Yo quisiera… Sergito Pitol
Esta puerta abierta que es el periodismo, da uno el primer paso y se multiplican los espejos
y parecería que se han roto los pedazos apenas ayer pegados y regresa la confusión, el no saber dónde está el comienzo por la simple razón de la manía de algunos de usar sin falta el corazón cuando la esencialidad de lo contado debe
de ser, como decían los estudiantes del 68: “Concretito”.
Los sentimientos poseen el don de tergiversar todo, enredándolos en un montón de venas, no precisamente aortas más cordiales, como diría el poema, sino cuerdas que aprietan y en su momento ahogan. No es esta la primera vez que escribo en la distancia de Sergio Pitol, mi amigo que yo creí era para siempre —como lo es en última instancia—, pero escrito está todo y por eso nosotros, nacidos para leer, no encontramos un callejón secreto en lo que estamos escribiendo. Es como una terrible maldición, no se puede suspender el trabajo. Hoy debo terminar mi columna que elaboro desde hace más de cincuenta años, y ante tal decreto moral que yo misma me impuse, nunca he dejado un artículo a medias, sin terminar, repetido en un acto suicida de desesperación. Me levanto de la enfermedad, me visto y me peino, porque no puedo darle mi semblante arrugado en la terrible fatiga que me agobia. Puedo decirle a mis médicos de cabecera la lista de los males que a priori imagino al principio que son la cintura apretada por mecates, como los hombres que van cumpliendo una manda en Taxco (y en la orilla vuelvo a ver a Héctor Azar, apuntando sus poemas de Semana Santa en una libretita), o vuelvo a suponer, patética como siempre, que el ardor intolerable de los ojos se debe a que en la noche no duermo porque me levanto cada hora al baño a tratar de calmar las órdenes de mi cuerpo que en la madrugada son imperiosas, o que la revoltura estomacal es algo que el doctor Arrubarrena ordenará cesar, aunque vaya manejando su auto por la carretera a Puebla como cada ocho días. Y en fin, para cerrar la idea de la puerta del periodismo y los pedazos de espejo, dar inicio a poner en orden los hechos de mi cuerpo, la manda que cumplo en la vida, mi tarea de cada hora de las 24 que me enfrento diariamente sin entender dónde está aquella muchacha que tomaba taxis o camiones o tranvías para ir a cumplir con mi trabajo.
Me acuerdo una tarde que iba a entrevistar a Diego Rivera y esperaba mi autobús parada en la esquina de mi casa. Nada, era un aguacero como de provincia. Me escurría el agua por el cabello y la nariz… por teléfono le hablé al maestro. La orden de la redacción era inamovible y yo tenía que cumplir con mi deber. Empecé a llorar intempestivamente con don Diego porque no iba a llegar a su casa… Pero él siempre fue conmigo formidable, generoso, inclinando su enorme compasión a mi terror de muchacha pobre, coterránea suya. Dándole frente a una obligación que me hacía temblar y no tenía dinero para un libre esa vez (y siempre). Diego Rivera me honró enviándome en su automóvil con su chofer, las respuestas a mis trémulas preguntas telefónicas. Era un hombre.
Pero ya se me olvidó por qué vino esto a colación, y que yo le pagué al maestro con un buen discurso (lo que sea de cada quién) en la Cámara de Diputados. Es que mi tema a desarrollar hoy es quizá la situación médica de Sergio Pitol envolviéndome la mía propia: el recuerdo de Sergio y su primer casita en Xalapa regresando de Europa; luego en encuentro fantástico en Varsovia, durante un viaje que hice con el teatro de México para presentar la obra teatral, aplaudida a rabiar, y las largas noches blancas, los muchachos mexicanos y nosotras: Nancy Cárdenas y Beatriz Bueno, que allá vivían como estudiantes… noches tatuadas en el corazón. El mismo que siempre introduzco en mi labor periodística.
Después visité a Sergio Pitol ya como agregado cultural en París —Carlos Fuentes era el embajador—. Y así fuimos recorriendo el mundo riendo, siempre riendo… su bella casa nueva en Xalapa, ya reinstalado el escritor aquí, un poco malucho, pero con la alegría de cohetes de López Velarde, y su perro divino, inolvidable. Y tantas cosas. Hoy Sergio está enfermo, pero lúcido, no habla, pero mira. Lo extraño. Desearía ser de nuevo la muchacha en su cochecito yéndolo a ver a Xalapa de mis amores. Pero creo que ninguno podemos ya.
