Maradona tenía razón, la pelota no se mancha

Hoy nuestra Selección juega el tercer partido de la fase de grupos y la afición llega a este encuentro con el ánimo a tope. La semana pasada el gol de Luis Romo y los intentos frustrados por anotar en el arco de Tala Rangel, nos aseguraron el pase al cuarto partido y el equipo nacional lo hará de la mejor manera posible: en su casa, con su gente y en un ambiente inmejorable.

A estas alturas del Mundial, queda claro que las predicciones fatalistas de quienes auguraban un desastre en esta sede mundialista no se cumplieron. Previo a la inauguración, no faltaron quienes afirmaron que el evento se vería opacado por las distintas manifestaciones que se dieron en las inmediaciones del Estadio Azteca. Tampoco quienes trataron de obtener alguna ventaja política o, al menos, narrativa, aprovechando que los ojos del mundo estarían aquí. Ocurrió todo lo contrario.

Los últimos 14 días han sido una fiesta en las plazas públicas de Guadalajara, Monterrey y la CDMX. El pasado jueves más de 400 mil personas se dieron cita en el Ángel de la Independencia para celebrar y hasta bailar Payaso del Rodeo a la media noche. Por otro lado, la última edición de la revista semanal del diario británico The Guardian, lleva en portada a la presidenta Claudia Sheinbaum con el título Cómo la presidenta de México se convirtió en la líder de izquierda más popular del mundo, y se destaca que su aprobación supera 70 por ciento.

Más allá de las piruetas olímpicas de la derecha mexicana, la crítica en el marco del Mundial debe ir por otro lado. Hace unos días, la presidenta Sheinbaum señaló en la mañanera que el futbol no debe ser sólo un negocio: “Lo importante es que sea espacio de unión, de encuentro, de no discriminación”, y llamó a la FIFA a la reflexión. Y sí. Es debido a la visión mercantilista de la FIFA que hoy se viven dos mundiales en México: el de adentro y el de afuera de la cancha.

De acuerdo con el IMSS, el salario promedio de las y los trabajadores afiliados es de 671.3 pesos diarios (poco más de 20 mil pesos al mes). Es decir, un trabajador promedio tuvo que haber ahorrado casi tres meses todo su salario para asistir al partido inaugural. Muy lejos quedan las anécdotas de nuestros padres y abuelos sobre México 86, sobre el gol del siglo, el barrilete cósmico y la mano de Dios. Hoy mi generación está viviendo el tercer mundial que se celebra en México —el primero que nos toca presenciar—, pero sin posibilidades, ni remotas, de asistir al estadio.

Hace tiempo que el futbol dejó de ser un simple deporte para convertirse en un negociazo para clubes, federaciones, televisoras y, por encima de todos, la FIFA. Un botón de muestra: los bares y restaurantes que pretendían proyectar el Mundial debieron pagar hasta 25 mil pesos para evitar posibles multas del IMPI. El dinero que mueven los derechos de transmisión es tal que no sólo genera disputas comerciales, sino también procesos penales, como demostró el FIFA Gate en 2015. En el contexto local, la polémica negociación de 2017 dentro de la Femexfut para renovar la exclusividad con la televisora de Chapultepec dejó algo muy claro: los gigantes de la televisión no están dispuestos a soltar el negocio de la pantalla, cueste lo que cueste.

Fuera de la lógica comercial, existe otro Mundial que se vive en las calles: el de los barrios que improvisan porterías con latas de pintura y usan una botella de plástico como balón cuando es necesario. Ahí, donde no hay federación que se imponga, México le demuestra al mundo una vez más que la pasión que nos convoca se vive de manera única, por encima de las distinciones del mercado. Estoy segura de que este Mundial quedará en la memoria de nacionales y extranjeros como un recuerdo entrañable de la generosidad y la fraternidad de los mexicanos.

Maradona tenía razón, la pelota no se mancha.