No hallar otra resurrección que el olvido. A 50 años de la muerte de José Carlos Becerra

Uno de los retratos más sentido y puntual sobre José Carlos Becerra hecho literaturaes La mañana debe seguir gris, la novela que escribió la autora Silvia Molina,quien fuera pareja del poeta, y que trata sobre el enamoramiento de una adolescentedel novel escritor, teniendo Londres como escenario de fondo.

                Al Dr. Rafael Cruz Ramírez

 

Al momento de escribir estas líneas, inmerso en el 21 de mayo, se cumple el 84 aniversario del nacimiento, en Villahermosa, Tabasco, del poeta José Carlos Becerra, quien falleció el 27 de mayo de 1970 en la carretera de Brindisi. Llegué a El otoño recorren las islas, libro que reúne su obra poética, en la adolescencia. Recuerdo que lo llevaba bajo el brazo, lo leía en todo momento, me gasté esa edición de Lecturas mexicanas que adquirí en una librería de viejo.

Intenté imitar su estilo, aún no he podido lograrlo. Oscura palabra, dedicado a la muerte de su madre, me impactó por la posibilidad de asociaciones inusuales, la cotidianidad irrumpida por la muerte y la liturgia de la muerte. “Algo se ha roto en alguna parte. En algún sitio hay una terrible descompostura y alguien ha mandado llamar a unos extraños artesanos para arreglarla. Así suena la lluvia en el tejado. […] Algo anda mal en el ruido de la lluvia”.

Después, Relación de los hechos, La venta, Fiestas de invierno y Cómo retrasar la aparición de las hormigas (que me parece fascinante título). A lo largo del tiempo, la esencia de su poesía no cambió mucho, pero sí la tensión de los versos. Mientras que en los primeros libros la respiración de sus versos era de versículo, para el último ya esgrimía el verso menor, más tenso, pero lleno de imágenes nacidas del otoño, del invierno, hechas de desolación, nostalgia, y algunas de ellas crípticas.

Próximo a Saint John-Perse y Lezama Lima, Becerra no se perdió en la apuesta lingüística del segundo ni en las “ramas y hojas” del segundo, a decir de Octavio Paz. “En el libro central de Becerra (Relación de los hechos), el versículo no es un instrumento de celebración de los poderes del mundo y el espíritu, como en —Paul— Claudel, ni tampoco, como en Perse, de una épica fantástica en la que las pasiones humanas poseen la feracidad y la ferocidad de las fuerzas naturales […] Como la mayoría de los jóvenes, Becerra no veía el mundo sino a su sombra del mundo. […] Nostalgia: el poeta se vuelven hacia su pasado en busca de ese instante en que realmente fue”, escribió Octavio Paz en el prólogo de El otoño recorre las islas.

Uno de los retratos más sentido y puntual sobre José Carlos Becerra hecho literatura es La mañana debe seguir gris, la novela que escribió la autora Silvia Molina, quien fuera pareja del poeta, y que trata sobre el enamoramiento de una adolescente del novel escritor, teniendo Londres como escenario de fondo.

El legado que deja José Carlos Becerra es una obra crepuscular, pero muy ferviente en sus intenciones. Gran observador, poeta más visual que sonoro, aunque su ritmo interno es voraz, Becerra se erige como el poeta joven por esencia, inmóvil, capaz de invocar la noche y el olvido, portador de una voz que parece susurro, subterránea, como el río que hace crecer árboles y frutos desde adentro, un agua mansa.

A cincuenta años de la muerte de José Carlos, en una carretera de Brindisi, Italia, a bordo de un Volkswagen, valdría la pena volver a su poesía. “[…] a veces es una calle al anochecer donde no habremos ya de volver a citarnos/ mientras el tiempo transcurre entre un movimiento de mi corazón y un movimiento de la noche. […] Y éstas son mis reuniones contigo, el deshielo que la noche/ deshace tu máscara y la pierde.”

 

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La pandemia del coronavirus es letal e implacable. Han sido muchos los muertos, que a distancia, a veces, parece que no son porque no están próximos. No es sino hasta que alguien cercano sucumbe que entendemos la realidad. Lamento, enormemente, el fallecimiento del doctor Rafael Cruz Ramírez, amigo de mi madre y doctor de cabecera de mi familia por una década, al menos. Fue un médico dedicado, honesto y leal. Hombre de principios, generoso y amigable, siempre cercano a los enfermos, lleno de consejos y recomendaciones. Vaya, pues, mi abrazo a su familia.

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