Para un 16 de septiembre, ¡Margarita Michelena!
Se trata de pensar en ella, lo hago seguido. Siempre viene a mí con trajes impolutos, floreados, como si trajera a la vida común las rosas innúmeras de su jardín de esquina. Si algo identifica a la gran poeta que fue Margarita Michelena, sin duda es su pulcritud multiplicada en flores fuera y dentro de su casa, donde estaban resguardados los seres a los que amó de aquí al cielo, sobre todo a Andrea
Bella entre los dos óleos formidables y aternurantes que pintó su padre, Eduardo Cataño, exacto hacedor de luces y miradas. Yo he visto a cientos de hijos de reyes, futuros reyes, cubiertos de terciopelos y moños en el pecho, claro: junto a un perro de Velásquez, ninguno tiene siquiera una semillita de arroz en la mirada de la niña Cataño Michelena, robada a los mensajes que Dios nos manda a diario y nadie captura y que anuncian mejores tiempos. ¡Ah, tiempos! Ya no hay, se perdieron en el único tiempo que la bondad del Señor había donado para los humanos, desperdiciándola en tenebrosas guerras… la última se acerca.
Además, Margarita, cercanísima confidente del Creador, era su alumna más lograda en eso de saber los secretos de la gramática española. Uno siempre estaba silencioso ante ella. También le daba a la Margara por cocinar como los contingentes arcangélicos. En mi infinita inocencia, la invité a comer a mi departamentito de recién casada, un jonuco adorable con ventana al Paseo de la Reforma. Cuando llegó, quedose estupefacta porque en mi estufa no había más que sopa de bote Campbell’s de ricos jitomatitos. Margarita se puso a cocinar y yo empecé a morirme de vergüenza… le dije que manejaba muy bien los gerundios… Otra noche regresábamos de una conferencia y atravesamos el jardín donde está el monumento a la Madre, muy del guante las dos… y que pasa un mozalbete como ladrón corriendo que era y agarra –de garra— la bolsa de mano de Margara y se la lleva. Su indignación creció súbitamente… no apresuramos el paso, no hubo miedo, solamente su preciosa pronunciación castellana resonó en todo el parquecito y creo que La Madre de cemento aprovechó la oportunidad para cambiar de brazo el bulto que carga desde su inauguración. Margarita gritó: “¡Bandido, atracador, rapaz, cleptómano, despojador, lagarto, gerifalte, ratero de ladronicio!”. El tipo se detuvo, nos miró con una cara despavorida, arrojó el bolso al suelo y voló como culebra parada…
Descolló como publicista con su talento asombroso, ganó mucho oro, en su casa había la abundancia de su trabajo, pero todos sabíamos que era un desperdicio más de este país nuestro tan favorecido por Dios con el talento y la inteligencia en todos los hijos por igual, pero ante las autoridades como decíamos de chicos: cero bolitas de caramelo.
Lo mejor de mis coterráneos lo he visto en el mundo entero, aquí también es cierto, pero puedo contar con todos los dedos que tengo cuántos empalidecen en mesas quintas de oficinas ilustres. Margarita Michelena merece un gran homenaje en su tierra Hidalgo y en toda la tierra de su República.
