Óyeme con los ojos
Rogelio Cuéllar acabade publicar un libro formidable llamado El rostro de las letras...
Rogelio Cuéllar era tan joven que uno es incapaz de creerlo. En primera, vivía en una casa genial frente al Jardín México; su compañera de entonces preciosa y tan joven o más que él; lo cual es para nosotros casi imposible de imaginar… luego empezaba a ser el fotógrafo más importante del pobre y constreñido planeta de los artistas de la pluma, digámosles así. Era un muchacho mechudo, como de película francesa. No se crea tan linguililingui, más bien malencarado y como si le hiciera a uno el favor, ni hablar… con el tiempo se fue convirtiendo en el fotógrafo de moda y hasta cambiaba de compañera así como así. Sus fotografías compitieron con los jóvenes revolucionarios de entonces; digamos Lavista o, un poco antes, Ricardo Vinós, guapo entre los recién casados y grandísimo amigo de Sergio Pitol. Había otros, claro está, pero estoy hablando de los intestinos intelectuales de entonces, de los chisporroteos, no de las hogueras. Ahora Rogelio es el non plus ultra. No ha cambiado el físico de bohemio de la época de Brigitte Bardot, muy viajado e importante. Acaba de publicar un libro formidable llamado El rostro de las letras con retratos de las gentes que andamos por ahí en México dando lata a excepción, claro está, de los que se le escaparon en la muerte. Es ahora sí que maravilloso ir viendo las caras de las personas con las cuales convivimos del tú a tú, con excepción, claro está, de varias de nuevo cuño y desconocido producto. Me gusta ver a Carlos Pellicer porque siempre está “empacando un piano”; Arreola, a quien no me querían presentar para que no me lo fuera a robar… a José Luis Martínez que me enviaba dolaritos a Europa a fuer de que me “comprara mis alfileres”, a mi grande Ricardo Garibay, a mi otro Jaime amado Sabines, a Tomás Segovia porque vivió mi tiempo, a Fuentes porque lo amaré siempre, a mi compañerísimo de la Cámara Eracliio Zepeda, a mi adorada Beatríz Espejo, buena como el pan de Acámbaro, a Héctor Aguilar Camín por su hermosa foto y porque me hace extrañar más a Ángeles Mastretta, al perro de la López Colomé, el perro del hermano de Hugo Argüelles, a la tristeza de Sergio Pitol porque lo obligaron a dejarme de querer, a René Avilés Fabila porque es mío aunque no quiera, a Francisco Henández porque es tan poeta como mi José Carlos Becerra, y a mí misma porque estoy muy bonita a pesar de mis manos apresadas por el miedo y la soledad. En fin que a Rogelio sólo le faltó retratarse a sí mismo para saber lo que es cajeta.
Gran, gran libro. Que se repita.
*Escritora
marialuisachinamendoza@yahoo.es
