Se pintó de colores
Conocí poco a José Luis Cuevas, lo suficiente para percibir que detrás de esos lentes oscuros había una mirada triste.
Es probable, cinéfilo lector, que usted ya haya visto y disfrutado la maravillosa y desconcertante cinta de Jacques Rivette, La belle noiseuse, cuyo título ha sido traducido como La bella latosa, lo cual no está mal, pero sobre todo no está bien, o como en España: La bella mentirosa, lo cual indica que el traductor era un imbécil certificado o que no había visto la película. O ambas. Yo, por mi parte, defiendo a capa y espada mi propia traducción: La hermosa ladilla.
La historia es brevísima; la película, larguísima. Dura cuatro horas. En ella se narra la hechura de un cuadro, al óleo. Un pintor de renombre, Edouard Frenhofer (Michel Piccoli), su esposa Liz (Jane Birkin) y la modelo Marianne (Emmanuelle Béart) deciden encerrarse en una antigua casa de piedra en el campo, y aislarse del mundo para que él pinte la que considera de antemano la obra de su vida, un lienzo con el desnudo de Marianne. El trabajo durará meses.
Como era de preverse, se crea una relación a tres harto complicada; sin embargo la tarea continúa. Finalmente después de un tiempo interminable, Edouard anuncia que el cuadro está terminado, e invita a numerosos amigos a comer a la casa de campo para mostrarles la obra, que ni la esposa ni la misma modelo conocen, ni siquiera los espectadores que ven la película.
No tema ni se desilusione. No le voy a contar el desenlace. No cometería yo tal spoiler. Sería una falta de respeto intolerable hacia usted. Lo que sí hago es, más que invitarlo, conminarlo a que a la menor oportunidad la vea. Aunque sea en televisión, internet o DVD. Ya qué. Ahora, que si tiene el chance y la bendición divina de poder verla en sala, ya ni le digo nada. Maravilla de maravillas. Éxtasis. Experimentará usted el mítico Síndrome de Stendhal.
El colmo, la gran temeridad de Rivette es que al menos tres de las cuatro horas del film las dedica a mostrarnos y a hacer oír en primerísimo plano el pincel en su interminable ir y venir de la paleta a la tela. Una y otra vez, sin que podamos ver nada más que las cerdas brillantes deslizándose sobre un fragmento minúsculo de la imagen en ciernes. Y así hora tras hora, hasta que queda uno atrapado, hipnotizado, por ese vaivén incesante y de una suavidad lubricante y lúbrica.
Ser pintor es una bronca, un desafío. Sin duda más que las otras seis artes clásicas y que las que se han venido añadiendo a lo largo de los milenios. La soledad del pintor es mucho más densa y agobiante que la del compositor o la del escritor. En primer lugar porque su vínculo con el eventual “contemplador” (no sé cómo llamarlos; evidentemente no “público” ni “espectador”) es mucho más mediado —y por lo tanto— más lábil, difuso y confuso, que el de un músico, un poeta o un arquitecto.
No precisa de intermediarios, pero al mismo tiempo, la posibilidad de que alguien lejano vea alguna vez el original de su obra es muy remota, a menos que sea de tal valor como para ser admitida en un museo. Y el museo, aquí entre nos, no deja de ser la casa de los muertos. Aquello que se exhibe en las colecciones permanentes se vuelve rápidamente un cadáver.
Tal vez es por ello que las grandes melancolías, los grandes desvaríos y los grandes dramas, se producen con más frecuencia entre los pintores que en los creadores de otros géneros.
No sé si decir que José Luis Cuevas fue una excepción. A veces parecía que sí, pero a veces por debajo de la máscara de playboy desenfadado y frívolo asomaba cierta languidez. Al menos hasta anteayer fue el pintor mexicano mejor cotizado en las principales galerías del mundo. Cosa que no significa otra cosa. Las telas, y sobre todo las firmas, son papel moneda y están sujetas a las leyes del mercado, de un mercado abyecto, cierto, como todos los mercados.
Conocí poco a Cuevas, lo suficiente para percibir que detrás de esos lentes oscuros había una mirada triste. Los últimos años de su vida fueron amargados por el mezquino y miserable conflicto entre sus hijas y su esposa. Difícil posición, que supo llevar con tacto y dignidad. Fue un rupturista que hizo de la gráfica un alarde de insolencia. Alarde siempre auténtico, desentrañado y entrañable. Contrariamente a la opinión de no pocos academicistas, nunca se dejó seducir ni por la frivolidad ni por el canto de sirenas del mercado.
Pintar exige riguroso rigor obedeciendo aquel mandato absoluto nunca extravagante ni artificial. Notorias en numerosos artistas asoman melifluas afectaciones generando apreciaciones tediosamente oblicuas. Gracias al talento obcecado a menudo aparecen piezas excepcionales revelando radiantes osadías.
José Luis Cuevas, el eterno poltergeist, fue de esa cepa. Nunca se dejó atrapar por una corriente. Corrientes ellos. Fue él, y nadie más. Difícilmente habrá creado una escuela, un estilo imitable. Él, para quien el estilo fue la piedra maestra, el principal de sus méritos.
Anteayer la giganta quedó viuda. Anteayer el pintor, por única y última vez, se pintó de colores.
