Se venden chivos
Los accidentes existen. Es ésta una afirmación de tan obvia, ignorada. El accidente es el acontecimiento súbito y nefasto, de consecuencias menores o mayores, pero siempre negativas, que se atraviesa de vez en cuando en la vida de los hombres, rompiendo su decurso previsto. De la misma manera, existen también los accidentes geográficos que representan alteraciones del paisaje que rompen su continuidad
En general reservamos el término “accidente” para aquellos percances que tienen su origen en la actividad humana. Un huracán o un temblor de tierra no serán nunca considerados “accidentales”. En cambio, un incendio puede ser “natural”, es decir sin intervención humana, o bien “accidental” ya sea de manera involuntaria, culposa, o intencionada, dolosa. Donde tampoco hablaríamos de “accidente”.
En todo caso, si el ama de casa está friendo papas en un sartén repleto de aceite hirviendo, y se va un momento, tal vez porque llamaron a la puerta, dejando el mango del sartén de manera que su hijo de dos años lo pueda alcanzar, lo jale y se vea bañado por una cascada del fluido hirviente, dicha señora provocó un accidente terrible, de consecuencias funestas, y puede y debe ser acusada de negligencia. El daño que causó, por nefasto que haya sido el resultado, debe ser considerado dentro de la órbita de los delitos culposos.
La cuestión se vuelve peliaguda cuando la negligencia no es simplemente producto de la distracción, sino que tiene un fin utilitario. El cirujano que quiere hacer tres intervenciones el mismo día para hacerse de más morlacos, y entonces al apresurarse comete algún error grave, tal vez puede ser considerado culposo, pero de otra manera, de otro rango que la señora de las papas fritas.
Lo mismo sucede con el contratista que tiene prisa para terminar la obra o que adquiere materiales de calidad inferior a la pactada con tal de obtener beneficios colaterales. A consecuencia de lo cual la vida útil de la construcción se acorta o, peor aún, se colapsa. En ese caso, sobre todo si se producen víctimas en algún grado, tal vez, la conducta del constructor debería considerarse dolosa, aunque su intención no haya sido la de lastimar a nadie.
O a lo mejor de los mejores, quizás debería introducirse en el Código Penal una categoría intermedia entre el delito doloso y el culposo. Ai se las dejo a los leguleyos.
La cosa es, que en cualquiera de sus variantes, los accidentes, los accidentes como tal, existen. Han existido siempre, y seguirán existiendo por los siglos de los siglos, al menos mientras haya víctimas que puedan sufrir las consecuencias. Los anglos lo dicen de manera lapidaria y exacta: Shit happens, “la desventura ocurre”.
Hace apenas unos días, en el nuevo tramo carretero Paso Exprés que atraviesa Cuernavaca, con la idea de acortar el camino y el tiempo sobre la Autopista del Sol, el firme y el asfalto cedieron, dejando abierto un gran hoyanco de varios metros de diámetro y otros tantos de profundidad. Casi inmediatamente un automóvil que se dirigía a la Ciudad de México por el carril de alta velocidad se precipitó al fondo.
Todo eso usted ya lo sabe. Aunque los ocupantes del coche, padre e hijo, quedaron vivos y concientes, no pudieron ser rescatados sino horas después, y fallecieron en manos de los rescatistas.
Lo notable de este caso es el clamor nacional que ha despertado. Finalmente no se trata sino de un accidente más, de los cientos que se producen en nuestro país con víctimas mortales, y que pasan prácticamente inadvertidos para esos extraños medios informativos y para esa más extraña aún opinión pública.
No lo acabo de entender. Catástrofes de nivel mucho más terrible, y con un número mucho mayor de víctimas no han levantado tal ámpula. No es necesario que le dé ejemplos. Traigo docenas en la cabeza y no sabría cuáles escoger.
En esta ocasión se desata una verdadera cacería de brujas, y se buscan, y se encuentran, hasta debajo de las piedras. Los chivos expiatorios proliferan, desde los ejecutivos de las empresas constructoras, cuyos dueños resultan, como siempre, ser cuates del sobrino de Nabor que toca con la orquesta, a todos los funcionarios públicos tengan o no que ver, incluyendo los Secretarios de Estado y el propio Presidente de la República. Cuando no han sido negligentes, son de plano cómplices y se llevan su tajada. Aquí no se salva ni Dios.
Entre nos, la única explicación posible de esta auténtica estampida son los tiempos que vivimos. Algo muy profundo en nuestro inconsciente nos incita a la venganza, de lo que sea y contra quien sea.
Ignoro si se puedan fincar responsabilidades penales por el accidente que tanta gente no quiere que sea accidente. Tiempo al tiempo. Lo que sí sé es que una compañía de envergadura, vigila mucho lo que hace y cómo lo hace. Lo que menos quiere en este mundo es que le salga mal. Puede ser la ruina.
Pocas obras básicas requieren el dilucidar entre medidas incompatibles. Varias iniciativas coinciden al exponer sus unívocas notificaciones en numerosos indicadores garantizando máximos avales. Órganos reguladores acreditan sus inversiones, otros requisitos amparan nuevas operaciones.
Deploro la suerte trágica de Juan Mena López y de su hijo, pero deploro aún más la de los que estamos condenados a vivir en esta sociedad enferma.
