Los 40 y 20 de Jesús Gardea
Después de leer todos los rostros de Gardea, desde el novelista, pasando por el cuentista y llegando al poeta en verso, persiste la sensación de que fue un cuentista natural, un novelista apresurado y un poeta dispar, ya que su aportación a la poesía vive en su obra narrativa breve
Este 2020 se cumplen 40 años de la aparición del libro de cuentos Septiembre y los otros días (Joaquín Mortiz, 1980), del escritor Jesús Gardea (Chihuahua, 1939-2000), acaso su mejor obra en este género, y también se conmemora su 20 aniversario luctuoso. Aun hoy un escritor de culto, la obra de Gardea no ha alcanzado la relevancia que tienen autores, otrora también de “nicho”, como Francisco Tario, quien trae la inercia del rockstar (y bien ganada, cabe decirlo).
Jesús Gardea fue un hombre de perfil bajo. Dentista de profesión, hace su aparición dentro del panorama literario en 1979, justo cuando cumplía 40 años, con un volumen de cuentos, Los viernes de Lautaro, publicado bajo el sello Siglo XXI y animado por el poeta Jaime Labastida y el editor José Luis González. A partir de Lautaro, Gardea escribiría, al menos, una veintena de libros entre novela, cuento y poesía, todos ellos construidos con atmósferas amargas, desoladas, bajo la temperatura del desierto del norte y habitadas por personajes áridos, silenciosos, incluso perversos.
Después de leer todos los rostros de Gardea, desde el novelista, pasando por el cuentista y llegando al poeta en verso, persiste la sensación de que fue un cuentista natural, un novelista apresurado y un poeta dispar, ya que su aportación a la poesía vive en su obra narrativa breve. “Escribir es salvarse por la palabra y nada más que por la palabra, al fin de cuentas y de cuentos. De la vaciedad y de la quietud de muerte de hoja en blanco en que me encuentro, sin atinar a cómo salir, sólo la palabra, parece, entiendo ahora, podrá sacarme” (Gardea, Jesús, “La palabra es el cuento”. Teorías del cuento III. Poéticas de la brevedad. Difusión Cultural UNAM. pp. 213-218).
Si como afirma Gardea la palabra es el cuento, su obra breve se fundamenta en el dominio de una voz (mediante la palabra), una prosa límpida y precisa, de un encanto áspero. Decía Huberto Batis, gran editor, reseñista y lector, de la obra Septiembre y los otros días, “Gardea ama a su gente y busca el secreto de su existencia en su ambiente, como Rulfo, con genio semejante y pareja parquedad simbólica. Lo iconográfico se da cerrado sobre sí mismo, copia inerte de lo sensible, rechazando todo postizo sentido. Sugerencias sin redundancia; acumulación de aproximaciones, en espiral, indagando el misterio de la vida (…). Un narrador puro, ante el que toda hermenéutica sale sobrando; por tanto, realista como lo era Hoffmann para Brecht, sin alegatos ni explicaciones, imágenes naturales que enfrentan al lector consigo mismo” (Batis, Huberto. Septiembre y los otros días. Crítica bajo presión. Prosa mexicana 1946-1985. UNAM. pp. 480-482).
Me arriesgo a decir que la geometría cuentística perfecta de Gardea la componen Los viernes de Lautaro, Septiembre y los otros días y De alba sombría, una libro de enorme belleza, incluso es lo más destacado de su suma literaria.
Perteneciente a una generación de poetas, los miembros de La espiga amotinada (Oliva, Labastida, Shelley, Bañuelos, Zepeda), José Carlos Becerra, José Emilio Pacheco, Sergio Mondragón, Marco Antonio Montes de Oca, Isabel Freire, entre otros, Gardea no se distanció del género lírico, pero lo hizo a su modo, en la prosa.
Es imposible saber qué suerte correrá la obra del chihuahuense en unos años, si encontrará a otros lectores, pero no cabe duda que los hay. Por ejemplo, en el Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes Jesús Gardea se procura su figura y obra, se relee. Estoy convencido que aquellos admiradores de Rulfo, encontrarán en Jesús Gardea el otro lado de un espejo.
Antes de continuar por el camino de la literatura latinoamericana, abrí este paréntesis para recordar la obra de uno de los escritores mexicanos que más me han revelado. Incluso, uno de sus cuentos, Ángel de los veranos, fue el punto de partida de mi primer libro de poesía.
En próximas colaboraciones, volveré a la obra de las escritoras bolivianas. Comenzaré con Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi.
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HASHTAG
El archivo Word de López-Gatell. Es muy divertido el meme de los archivos Word renombrados sobre la pandemia que el imaginario de los memes le atribuye al secretario de Prevención y Promoción de la Salud. En sus primeras apariciones, Gatell se ganó el cariño y admiración de la gente, por su cordialidad y eficacia. Pero olvidó que todo por servir se acaba. El gran error del subsecretario es empeñarse en dar una fecha precisa del fin de la pandemia. Erró y renombró una y otra vez. Y otra vez. Y de nuevo. Y una vez más. Al fin, en una gira por Tlaxcala, acertó al decir que durará años. Así, sin más, ya no tendrá que andar dando aproximaciones. Ya nos puso bajo advertencia. ¡Bravo, Gatell!
