México y Estados Unidos no sólo comparten 3 mil 145 kilómetros de frontera. Comparten también una relación comercial que, sólo entre enero y agosto de este año, sumó 682 mil 817 millones de dólares. Pero, sobre todo, comparten una historia diplomática compleja, por decir lo menos.
Cuando nos adentramos en esta relación, resaltan nombres que innegablemente marcaron esta historia conjunta. La posición de James Monroe frente al colonialismo europeo; la valentía de Abraham Lincoln frente a los embates de James Polk; la representación diplomática de Margarita Maza; el pensamiento de Benito Juárez que sigue guiando nuestra diplomacia; Henry Lane Wilson y su cobarde participación en el asesinato del presidente Madero; la ocupación de Veracruz ordenada por Woodrow Wilson; la defensa patriótica de Carranza; y, más recientemente, la política exterior de Donald Trump.
Esta historia no pertenece sólo al pasado. Las tensiones en torno a la soberanía han vuelto a aparecer, con otras formas y bajo otras circunstancias, en el presente. De esos aciertos y traiciones depende, en buena medida, nuestra memoria política; ignorarlos resultaría peligroso. En los últimos meses, la actitud injerencista de algunas agencias de Estados Unidos ha llevado a millones de mexicanas y mexicanos a las plazas públicas a exigir que se respete nuestra soberanía. Incluso la Presidenta de la República pronunció el pasado 31 de mayo uno de sus discursos más contundentes en el Monumento a la Revolución. Allí dijo que la historia de México nos ha enseñado que ningún pueblo conserva su libertad si permite que intereses extranjeros decidan sobre su destino.
Esa tentación injerencista, lamentablemente, ha encontrado eco al interior del país. El 19 de abril de 2026, Maru Campos, gobernadora panista de Chihuahua, abrió la puerta a agentes de la CIA para realizar un operativo en su estado para el que no tenían la autorización del gobierno de México que exige nuestra legislación. La semana pasada una más de un gobernador panista: Mauricio Kuri y el embajador estadunidense, Ronald Johnson, colocaron la primera piedra de una “Academia Internacional de Capacitación Policial”. Aunque el aviso enviado por el gobierno estatal a la Secretaría de Relaciones Exteriores sostuvo que la visita no implicaba el establecimiento de mecanismos directos de cooperación internacional en materia de seguridad, el propio secretario de Seguridad de la entidad afirmó que, efectivamente, se trataba de capacitación por parte de agencias estadunidenses a instituciones mexicanas.
Al respecto, existe un criterio vigente de la Suprema Corte sobre la carencia de personalidad jurídica de los estados para representar a la nación, y que los acuerdos de capacitación, como es el caso, requieren autorización del Ejecutivo federal. En suma, al gobernador de Querétaro no le importó violar la Constitución con tal de mantener el beneplácito extranjero.
No es retórica ni exageración cuando se habla de defender la soberanía. Desde su primera administración, Trump ha amenazado con intervenir en nuestro país en decenas de ocasiones, y aunque las dirigencias del PRI y el PAN sueñan con ese día, pareciera que no alcanzan a dimensionar lo que eso significa. No es un tema menor que el gobierno del país vecino fuera capaz de bombardear una escuela en Irán en la que murieron 120 niñas y niños unas semanas después de haber secuestrado a un presidente en funciones mientras dormía.
México puede y debe mantener una relación de cooperación con Estados Unidos. Tenemos una frontera compartida, millones de familias vinculadas, una economía profundamente integrada y problemas cuya solución exige cooperación. Pero cooperación no significa subordinación, y una relación cercana no significa renunciar a nuestra soberanía. Frente a ello, no dejemos de hablar de la importancia de defender nuestra soberanía, de revisitar la historia y de recordar lo mucho que costó conquistar nuestra independencia.
