Lo intangible…

¿Cómo aprendí que lo intangible es lo que no se toca? Igual que muchas bobadas de ese jaez, como el humo del cigarro, el suspiro, el sueño, quizá el amor, porque si nos tocamos el corazón en esos ahogos del enamoramiento, me canso de su realidad angustiosa y divina, como chupar un chamois o un membrillo verde que te quiero.

Ahora parecería que les ha dado por lo impalpable para prohibir el gozo, como fumar. En mi caso, pocas veces lo he hecho con placer total, ni en la espera del hombre que más quiero, según el tango de la clásica mujer aguardando; precisamente por la veda rigurosa de mis tías cuando empezamos, mis primas y yo, a fumar, lo volvieron pecado mortal, falta de respeto, impropiedad en unas señoritas decentes. Me acuerdo en los bailes del casino cómo se llenaba el baño de muchachas de traje largo fumando, tal ritual mahometano, digamos, muertas de risa y de valentía. En “El gatopardo” hubiera sido un acento más de su hermosura fílmica, aunque anacrónico; por supuesto, estoy hablando del baile de los Lampedusa, el más hermosísimo posible imaginado en el cine del mundo.

Así pues, encender un cigarro fue la aventura victoriosa y atentoria de los muchachos de mi tiempo. Fumé feliz cuando viví la independencia matrimonial, aún sin salir de mi asombro de tantísimas libertades regaladas por la situación de ser “gentes grandes”. Lo sigo haciendo con culpa absoluta, dada la publicidad sádica de que ya te vas a morir, y amo tanto la vida, sobreviviente que soy entre tantos muertos amados.

Hoy por hoy no existe un lugar donde te sea permitido fumar, como si el mundo se hubiera convertido en un grupo compacto de tías guanajuatenses.

Las campanas ya no alegran los jardines y de noche no es lo mismo. A la Iglesia le ha dado por recuperar con fuerza su esencialidad torturadora, si bien el aborto y la eutanasia no eran permitidos, so pena de pecado grave, excomunión y todo, los dedos admonitorios se extienden para quitar el peor es nada, el precavido limbo, si bien sigue ardiendo el infierno con sus diablos rojos con cuernos y colas terminadas en flechas, se condena a quien se enriquezca o comercie con drogas, y en el terreno de las leyes, a quien mire lascivamente a cualquier muchachona curvilínea.

Entre la condena católica y la entrada a la cárcel por admirar el balanceo de hamaca, diría aproximadamente Ricardo Garibay, de la mujer de cuatro piezas bien puestas, firmes y redondas.

Aquella foto formidable de la muchacha comida a ojos por un montón de vagos esquineros, foto famosa y admirada como obra de arte, será con el tiempo el anuncio de no ver feo. Una pena, que ni qué. Lo intangible como acta judicial. No sé qué vamos a hacer con tantas órdenes de los inquisidores acomplejados e hipócritas.

Claro, los pecados son intangibles, y peor si no son impalpables. En la confesión cuentan los malos pensamientos, pero yo me pregunto si la satisfacción de imaginar un mole de guajolote o un beso, aunque sea sutil, no es para los humanos algo placentero en medio de este horror de vivir el emparedamiento pretendido por los curas, aguantadores de pedófilos bajo su protección.

Así parecería el hostigamiento y discriminación a los fumadores intentados por el Sumo a fuerza de mayor encadenamiento a los demás, a la autoridad.

Fumar es cansado y caro, el brazo se agobia de estar sosteniendo el cigarrito, eso lo noté el tiempo de abandono del vicio —tres años— y si volví a caer en la gran tentación fue cuando le quitaron los ceros al dinero, la peor devaluación asestada a nosotros los pobres.

 Ahora, ante la carestía de fumar, no queda otra que la abstinencia, sin duda alguna.

Judas impasible y tirano. Intangible la ley, tocable hasta las úlceras la realidad de la pobreza.

Temas:

    X