Tantísima poesía tan poesía

Se metió a mi casa un pajarito y entró en pánico al chocar con muros y ventanas. Era un milagro de ráfaga y vuelo.

Para Lilia Aragón

Pero temblaba y dabas más la idea de su peso, la sensación de un bultito leve como plumas o petalitos de dientes de león. Aire pero con gramos. Le hablé para calmar su angustia visible, esa que yo me sé muy bien… no pudo oírme porque tenía mucho miedo, acostumbrado a los espacios vacíos de la arquitectura de los jardines, cada rama en su mecate. Dos o tres veces me ha ocurrido atestiguar la fuga de un ave de los reinos divinos a nuestros cuartos atestados de cuadros, objetos y dos perros y un gato, abrí de par en par las alas de las ventanas y saqué a mis hijitos animales cerrándoles las puertas, cosa que les costó mucho entender por qué. El avecita gris y que pesaba, insisto, se quedó bajo un sofá hasta entender que su nido estaba en el árbol de afuera y no entre tanta maceta floreada, libros y un vaso muy vaso con agua muy agua. Pensé que era un mensaje de Tabasco. A la esperanza siempre me llega de las aguas terrestres de aquel paraíso ajeno porque yo vengo de senos como cerros o al revés, y paisajes amarillos, sierras y montañas de mi propiedad, no ese apretadero verde villahermosino en el cual caminar es ir pronunciando el nombre de Pellicer para que no se nos olvide el Nacimiento que montaba en la Navidad para sus hijos José Carlos Becerra y Dionicio Morales. Yo iba y atestiguaba el milagro de los arbolitos, el lago espejeante, todos los animales pequeños que hizo Dios, y oía el poema que don Carlos escribía a la circunstancia, así como la música abrazándonos. El poeta con su cara de museo nos miraba inmutable y yo, provinciana pues, lloraba.

Era el cuento de no acabar cada diciembre. Carlos me tomaba de la mano para ir a las Lomas. A la casa de Pellicer y su mamá. La presencia de Dionicio Morales era obligada porque el poeta lo amaba a él y a su divina poesía. Todo esto me lo trajo el pajarito que se metió a mis aposentos y su angustia. Dádivas le puso Dionicio a su absolutamente hermoso libro de poemas que me acaba de regalar. En mi campo moribundo creció un lirio sin más y todos los rincones llenáronse de aromas fértiles de agua de mar, de brisa de río, de feroces felinos, tigres, leopardos, leones echados en el sol para la admirancia de los viajeros. Digo león… leeooon, y algo de mi infancia renace a mi edad milenaria… es aquel amor edulcorado y tabasqueño que tuve a bien anidar sin un espacio para su vuelo como el faltante al pajarito de la amorosa tarde otoñal de ahora que no quiero ir a comprobar su escape a las frondas de los árboles del bosque de los de Teresa que vivían aquí detrasito de mi pobre casa. Total, para publicar en mi columna —la que me sustenta en este fallecer anciano— la dicha sin igual que tuve el domingo de endenantes con Dádivas, un libro de maravillas empaquetadas que publica la Universidad Autónoma Metropolitana de Xochimilco, enjoyado con las acuarelas del genial Leonel Maciel, un artista poseedor de aquel lector caminante de sus gloriosas pinturas y ambos devoran con jugos en los labios la piña “preñada de relucientes y suculentos amarillos…”. Son ambos creadores y poetas y Tabasco retumba de alegría con los tambores logrados con sus obras de corte celestial. Los adoro en mi inopia, todo me lo ha dado Dionicio por ejemplo, su suavísima dulzura, sus ojos de misericordia, sus ganas de quererme porque sí, porque me quiere… “como se quiere a la vida”, dice la canción (y en él no continúa “como se quiere al dinero…”). No, Dionicio nada más escribe iluminado, es  incendio y fogata, y en mi tierra hay un río de mi infancia que vi una vez incendiado y en él pienso con Dionicio, comeremos pejelagartos cocidos. Si yo me hubiera casado con Dionicio tendríamos una casita a la orilla del Grijalva, encalada y con los pisos untados de color Congo, comeríamos diario con aguacates: “…seda casi carne, piel de abril…”  comeríamos todos los días sol, y seguiría siendo capaz de jurarme que los aburridos tejocotes son “como un tierno y cerrado universo de oropéndolas”.  Toda mi vida he adorado la palabra pitahaya  y Dionicio me embruja diseccionándomela:  “que en su oval arquitectura encierra la eucaristía/ del trópico pringada con puntos negros  infinitos/ recintos de la arcangélica frescura del Usumacinta/  en un trago de sed…”. Y así puedo seguir la vida entera citando la enorme lujosa, sinuosa, suculenta poesía de Dionicio Morales, ya que ustedes están para saberla y yo para contarla.

Quiero y no quiero parar a mi admirancia, pero la palabra Guanábana me golpea a perfumes y dádivas, insistiendo. No puede ser que la lechosa e imperial fruta de Moctezuma sea la “congregación  de nubes arcangélicas” y así seguimos. No puede ser ¡tantísima poesía! Y yo “tan pobre que soy”… como en la canción.

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