Literatura boliviana, voluntad ruidosa de ocultos ecos y cansancios

Tanto Wiethüchter como Sáenz son algunos de los precursores de la nueva narrativa y poética boliviana. Supongo me faltarán muchos autores que dieron esta apertura, por esa razón emprenderé una serie de textos y entrevistas con escritoras de este país para conocer mejor su literatura

Dentro del panorama literario de Latinoamericana, la literatura boliviana es una de la más ancladas en sus tradiciones, en la oralidad de sus pueblos y leyendas. Sin duda es una visión muy reducida de la poética de un país, incluso es un lugar común resultado del desconocimiento. Si elegí como título de esta colaboración los versos de la poeta paceña Blanca Wiethüchter (La Paz, 1947-2004) es porque en ellos se entreteje lo que hasta ahora conozco de los autores y acervo cultural de Bolivia, una “voluntad de ocultos ecos y cansancios”.

A pesar de las aparentes distancias entre México y Bolivia, he tenido el gusto de leer a un puñado de autores que me han sorprendido gratamente. El primer umbral hacia esta literatura fue Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967). Río fugitivo fue la primera obra que leí de Soldán, una novela sobre la adolescencia, sobre el sexo y los abusos, con el ruido de fondo de una ciudad boliviana, cuyo protagonista, Roby, es una suerte de aprendiz de escritor y detective. Su narrativa me recordó a las novelas escritas por el cubano Pedro Juan Gutiérrez o el chileno Alberto Fuguet, hechas de realismo social.

Tiempo después, leí la novela Norte y el libro de cuentos Las visiones. En ambos hay escenarios urbanos, aunque no desde el mismo territorio. Mientras la novela tiene un perfil mucho más social, el libro de cuentos está a mitad entre lo fantástico y lo real. Acaso sea mi personal gusto, pero me atrae más la narrativa breve de Soldán.

De Edmundo pasé a Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981). En su libro de cuentos Nuestro mundo muerto hallo la tradición y la cultura pop, es decir, va desde el testimonio rural e indígena hasta un cuarto en un hotel de París. Todos ellos, a mi parecer, con un rasgo común: la violencia. Ya sea interna o de la intemperie, en sus relatos ocurre el desasosiego y cierta brutalidad con perfil de añoranza. El que la editorial mexicana Almadía haya publicado su libro permite a los lectores mexicanos acceder a su literatura.

Los nombres de Blanca Wiethüchter y Jaime Sáenz fueron mis siguientes descubrimientos. La primera, poeta y ensayista. Ha sido realmente poco lo que he podido leer de ella. En librerías mexicanas, nada se encuentra de ella. La búsqueda por internet me arroja algunos ensayos y breves poemas. A pesar de ello, lo que he descubierto me ha fascinado debido a su sinceridad, su perfil testimonial.

De Jaime Sáenz (La Paz, 1921-1986) he podido leer su novela Felipe Delgado y parte de obra poética reunida en Recorrer esta distancia, volumen publicado por el Fondo de Cultura Económica, que debo confesar adquirí por dos motivos: el barato costo del libro y mi inquietud por conocer nuevos autores.

De la novela Felipe Delgado se ha dicho mucho. A mí lo que más me gustado es la degradación, el recorrido que hace el protagonista (acaso un alter ego de Sáenz) hacia el alcoholismo. Hay mucho que escudriñar, desde el conflicto con el padre, ya que la obra inicia con la muerte de éste, hasta la transformación, pasando por cierta brutalidad, por un realismo detallado, sucio. Creo que esta obra abre la puerta a una nueva narrativa. Antes de Felipe Delgado, entre otros libros, la literatura boliviana se regodeaba en las tradiciones y en los pueblos indígenas, en la literatura como protesta y como cosmogonía.

Tanto Wiethüchter como Sáenz son algunos de los precursores de la nueva narrativa y poética boliviana. Supongo me faltarán muchos autores que dieron esta apertura, por esa razón emprenderé una serie de textos y entrevistas con escritoras de este país para conocer mejor su literatura. Iré desde la obra de Liliana Colanzi pasando por la de Giovanna Rivero, Magela Baudoin, entre otras.

HASHTAG

Francamente, es complicado entender las dos narrativas del gobierno en torno a la pandemia. Lejos de filas y fobias, parece que la 4T tiene la brújula en tiempo de huracanes: mientras el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud , López-Gatell, recomienda mantener distancia y extremar higiene, usar cubrebocas y alerta que la pandemia está en su punto más alto, el presidente López Obrador da banderazos de apertura, viaja, no usa cubrebocas y da una expectativa nacional que no coincide con lo que (sin riesgo a equivocarme) observa la mayoría. Entre López te veas.

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