritoras latinoamericanas. Aumentaré a autoras uruguayas y argentinas. Seguiré con escritoras ecuatorianas como María Fernanda Ampuero y Mónica Ojeda; creadoras chilenas como Lina Meruane y Alejandra Costamagna; por autoras peruanas como Blanca Varela o Katya Udaui, María José Caro y Claudia Ulloa Donoso, así como por escritoras bolivianas como Liliana Colanzi y Blanca Wiethüchter; paraguayas como Sara Karlik o Teresa Méndez-Faith; por las escritoras brasileñas Ana Paula Maia y Vanessa Barbara, así como las nuevas letras de países centroamericanos y norteamericanos.
