Literatura ecuatoriana, una soledad que era conocida

Desde ya quiero agradecer la apertura de diálogo que he recibido de las siguientes escritoras: María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976), autora del libro de cuentos Pelea de gallos; a la poeta María Auxiliadora Balladares (Guayaquil, 1980), autora de los libros de poesía Animal y Guayaquil; a la joven narradora Natalia García Freire (Cuenca, 1991), quien recientemente publicó su novela Nuestra piel muerta

Francamente, poco es lo que conozco de literatura ecuatoriana. En un acto de sobrevivir en la memoria, recuerdo El éxodo de Yangana, de Ángel Felicísimo Rojas (Loja, 1909), novela de perfil poético y lingüístico, donde rescata el habla popular y las tradiciones de Loja a través de una combinación de prosa poética y realismo social, a veces existencialista, inmersa en una atmósfera rutinaria.

Algunos años después de leer a Rojas, y debido a mi curiosidad en las bibliotecas, hallé el libro de Bruna, soroche y los tíos, de Alicia Yánez Cossío (Quito, 1928), un facsímil de portada roja y bajo el sello Oveja Negra, si no mal recuerdo. De esa historia, lo que más aprecio es el personaje de Bruna, llena de mitos, de idiosincrasia, de sociedad ecuatoriana. Me parece que la novela era un discurso costumbrista, aunque con astillas de lo real imaginario. El perfil subversivo, contestatario de la protagonista es lo que más me gustó.

Hace un par de años leí La sombra del apostador, de Javier Vásconez (Quito, 1946). Esta novela sobre un asesino a sueldo en el hipódromo, donde el autor pergeña una ciudad (todas las ciudades de Latinoamérica), sin caer en un telón de fondo pintoresco y costumbrista, en el que el autor pasa del humor negro a la melancolía.

El año pasado recibí de un amigo una antología poética de Jorge Carrera Andrade (Quito, 1903). Uno de los mayores poetas ecuatorianos, pergeña el prologuista, Vladimiro Rivas, ensayista también del Ecuador. Poeta de verso de arte mayo, incluso bosqueja el versículo, su poesía última me atrae más que la de juventud o aquella de canto a la tierra, un tanto fundacional. Hombre planetario tiene la sintonía entre la cavilación honda de la existencia y la fisura a la metáfora modernista.

No quiero dejar de lado, dentro del campo de la investigación, los estudios académicos de la doctora Yanna Hadatty Mora (Guayaquil, 1969) sobre autores mexicanos como Salvador Novo, Gilberto Owen, Efrén Hernández, pero, sobre todo Arqueles Vela, me resultad enriquecedores. Interesada en la narrativa mexicana, me resultó muy fascinante y crítica su obra Prensa y literatura para la Revolución. La Novela Semanal de El Universal Ilustrado.

Como se ve, muy breve ha sido mi experiencia por la obra escrita por ecuatorianos. Breve, también, debo reconocer, había sido mi intención por explorar. Sin embargo, desde que comencé esta ruta de viaje por la literatura latinoamericana escrita por mujeres he ampliado el panorama de la ficción y la poesía entorno a autores de este país.

Desde ya quiero agradecer la apertura de diálogo que he recibido de las siguientes escritoras: María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976), autora del libro de cuentos Pelea de gallos; a la poeta María Auxiliadora Balladares (Guayaquil, 1980), autora de los libros de poesía Animal y Guayaquil; a la joven narradora Natalia GarcíaFreire (Cuenca, 1991), quien recientemente publicó su novela Nuestra piel muerta.

Asimismo, a la novelista Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988), quien con sus obras Mandíbula y Nefando ha ganado reconocimiento a nivel internacional.

En el radar también está la obra de Sabrina Duque (Guayaquil, 1979), Volcánica y Crónicas desde un país en erupción; Gabriela Ponce (Quito, 1977), con su más reciente novela, Sanguinea; Daniela Alcívar (Guayaquil, 1982), con su novela Siberia.

Sería imposible olvidar a Gabriela Alemán, quien, aunque nacida en Brasil, creció narrativamente en el Ecuador, donde creó obras como Poso Wells y Humo. También me gustaría explorar la narrativa y el trabajo ensayístico de Gabriela Polit Dueñas, autora de dos libros de cuentos, Historias de la radio y Amsterdam avenue.

Iré, de a poco, pero implacablemente, la obra de cada una de estas autoras. Emprender un conversatorio sobre literatura latinoamericana me fascina y emociona. Creo que esta apertura al debate generará buenos resultados, así como ayudará a dar a conocer en México el trabajo literario de estas escritoras y de otras más.

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