Blanca Wiethüchter, gobernar una lengua
He llegado a tiempo a la obra de Blanca Wiethüchter. Al leerla, da la impresión de que se está charlando con ella, pues su obra es conversacional, de plática a la mesa, es confesión
A Josefina y Ramón
Un laberinto impone dos alternativas: el encuentro inesperado o la soledad. Algo así también impone el destino y el futuro, ambos siempre inciertos. Salir de tu país natal, digamos Alemania, arribar a otro, pensemos en Chile, creer que será una breve estancia, pero un día, caes de la bicicleta, alguien se ríe, levantas la mirada y entiendes que la mujer que frente a ti se burla, será con quien vivirás lo que te resta de vida.
Ésta es la historia, resumida, del inicio de una familia, los Wiethüchter, Wilhelm y Blanca. Quienes, tiempo después, al salir de Chile y elegir otro rumbo, van a parar a Bolivia, donde deciden establecerse. Tienen cinco hijos, entre ellos la pequeña Blanca. Hasta aquí, el breviario de cómo inicia una familia.
Blanca Wiethüchter López
Nacida en La Paz, Bolivia, el 23 de septiembre de 1947, Blanca creció dentro de un hogar donde la lengua materna fue el alemán. Aprendió oraciones, el abecedario, el amor materno y fraternal en esa lengua. Sin embargo, fue en español el idioma donde amó, estudió y la lengua que gobernó su obra.
Poeta, narradora y ensayista, Blanca es una de las figuras centrales dentro del panorama del siglo XX en la literatura boliviana. Autora, junto con otros investigadores, de Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia, una larga investigación en dos tomos en torno al vaivén literario de aquel país. Esta larga confabulación de inquietudes representa la suma más copiosa sobre literatura de Bolivia, es un trabajo arduo, denso, prolijo.
Pensar y sentir en español. Nuestra única patria es la lengua. Los primeros balbuceos, las palabras que oímos en casa, mediante las que nos comunicamos con nuestro medio ambiente más próximo. En el caso de Blanca fue el alemán. Le costó mucho trabajo aprender español, incluso, a decir de ella, a veces sólo puede pensar en ese idioma, aunque su poesía es en español.
Sólo tengo este cuerpo. Estos ojos y esta voz/Esta larga travesía de sueño cansada de morir. Conservo el temor al atardecer./No se comunica con nadie./Por mi modo de andar/algo descubierto un poco esperando/cambio frecuentemente de parecer/conmigo no puedo vivir segura./Habito un jardín de palabras/que han dejado de nombrarme/para nombrarla. No me atrevo/pero es necesario decirlo. Es un secreto./En realidad somos dos./Ahora debo inventar a la otra.
Inventar otra lengua. Escribir poesía impone crear otro lenguaje. Blanca bosquejó un nuevo ritmo, otro tono, nuevas geometrías verbales. Sus libros de poesía son su propio ecosistema. Poesía solar, de esquirlas de luz, su obra lírica recorre el amor, la reflexión de la lengua, la cavilación de un sujeto poético solo, pero añorante, una voz sostenida, firme, que sólo se quebranta ante la pareja, se vuelve un eco, como la imagen de una mujer ante un espejo quebrado.
Asistir al tiempo, Travesía, Noviembre, Madera viva y árbol difunto, Territorial, En los negros labios encantados, El rigor de la llama, Ítaca, Luminar y Ángeles del miedo son algunos de los libros de poesía de la escritora paceña. También incursionó en la narrativa con la novela El jardín de Nora, una obra más de autoficción que autobiográfica.
He llegado a tiempo a la obra de Blanca Wiethüchter. Al leerla, da la impresión de que se está charlando con ella, pues su obra es conversacional, de plática a la mesa, es confesión. Heredera de las vanguardias del siglo XX, la poesía de Blanca no escapa a un íntimo recuento de su obsesión como poeta detrás del lenguaje, pero sin incurrir en la elaboración de versos crípticos ni intelectualizados, hay en Blanca la tradición de los poetas que ven el lenguaje como rebelión y la revelación.
Fallecida el 16 de octubre de 2004, en Cochabamba, Bolivia, Blanca Wiethüchter legó una obra desde Bolivia, país que nunca decidió abandonar.
Me he muerto a mí misma
y eso me conmueve sobremanera.
Volver a preparar mi desaparición
me consuela y me desgasta.
Pero puedo seguir la curva de mi brazo
lo que me da la medida de mi soledad
y puedo morderme el vientre de nuevo
lo que enciende el sumidero
en el que temo caer para siempre.
Amo este mi cuerpo árido
sin solicitud, con avaricia
mi negro hombro infantil
que se desplaza según el cielo
que diseña todo invierno.
(No conozco otra estación que el despojo.)
De Madera viva y árbol difunto (Fragmento)
